Bocas del tiempo, de Eduardo Galeano, (Siglo XXI, 2004).

“Aquí nadie tiene trabajo pero todos están muy ocupados.
La luz grita, el aire baila. Cada persona es un color que camina.
De los cuerpos, negros, bajan sombras verdes y azules, y tantos tonos tienen los fulgores del aire que el arco iris prefiere no salir, para evitar el papelón”.

“Los mayas no han olvidado que hemos sido fundados por el tiempo y estamos hechos de tiempo, que de muerte en muerte nace”.

“¿Los pájaros anuncian la mañana? ¿O cantando la hacen?”.


… Y así durante 340 páginas. Algunas de 10 ó de 20 líneas. Son retazos arañados aquí allá. Son pequeñas historias que cuentan, juntas, una sola historia. Son luz y colores, estremecen y acarician, emocionan y silencian, el grito que llevamos dentro. Es el mundo en pequeños mundos que duran un instante eterno.
Es una travesía por el amor, la infancia, el agua, la tierra, la palabra, la imagen, la música, el éxodo, el poder, el miedo, la guerra, la indignidad, la indignación, el desarraigo, el vuelo. Y la esperanza.
Sus protagonistas aparecen y desaparecen para seguir viviendo, historia tras historia, en otros personajes que les dan continuidad. Tejidos por los hilos del tiempo, ellos son tiempo que dice: son bocas del tiempo.
Y yo, que no creo que exista el tiempo, sino que lo vamos haciendo, me inclino ante este calidoscopio y grito con doña Chila: ¡Me robaron las ideas!
Galeano escribió “Las venas abiertas de América Latina” a sus veintitantos años. Y los inolvidables “Memoria del fuego” y el “Libro de los abrazos”, y uno de los que más he saqueado para mis clases “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”.
¡Chapeau!, Maestro.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 17/09/2010