Diarios de viaje, de A. Schopenhauer (Trotta, 2012 - traducción L. F. Moreno Claros)

Los Diarios de viaje de 1800, 1803 y 1804 —que ahora se publican por primera vez en castellano— reflejan las variadas experiencias del niño y el adolescente Schopenhauer en su primer contacto con el ancho mundo: Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, Suiza, Austria: visitó innumerables museos, contempló célebres monumentos y paseó por espléndidos jardines. Respiró la atmósfera de las grandes ciudades con sus tráfagos y ajetreos: Ámsterdam, Londres, París; soportó las inclemencias del tiempo recorriendo en coche de caballos por las más variopintas regiones; lo sobrecogió la sublime hermosura de los Alpes; subió montañas y trabó relación con gentes de todos los estamentos sociales. Fue un turista instruido cuando el turismo era un lujo y una prioridad cultural de las clases adineradas; viajó para aprender y ello le ayudó a pensar mejor, con la mente despejada, abierta y clara. Los interesantes diarios de aquellos primeros viajes no contienen textos filosóficos, pero sí testimonios de unos días plenos de experiencias vitales para Schopenhauer, sin las cuales habría sido vana  su posterior filosofía.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue el padre del pesimismo filosófico;  “la vida es sufrimiento” es su aserto más celebre. Se le recuerda como el pensador malhumorado y, para quienes desconozcan su biografía, suponer que sufrió mucho sería lo más lógico. Sin embargo, Schopenhauer no tuvo una vida trágica; en nada se asemejó, por a un Nietzsche camino de la locura, ni a un Wittgenstein descreído y en perpetua lucha contra sus pasiones. Llevó una vida sin grandes incomodidades y lo más parecida a la de un reposado rentista amante de la costumbre.

Schopenhauer fue un hombre de mente lúcida, curioso y cosmopolita; y uno de los filósofos alemanes más viajeros de todos los tiempos. Sabemos que en sus viajes el filósofo pesimista fue incluso feliz. A Italia fue de vacaciones después de haber terminado a los treinta años de edad, su obra capital. En “el país donde florecen los limoneros” gozó de las ruinas de la Antigüedad y demás tesoros artísticos; del paisaje de la Campagna tanto como de los arreboles multicolores de las puestas de sol en el Mediterráneo; y de algo más, tal y como comentó con picardía en su vejez: “En Italia no sólo disfruté de la belleza, sino también de las bellas”.

Su padre, un acaudalado comerciante de Danzig, quería que su primogénito fuera un “hombre de mundo” y que creciera libre de prejuicios; que aprendiera a ver las cosas tal como son. A ello contribuyeron los viajes por Europa que otorgaron al niño Schopenhauer carta de mundanidad, una pátina de cosmopolitismo y nada menos que los pilares de su método filosófico basado en la reflexión nacida de la experiencia directa del mundo.

J. C. Gª Fajardo
fajardoccs@solidarios.org.es

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el dd/mm/aaaa