El contador de historias, de Rabih Alameddine (Editorial Random House Mondadori, 2008)

“Escuchad. Dejad que os guíe en un viaje hacia los confines de la imaginación. Dejad que os cuente una historia…”
Así empieza a hablar Osama, el hombre recién llegado a Beirut que en estas páginas nos develará los secretos de su estrafalaria familia y muy en especial de su abuelo, el hombre que había dedicado su vida al ilustre oficio de contar historias en bares y mercados.
El libro se titula en su original, The Hakawati, los contadores de historias en bares y cafés, en los zocos y en las plazas.
Su abuelo era un hakawati y contaba muy bien relatos de héroes y villanos, de princesas y esclavas, de tesoros ocultos en ciudades encantadas; nadie sabría mezclar tan sabiamente los hilos de la realidad y la leyenda; nadie como él para hacer de la vida un cuento mágico. Osama decide seguir los pasos del abuelo y su obra es su manera de llevarnos a un mundo donde todo es posible, incluso la felicidad.
El autor confiesa que “por naturaleza, un contador de historias es un plagiario. Todo lo que se cruza con él es un grano de café que será machacado, mezclado y al que se añadirá un toque de cardamomo, una pizca de sal, se hervirá tres veces y se servirá como cuento humeante y recién hecho”.
Esta es la línea actual de los narradores de cuentos: recuperar la gran tradición de los cuentos ancestrales pero desde la realidad actual del narrador.
“Alabado sea Dios, que ha dispuesto las cosas para que las anécdotas placenteras sirvan como instrumento para pulir la inteligencia y limpiar el óxido de nuestros corazones”, escribió Ahmad Al-Tifashi en Los deleites del corazón, y Rabih Alameddine la coloca como frontispicio en esta historia amena, bien escrita y de lenguaje picante y libre, como corresponde a los relatos tradicionales de cuentos no censurados, desde Las mil y una noches hasta nuestros días.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 07/11/2008