El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

“A mi amigo León Werth. Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo, puede comprender todos los libros, hasta los libros para niños, tiene verdadera necesidad de consuelo. Corrijo pues mi dedicatoria: A mi amigo León Werth cuando era niño. Todas los mayores han sido niños, pero pocas lo recuerdan”.

Casi es innecesario contar el argumento de este libro delicioso sobre la amistad, el amor y la responsabilidad como motor de la conducta ética, en el mundo descubierto por El Principito, añorado planeta del que hemos sido exiliados y al que sólo mediante la imaginación y la ternura es posible regresar. Ya sabemos que es la maravillosa historia de un pequeño niño que viene de un planeta, apenas más grande que una casa, hace preguntas y busca respuestas a cosas que para los adultos pueden ser poco importantes. Para mí es una de las lecturas que más me han impresionado y que más veces creo haber leído y subrayado.
Una obra maestra, heredera de la simbología más pura, la que surge del imaginario más profundo de la humanidad. Literatura, simbología, profundidad, grandeza en estado puro
Saint-Exupéry (1900-1944) alternó la pasión por los viajes y por la aventura en su búsqueda de un significado para la existencia. Sus libros, Correo del Sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres, Carta a un rehén o Ciudadela han sido luces que han guiado mi vida. Sobre todo considero Tierra de hombres como uno de los libros más humanos que jamás haya leído, por eso recomiendo que se tenga al alcance de la mano como brújula para recuperar nuestras señas de identidad perdida, y el rostro originario de las cosas.

Permitidme que comparta algunas citas:
 
“Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo”
“Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas: “Mi flor está allí, en alguna parte…”
 
“- Busco amigos, le dijo al zorro. ¿Qué significa domesticar? - Significa ‘crear lazos’ Yo no soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si tú me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mi único en el mundo. Seré para ti único en el mundo… Sólo se conocen las cosas que se domestican. Los hombres compran cosas hechas en los mercados, pero no existen mercados de amigos. Si quieres un amigo… ¡domestícame!”
 
“¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. No me dicen nada, pero tú tienes cabellos dorados… cuando me hayas domesticado me sentiré feliz y amaré el ruido del viento en los trigales”
 
“He aquí mi secreto: Lo esencial es invisible para los ojos. No se ve bien más que con el corazón… El tiempo que perdiste por tu rosa hace que sea tan importante. Uno es responsable para siempre de lo que ha domesticado.
 
Y el final: "Si alors un enfant vient à vous, s'il rit, s'il a des cheveux d'or, s'il ne répond pas quand on l'interroge, vous devinerez bien qui il est. Alors soyez gentils! Ne me laissez pas tellement triste: écrivez-moi vite qu'il est revenu..."
(“Si entonces un niño llega a vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables! No me dejéis tan triste. Escribidme en seguida, decidme que el principito ha vuelto…)

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 05/03/2010