Retazos de Ting Chang 014

Carnicero aventajado

Bastante antes del amanecer, Sergei se sentaba unos pasos detrás del Noble Ting Chang para acompañarle en la meditación. De alguna manera, Sergei sentía que el Venerable Sun Tzen, ¡el chofer que había ido a buscarlos al monasterio! también estaba sentado en algún lugar cercano. Nunca hablaban hasta después del desayuno, cuando Sun Tzen se asomaba por uno de los lados de la terraza y hacía una leve inclinación de cabeza a la que respondía Ting Chang alzándose y permaneciendo unos segundos de pie en un silencio que todos respetaban. Entonces, guiñaba un ojo a Sergei y se dirigía a su tarea de recibir a personajes responsables de las diferentes áreas del imperio económico y financiero de su padre. A veces, hablaba por teléfono con su hermano que seguía todo el proceso desde Nueva York. Ambos sabían que su padre estaba al corriente de todo, pues él también tenía otro Sun Tzen a su lado. Estos Sun Tzen, así como se refería a ellos el Noble Ting Chang para no volver loco a Sergei, se habían formado al lado del padre durante los duros años del maoísmo más desatinado y enloquecido pero que el padre supo interpretar como la necesaria catarsis de un sistema que iba mucho más allá y era más profundo que la desquiciada Revolución cultural. Esta no había sido ninguna de las dos cosas pero había servido para que se consumiesen en su propia sentina las excrecencias de un período de transición desde el anquilosamiento de la última dinastía a los albores de la nueva, que todavía no tenía cabezas visibles. Pero sí hombres sabios que actuaban entre bastidores desprovistos de la más mínima ambición o codicia.

Hacia medio día, Ting Chang aparecía por algún lugar del jardín o de las pagodas que flanqueaban la laguna y allí estaba Sergei listo con una sonrisa y con alguna invención para que el Noble señor se relajase antes de comer algo.

- ¿Has aprovechado el tiempo, Sergei?

- Progreso en el manejo de la informática, en el aprendizaje de los recursos de vuestra lengua y en el respeto de los ritos y de las normas establecidas.

- ¿Son duros los formadores que te ha puesto Sun Tzen?

- ¡En absoluto, Noble señor! Actúan como si yo ya tuviera dentro lo que ellos me van a enseñar y hacen del estudio un juego. Da la sensación de que no tienen un programa establecido y que aprovechan todo cuanto sucede a lo largo del día.

- Eso es lo que tú te crees. Saben muy bien lo que has de aprender y fueron elegidos porque poseen el arte de compartir los saberes sintonizando con el educando. Caminan a su lado y le van descubriendo la realidad, pero sin alzar el velo más de lo necesario porque las enseñanzas, como los líquidos, se adaptan al contenedor que los ha de recibir.

- Como le sucedió a aquel candidato a discípulo que visitó al Maestro y que no pudo recibir nada porque se derramaba de tanto como llevaba en su buche.

- Hombre, Sergei, dicho así... el cuento no se adapta mucho a ti. Mejor lo que cuentan del maestro sufí Baba Charkhi y de quiénes eran sus auténticos discípulos.

- ¡Cuenta, cuenta, Noble señor, mientras preparo el refresco de jengibre a la manera de nuestras chozas!, - respondió Sergei al que nada le gustaba tanto como una historia bien contada. A él que nunca dispuso de un libro de texto mientras permaneció al lado del Maestro.

- Se cuenta que un día llegó a casa de Baba Charkhi su tío y preguntó a un joven que estaba en el vestíbulo “¿Tú quién eres?” “Soy un seguidor del Maestro”, le respondió. “¡Valiente tontería! ¿Cómo puede mi sobrino tener seguidores si siempre ha sido un zote para los estudios. Si fuera lo que tú dices, yo lo habría sabido”. Después de esto, el tío se quedó varios años viviendo en casa de Baba Charkhi pero sin querer participar en las reuniones que tenía el Maestro. “¡A buenas horas perder el tiempo! Si lo conoceré yo desde que era un chiquillo y no es capaz de enseñar nada a nadie”. Allí vivió hasta su muerte y asentía cuando llegaban comerciantes con los que Baba había mantenido negocios pues, a los ojos de muchos, no era más que una persona corriente. Un día llegó el conocido erudito y teólogo Yunus Abu-Aswad Kamali que contaba a quienes querían escucharlo, entre ellos al anciano tío que asentía con la cabeza mientras degustaba una bien sazonada sopa de ganso: “Durante treinta años traté a Charkhi y jamás habló conmigo de temas espirituales, lo que no es propio de un sabio. Nunca me explicó sus teorías ni trató de hacerme discípulo suyo. Me enteré de su pretendida condición de sufí a través de su carnicero”.

- ¡Toma ya! ¡Menudo palo!, - exclamó alborozado Sergei.

- OH, Liebre de las estepas mongolas, - dijo con fingida seriedad el Noble Ting Chang complacido de que hubiera cogido la enseñanza de forma tan intuitiva-,  aún le queda tarea a tus formadores, en el terreno de las formas, quiero decir. Pero ¡venga ya ese jengibre que se te deshace en las manos!

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Ting Changl', colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo