Bush y su nivel de incompetencia

Pocas veces en la historia ha habido un Presidente de EEUU tan poco apreciado por la opinión pública mundial como George W. Bush.
Que el prestigio de un dirigente sufra altibajos durante su mandato es cosa natural y sabida. El problema es cuando ese personaje es el responsable de la política internacional a escala mundial.
Bush se ha erigido en portavoz de la nación más poderosa del mundo que detenta una hegemonía que se permite actuar con una patente de corso que ninguna instancia superior le ha concedido en lugar de servir para dirigir, coordinar y cooperar en el progreso de la sociedad civil.
Lo peor es que se ha convertido en juguete de un grupo de iluminados de extrema derecha, con una visión de la vida fundamentalista y excluyente que se arroga su diktat en nombre de una verdad que se diría recibieron por revelación divina.
El New Research Center, con sede en Washington, es una de las instituciones de análisis sociológicos de mayor prestigio. Su último estudio de opinión se ha realizado con 16.000 encuestas realizadas en más de 30 idiomas entre el 28 de abril y el 15 de mayo. El sondeo se realizó en 20 países, incluida la población palestina con un margen de error inferior al 4%. Los resultados han mostrado que la persona y la política de Bush hunden la imagen de EEUU ante el mundo.
La ex secretaria de Estado Madeleine Albright, ha lamentado "algo que nunca pensé que vería, y que es sumamente preocupante: que la gente ahora teme el poder de Estados Unidos". La política exterior de Bush se contempla con desconfianza, escepticismo o temor en la mayor parte del mundo; y con los tres factores mezclados en todo el entorno árabe, que casi alcanza los 400 millones de seres, y hasta en el islámico que supera los mil millones. Bush sólo obtiene buena puntuación en el Israel extremista dominado por el Likud a cuyo frente agoniza Ariel Sharon.
Lo que sucede es que ya nos pillan desencantados y en guardia después del Siglo de las Luces, de los déspotas ilustrados, de las monarquías absolutistas de origen divino con sus hazañas colonizadoras en medio mundo, o de los fanáticos caudillos carismáticos al frente de regímenes totalitarios comunistas, fascistas, nazi y de parecidas raleas.
El pueblo norteamericano es uno de los más desinformados del mundo acerca de las realidades más allá de sus fronteras. Las modernas técnicas ofrecidas por la revolución de las comunicaciones no parecen haber hecho mella en un pueblo cuyos representantes políticos, un 55%, nunca han sentido la necesidad de tener un pasaporte. Para viajar y para conocer, para aprender y para saber respetar a otros pueblos, culturas y saberes. El aislamiento real en el que han vivido durante décadas, no tiene nada de "espléndido", y sólo se apoya en el poder de sus finanzas, sus científicos y sus armas.
Han vivido afirmados en la prepotencia del hombre blanco, protestante o judío, anglosajón y vencedor. Y obtuvieron grandes éxitos. Algunos, admirables como la democracia, el reconocimiento del mérito personal y un mundo de valores que ha terminado por ahogarles en su propia gloria, rodeada de tragedia. Véanse las situaciones de los indígenas autóctonos, de los negros y de los hispanos; pero sobre todo, véase la amarga situación de los más pobres, de los presos, de los marginados, de los “sin techo”, de los enfermos terminales y de todos aquellos que no han podido cotizar a alguna forma de seguridad social.
No. El incontestable poderío militar y la incomparable fuerza económica no pueden ocultar el dolor y la injusticia.
No podemos hacer responsables de ello a todos los ciudadanos norteamericanos, dentro y fuera de sus fronteras. Un estado de opinión cada vez más espeso manifiesta su descontento con la gestión de sus actuales dirigentes. Ese grupo que maneja a un presidente sin preparación ni cultura, sin una personalidad integrada y con problemas de estabilidad emocional. Al frente se encuentran Cheney, Rumsfeld, Condolezza Rice, Perle, Wolfowitz o Libby, que se han saltado todos los parámetros de un auténtico Estado de derecho, el respeto a las Convenciones internacionales como la de Ginebra de 1949, o la Carta de Naciones Unidas. Amén de todos los ordenamientos jurídicos que garantizaban el cumplimiento del derecho, la presunción de inocencia, el derecho a un juicio justo, el respeto a la soberanía de los estados y tantas conquistas de una humanidad que progrese en la conciencia de la libertad.
Si hay algo que golpea nuestras mentes, y hiere nuestra sensibilidad, es el desprecio al formidable prólogo a la Constitución que rige sus destinos desde hace doscientos años: el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad para todos los seres humanos.
No podemos olvidar que los pueblos reniegan de sus líderes cuando estos dejan de ser respetados, más que temidos, porque esa es la antesala del desprecio. Maquiavelo recomendaba que más valía ser amado que temido, pero que si no había más alternativa, el Príncipe nunca podría arriesgarse a dejar de ser respetado.
Hay muchos indicios que indican que el sentimiento de descontento en la opinión pública mundial hará mella en la norteamericana y moverá a lo mejor de sus representantes naturales para acabar con las guerras preventivas, el incremento de arsenales y el fomento de un descontento generalizado que puede conducir a un caos precedido de terrorismos espantosos que oscurecen la mente y ahogan la esperanza.
Otro mundo es posible, proclama la sociedad civil en los cuatro puntos cardinales, porque sabemos que es necesario. La actual manera de gobernar los países con un modelo de desarrollo desacreditado ya ha alcanzado su nivel de incompetencia en la persona y la política del Presidente George W. Bush.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 06/06/2003