El malestar social se extiende

Un malestar creciente se extiende por el mundo interrelacionado. No sólo por Europa, Latinoamérica o grandes sectores de la sociedad norteamericana. También por ese mundo ingente de vagabundos celestes de Internet que no discrimina sexo, color o creencias. Nos sabemos unidos por la palabra, aunque sea la de la potencia hegemónica, pero que hemos hecho nuestra al tiempo que aprendíamos el dominio de las nuevas tecnologías que pueden liberarnos.
Constituyen la nueva versión de aquellos jóvenes que un día decidieron romper con una forma de vida que les resultaba asfixiante y se lanzaron a las carreteras para huir de una rutina opresiva y opresora.
Salieron de los campus universitarios, rompieron sus tarjetas militares para protestar contra una guerra en Vietnam con la que no se sentían identificados. Mientras, otros miles de jóvenes también se echaban a las calles de París para protestar por las terribles secuelas de un colonialismo etnocentrista en África y Asia que se asentaba en la infame premisa de la superioridad de la población blanca, cristiana y occidental. Pero esta vez, les acompañaron profesores e intelectuales que se abrazaron con las fuerzas que salían de los tajos en busca de derechos sociales que hicieran realidad las declaraciones universales de derechos humanos.
Después de mayo del 68 ya nada ha sido igual. De ahí que en la década de los noventa se produjera un estado de inquietud y de desasosiego que no hizo más que incrementarse y tomar rostro humano con la caída del Muro de Berlín y el posterior derrumbe del totalitarismo soviético.
Occidente no quiso ayudar a los pueblos que emergían de la antigua URSS para que se configurasen como sociedades democráticas, libres y con derecho a administrar sus recursos y participar en el mercado universal cuyas glorias tanto les habían alabado. Fueron tiempos de desilusión y de desesperanza al comprobar cómo se potenciaban las mafias criminales, se incrementaban los gastos militares y se imponía una globalización injusta en nombre de las leyes de un mercado al servicio de la hegemonía que anunciaba un nuevo imperialismo. De igual forma actuaron con las naciones que surgían en el llamado Tercer Mundo, al que quisieron seguir dominando por personajes corruptos interpuestos al servicio de las grandes compañías transnacionales. De ahí ese reguero de guerras civiles con decenas de millones de muertos como peaje para aprovecharse de su inestabilidad, y aún del hambre como arma de explotación y de dominio.
Las confesiones del Premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, “El malestar de la globalización” son inapelables. “Escribo este libro porque en el Banco Mundial comprobé de primera mano el efecto devastador que la globalización puede tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres de esos países. Creo que la globalización –la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales– puede ser una fuerza benéfica y su potencial es el enriquecimiento de todos, particularmente los pobres; pero también creo que para que esto suceda es necesario replantearse profundamente el modo en el que la globalización ha sido gestionada”. Afirma que “las políticas de ajuste estructural del FMI produjeron hambre y disturbios en muchos lugares y los beneficios se repartieron desproporcionadamente a favor de los más pudientes, mientras que los más pobres se hundían aún más en la miseria”.
Son pocos, prosigue, los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándoles a abrir sus mercados a los bienes de los países industrializados y al mismo tiempo protegiendo los mercados de éstos: “esto hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres”. El atentado del 11 de septiembre le muestra con toda nitidez que todos compartimos un único planeta y constituimos una comunidad global que debe cumplir unas reglas para convivir pero que “tienen que ser equitativas y justas, deben atender a los pobres y a los poderosos, y reflejar un sentimiento básico de decencia y justicia social”.
Las protestas en la reunión de Seattle de la OMC, en 1999, fueron una sacudida, pero desde entonces el movimiento ha crecido y la furia se ha extendido. Después, vinieron los movimientos de resistencia ante un modelo de desarrollo injusto, ante un pensamiento único que atentaba contra la dignidad humana, que hacía tabla rasa de las culturas y se atrevía a anunciar un choque de civilizaciones, después de haber cantado el fin de la historia.
Pero el proceso ha llegado a su cenit con una guerra contestada en los cuatro puntos cardinales, con una política imperialista de la nación más poderosa de la tierra secundada servilmente por Gran Bretaña y España, mientras obligaban a sumarse a los empobrecidos estados que surgieron de la antigua URSS.
El problema más grave es el desencanto que producen en la sociedad civil líderes y políticos que han mentido, que han engañado a los representantes elegidos democráticamente y que se han servido de medios de comunicación domeñados para imponer un orden arbitrario.
Esta sociedad civil emergente e interrelacionada muestra su desconcierto ante la estrategia norteamericana, se indigna ante la amenaza a la unidad de una Europa en marcha, no comprende las maniobras escabrosas de los grandes grupos financieros, el florecimiento del crimen organizado, del contrabando de armas y la connivencia con el narcotráfico en el blanqueo de sus ganancias de muerte. Ha asistido a la demolición de los progresos políticos y económicos en Latinoamérica y ahora padece atónita la amenaza de descomposición del orden político en España en donde los poderes tenebrosos de la especulación inmobiliaria han sido capaces de amenazar el resultado de las urnas en la Asamblea de Madrid al grito de “todo vale, todo se puede comprar y lo que manda es el dinero”.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 13/07/2003