La dictadura del petrolariado

A estas alturas, los norteamericanos no han descubierto arma alguna de destrucción masiva en Iraq, pero han encontrado lo que buscaban: el petróleo del cual se han apoderado para mejor controlar los mercados internacionales.
Hace cuatro meses, EEUU acompañado de su satélite inglés invadieron Iraq. Llegaban para liberar al pueblo de la dictadura de Sadam Hussein y para destruir las armas de destrucción masiva que “amenazaban EEUU y al mundo entero”.
Se convirtieron en los salvadores de la humanidad sin tener mandato legal para hacerlo. Más aún, con la oposición firme y decidida del Consejo de Seguridad y de la inmensa mayoría de los países miembros de la ONU. Los ejemplos de Chile y de México conmovieron al mundo. El gigante Goliat no iba a ser abatido, pero tenía los pies de barro.
El extravagante presidente Bush había pregonado en tonos tan apocalípticos como falsos: “No permitiremos que las armas más peligrosas del mundo continúen en poder de los dirigentes más peligrosos”.
Encontraron el petróleo que buscaban porque previamente sabían dónde estaba, sin necesidad de los siempre turbios informes de la CIA. Con la patente de corso que se otorgaron a sí mismos se hicieron con un magnífico botín que les permitirá, por primera vez en treinta años, controlar el mercado internacional del petróleo en lugar de la OPEP (Organización de los países exportadores de petróleo). Es decir, su precio y la distribución a los países amigos mientras que pueden hundir a los menos dóciles a su política imperial.
De todos era sabido que EEUU, una vez controlado Iraq, privilegiaría el pago de los costes de la guerra a costa de la reconstrucción de lo que han destruido y de la mejora de unas condiciones de vida que retrocedieron a los niveles de los tiempos del mandato inglés. No aliviarán la enorme deuda externa, cuyo peso soportan las clases más desfavorecidas del pueblo iraquí, al tiempo que fomentarán el desarrollo de su industria petrolera en función de los intereses de las compañías norteamericanas.
La clave de la conquista de Iraq por la coalición anglo norteamericana era el control del petróleo y de los mercados internacionales en apoyo de su hegemonía militar y para insuflar alientos en una economía de la que el demógrafo y analista político Emmanuel Todd no duda en afirmar “EEUU no se está convirtiendo en un imperio, sino que está dejando de serlo”. En su libro Después del imperio, asegura que “EEUU ha descubierto que el mundo no les necesita, que son ellos los que necesitan al mundo. El crecimiento ilusorio de la era de Clinton se financió con cantidades masivas de dinero procedente del exterior que les ha permitido vivir por encima de sus posibilidades mientras se agravaba la desindustrialización”.
Hay razones que muestran la codicia que domina las intenciones de EEUU sobre el botín arrebatado a los iraquíes, con independencia de la catadura ética y política de sus anteriores líderes. La Carta de las Naciones Unidas condena cualquier pretensión de una potencia a invadir o conquistar otra bajo el pretexto de la naturaleza de su gobierno. Nadie está legitimado para desencadenar una guerra preventiva. El derecho Internacional no las admite sino es en legítima defensa y siempre bajo el mandato explícito del Consejo de Seguridad.
Es de sobra conocido que, en las actuales circunstancias de un modelo de desarrollo basado en el petróleo y no en otras energías alternativas, EEUU lo necesita en abundancia y barato. Poseer el petróleo no hace a un país poderoso, los árabes productores de petróleo no lo son, pero enriquece a sus gobernantes.
Medio Oriente significa el 31% de la producción mundial de petróleo, pero sólo el 6% de su consumo, mientras que EEUU representa el 18 % de la producción y el 30% del consumo. Estas cifras cobran mayor interés cuando se recuerda que EEUU no posee más que el 3% de las reservas mundiales contra el 65 % para Oriente Medio.
La economía norteamericana depende del Golfo Pérsico –sobre todo de Arabia saudita-, en un 14 % de su consumo de petróleo.
La creciente importancia estratégica del petróleo de Oriente Medio confirma que EEUU va a incrementar su influencia y prolongar su presencia en esta región, antes que a disminuirla, cuando hayan controlado su poder político y “acabado con la amenaza de las armas de destrucción masiva”.
De una manera o de otra, Iraq, Arabia saudita y Kuwait deberían de salir de la órbita de los protectorados americanos del pasado para convertirse más bien en lo que significaron Alemania y Japón después de la Segunda Guerra mundial.
No hay que olvidar el peso del continente africano en esta dictadura de los controladores del petróleo. Sus reservas comprobadas hasta ahora suponen 77’4 millardos de barriles, es decir, 7’4 % de las reservas mundiales para una población de 832 millones de personas, el 13’4 % de la población mundial.
Los países latinoamericanos deben acostumbrarse a mirar su próximo futuro desde esta perspectiva que se impondrá por encima del derecho y de la ética. Los actuales gobernantes de EEUU no conocen otro lenguaje que el de la defensa de sus intereses aunque sea por la fuerza. Es el más puro estilo de un Maquiavelo que proclamaba que la fuerza es justa cuando es necesaria. El problema siempre radica en establecer quien comprueba la necesidad.
Los gobernantes norteamericanos no han descubierto arma alguna de destrucción masiva en Iraq, pero han encontrado lo que buscaban: el petróleo del cual se han apoderado para mejor controlar los mercados internacionales.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 11/07/2003