Un holocausto americano

"El holocausto de los negros en Norteamérica duró veinte veces más tiempo y causó diez veces más víctimas que el holocausto de los judíos por los nazis", afirma Randall Robinson en su libro La Deuda: lo que los Estados Unidos deben a los negros.

El autor es un intelectual negro americano conocido por su lucha contra el apartheid y por el respeto de los derechos de la población negra en EEUU. Su obra complementa las exposiciones que tienen lugar en Nueva York y en otras ciudades sobre las atrocidades perpetradas por los racistas blancos.

Se enfrenta con uno de los mayores dramas de la humanidad: la esclavitud que los negreros europeos cristianos llevaron a cabo para abastecer los mercados del nuevo continente. En otro lugar he estudiado el espanto de los esclavistas musulmanes en la costa Este del continente africano: cerca de 50 millones de seres humanos fueron esclavizados o muertos.

R. Robinson califica de holocausto americano no sólo el período de la esclavitud, que duró hasta 1865, sino los 135 años siguientes en los que la población de color padeció la discriminación racial institucionalizada. Denuncia el silencio de la sociedad y de los gobiernos sobre el tema mientras que en el mundo se han tratado de reparar las atrocidades cometidas con los coreanos, con los polacos, con los aborígenes australianos o con el pueblo Inuit.

El subsecretario de Estado, Stuart Eizenstat, luchó a fondo para convencer a dieciséis empresas alemanas para que indemnizaran a los descendientes de los trabajadores judíos que emplearon en sus fábricas como esclavos durante el período nazi. En los campos de concentración campeaba una frase estremecedora "El trabajo hace libres". Los sucesivos gobiernos de Alemania, después de la Guerra mundial, han indemnizado y pedido perdón en innumerables ocasiones a las víctimas judías representadas en el Estado de Israel. Monumentos y museos se alzan con justicia en Europa en memoria de las víctimas judías que hubiera sido impensable sin el formidable esfuerzo de la comunidad judía que se juró a sí misma que "nunca más" volvería a suceder.

Clama el silencio de la sociedad norteamericana ante un pasado que se perpetúa en las condiciones de discriminación en que viven gran parte de los descendientes de aquellos esclavos que construyeron el Capitolio, que izaron al estatua de la Libertad, que deforestaron el terreno donde habría de construirse la Casa Blanca como símbolo de la democracia norteamericana, tan admirable por tantas razones.

Mientras se perpetúa este olvido esquizofrénico, se prepara la construcción del Museo nacional de los Indios americanos y el Memorial japonés en recuerdo de los norteamericanos de origen japonés internados en campos de concentración americanos durante la guerra mundial. Y la gente acude al Museo del holocausto que rememora el terror nazi.

"Pero nada conmemora, ni una estela siquiera, a decenas de millones de víctimas del holocausto americano", se lamenta el escritor.

Ser negro en EEUU es una dura prueba y un escándalo cuando se ven las diferencias raciales del sistema policial y carcelario. Un negro de EEUU tiene siete veces más posibilidades de ser encarcelado que un blanco, a pesar de que la comunidad africana sólo representa el 13% de su población pero constituye el 50% de la encarcelada en sus prisiones. Los estudios demuestran que un negro tiene un 33% de posibilidades de pasar parte de su vida en la cárcel, frente al 4% que supone para un blanco.

Cada día son noticia el ensañamiento y los asesinatos por la policía de jóvenes negros sin más cargo que la presunción de culpabilidad por el color de la piel. Los asesinatos legales de negros en las prisiones mantienen una proporción triple a la de un blanco. En los corredores de la muerte esperan su ejecución 3.700 condenados, de los cuales más del 70% son negros o hispanos. Y los candidatos a la presidencia de EEUU son unánimes en respaldar la pena de muerte llevándose la palma el gobernador Bush de Texas que presume de que "nunca le temblará la mano para firmar una ejecución por el bien de la sociedad americana".

La población reclusa ha batido su propio récord hace un mes al superar los dos millones de internos que suponen un coste anual de 40.000 millones de dólares (6 billones de pesetas), según el Instituto de Política Judicial, organismo independiente de Washington que confirmó que también se batió el récord de ejecuciones al alcanzar las 98 víctimas anuales.

Causa pavor considerar lo que se podría hacer con esas cifras en educación, sanidad, creación de puestos de trabajo y la prevención en general. Conviene recordar que uno de los valores más cotizados en bolsa es el de las sociedades que administran prisiones ya que es una de las privatizaciones más rentables que existen: plena ocupación, sin problemas laborables, sin quejas por la comida, la limpieza o las reparaciones que realizan los internos para los cuales, según el Gobernador del Estado de Illinois, no rigen los derechos humanos.

¿Por qué la humanidad continúa ocultando ese siniestro capítulo de la historia? Ni la ONU ni la UNESCO han abordado con la energía necesaria esa denuncia, condena y reparación inaplazables. No podemos permanecer ajenos a esta conspiración de silencio y, con R. Robinson y millones de seres, compartimos la necesidad de que EEUU paguen su deuda, reparen a los descendientes de las víctimas de la esclavitud y de la discriminación y exorcicen el demonio de una culpa que se inició con el genocidio de la población autóctona indígena, se consumó con la esclavitud de los negros y se perpetúa en un sistema social que margina a sus descendientes.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 24/03/2000