Enfermedades que vuelven

"¿A quién le importan las enfermedades tropicales?", se pregunta el Dr. Edmond Bertrand, profesor de medicina en las universidades de Montpellier y de Abidjan, consultor de la OMS y uno de los mayores expertos del mundo en medicina tropical.

A nadie parecen interesarle las enfermedades de los países pobres, las endemias que arrebatan millones de vidas al año, después de haber destrozado familias enteras al haber golpeado a los miembros responsables de garantizar el sustento, el trabajo, la salud y la educación para sus miembros. A la mujer se la reconoce en África como la columna vertebral de las estructuras sociales, que labra los campos, cuida a los niños y rodea de respeto a los ancianos, mantiene el fuego del hogar y garantiza la continuidad de las tradiciones mientras muchos hombres se ven obligados a emigrar. Me refiero a las migraciones sur-sur que suponen el 80% de las migraciones mundiales, puesto que del sur al norte sólo llega un 12%.

Las migraciones dentro de África ocasionan decenas de millones de desarraigados en campos de trabajo inhumanos en los que está ausente la atención sanitaria. Al igual que sucede en esas monstruosas megaurbes que son el mayor cáncer de desarraigo de las sociedades africanas (Lagos, Kinshasa, Jartum, Abidjan, Nairobi). Son las imágenes de África que se exportan a Occidente y que poco tienen que ver con la riqueza, variedad, dinamismo y potencialidad de las culturas del continente de la esperanza. Pero sirven para mantener la explotación imponiendo un modelo de desarrollo aberrante que "justifica" la presencia de las transnacionales y para tranquilizar las conciencias de algunos donantes que prefieren soltar visceralmente unas monedas a exigir que se establezca un comercio justo que pague las materias primas, que necesitamos en Occidente, a precios de mercado y no de república bananera.

Aparte de la tuberculosis, con cepas resistentes a los tratamientos tradicionales TBC que ya nos alcanzan a los ciudadanos del norte, y del terrible sida que diezma a las poblaciones sin la posibilidad de utilizar los medicamentos que nosotros tenemos, la malaria continua siendo una de las mayores causas de mortalidad y de sufrimiento en las zonas tropicales: cerca de tres millones de muertos al año.

Pero la enfermedad del sueño, que se había logrado controlar y hasta erradicar, vuelve a resurgir como la bilharziosis, la filariosis y el auge incontenible de las enfermedades cardiovasculares. En África se muere del corazón desmintiendo que las cardiopatías pertenezcan a las poblaciones ricas, superalimentadas y estresadas.

Se ha avanzado en la lucha contra la oncocercosis, la viruela y la lepra, pero está la Úlcera de Burulli que se expande peligrosamente y que hasta hace diez años estaba limitada a ciertas regiones. La viruela se había erradicado gracias a vacunaciones masivas, pero ahora la viruela de los monos se propaga a los seres humanos. Este virus era primo del de los seres humanos pero la falta de vacunación en algunas regiones ha dejado el campo libre en las personas. Los virus mutan, las gentes viajan, las vacunaciones masivas tienen efectos positivos y algunos que no lo son tanto en un contexto determinado, las gentes se medican de manera descontrolada.

Yo he visto por toda África millares de puestos de medicamentos en los mercados, al sol, sin cajas ni instrucciones para su uso y que se venden como regalices. Bö Harlem, directora general de la OMS, denunció hace unos meses que el 64% de los medicamentos que los países ricos del norte venden o donan a los pueblos empobrecidos del sur están caducados, son tóxicos, tienen efectos secundarios que las autoridades sanitarias impiden que se administren en nuestros países, o están fabricados de forma fraudulenta de modo que el efecto terapéutico está por debajo de los niveles requeridos.

La enfermedad del sueño, transmitida por la mosca tsé-tsé afectaba, en 1930, al 90% de la población del alto Camerún. Tan grave era la situación que las autoridades confiaron a los médicos la administración del territorio. El famoso doctor Jamot, cuyo centro contra la lepra – y hoy contra el sida -, es bien conocido en Yaundé, luchó hasta que, en 1958, se pudo cerrar el hospital para los afectados por la enfermedad. Se utilizaban la pentamidina y la suramina cuando el sistema nervioso todavía no había sido afectado, (de ahí la importancia de una detección precoz) y el melarsoprol cuando ya había afección nerviosa. Así se repitió en numerosas regiones del África subsahariana al tiempo que se luchaba contra la mosca tsé-tsé que transmite el parásito tripanosoma.

A partir de los años 80, las guerras, los desplazamientos masivos de poblaciones y los recortes en sanidad y educación, siguiendo las instrucciones del FMI, han visto resurgir la enfermedad con nueva virulencia. Tan sólo en el Congo (ex Zaire) hay más de 100.000 casos conocidos por año, lo mismo que en Uganda, Angola, Sudán, Congo Brazzaville o en la República centroafricana. El melarsoprol sigue siendo el tratamiento de base aunque produzca un 5% de muertes. Desde 1985, se disponía de la eficaz eflornitina que descubrieron los laboratorios Merrel-Dow en sus investigaciones contra el cáncer. Pero llegó la fusión con Hoechst y decidieron que no era rentable seguir produciendo un medicamento que la OMS compraba a bajo precio. Se lo regalaron, pero la OMS no dispone de infraestructura industrial para fabricarlo. Lo mismo ha sucedido con otro medicamento, el megazol, descubierto en Brasil, en 1985, mientras buscaban otro producto contra la tripanosomiasis americana. Asociado a la suramina potencia su eficacia hasta por vía bucal. Pero el gran gigante farmacéutico, la farmacracia, no encuentra rentabilidad suficiente para producirlo.

Un ejemplo más de que no se puede dejar a la iniciativa privada el cuidado preferente de la salud pública. Los Estados y la comunidad supranacional tienen deberes sociales por encima de los intereses de los sacrosantos mercados.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 25/02/2000