Es posible la esperanza

En mayo estará listo un plan de acción contra el Sida coordinado por ONUSIDA, ha declarado Kofi Annan. Su director, Peter Piot, pidió en Lusaka forzar a la industria farmacéutica a bajar los precios de los medicamentos necesarios y dar a conocer las moléculas que no tengan previsto poner inmediatamente en el mercado (en espera de amortizar otros productos).

Las patentes no pueden prevalecer ante una epidemia que afecta a casi 50 millones de personas y que ha matado a 15 millones en dos décadas. Ahora la progresión puede ser exponencial pues cada minuto se infectan más de 10 personas: un genocidio. Si el derecho de propiedad cede ante la necesidad imperiosa, en este caso se trata de la vida de centenares de millones de personas.

Aunque sea por egoísmo, en la aldea global nadie está a salvo del peligro de una pandemia de virus que pueden mutar para peor en el caso de ciudadanos del Norte en tratamiento. En los países industrializados se ha controlado el síndrome y los portadores de VIH pueden convivir con él como otros con la diabetes o la hipertensión. Pero el tratamiento cuesta unos dos millones de pesetas al año, mil veces más que el valor de los principios activos: para la industria farmacéutica es más rentable "cuidar" a los seropositivos que emplearse a fondo en encontrar una vacuna. ONUSIDA demuestra que con un plan terapéutico de 100 puede ser evitada la infección de VIH.

Por eso es preciso forzar a los gobiernos a destruir el muro de silencio y de infamia que en los pueblos del Sur rodea a esta dolencia, romper el prejuicio religioso cultural ante el uso del condón. En Uganda y en Senegal, en Botswana y en Lesoto se han reducido drásticamente los efectos gracias a campañas de educación, profilaxis y apoyo por parte de educadores, políticos y dirigentes religiosos. En Nigeria, la multinacional Chevron ha puesto en marcha un plan eficaz para proteger la vida de sus empleados pues el síndrome afecta más a las personas educadas y perdían cada año a un 10% de los cualificados.

Es preciso que el Norte se vuelque en la ayuda a esos países, invertir en una vacuna barata y de fácil administración y aplicar la cláusula de licencia obligatoria para fabricar genéricos que pueden salvar vidas. Es triste que resulte más fácil actuar ante las víctimas de una guerra sostenida por fabricantes de armas o de una catástrofe que afecta a los más pobres que ante el mayor peligro sociosanitario de la humanidad.

Las ONG tienen el desafío de denunciar políticas miopes, obsoletas y suicidas, ayudar a buscar propuestas alternativas y cooperar en la ayuda para que sepan ayudarse las comunidades afectadas.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 28/01/2000