Las cuatro haches

Le llamaban la enfermedad de las cuatro haches. Porque la padecían los heroinómanos, los homosexuales, los que necesitaban hemoderivados para transfusiones y, esto era lo más chocante, los haitianos.

Fue hace dos décadas cuando aparecieron enfermos con unos síntomas que no encajaban en los diagnósticos habituales. Como los síntomas se repetían en esos grupos que comenzaban por hache se habló de un síndrome que afectaba a determinados grupos de riesgo con lo que comenzó una especie de exclusión y de marginación de esas personas. La obsesión llegó a hablar de castigo divino por conductas pecaminosas de las que se ocupaban en los púlpitos de las iglesias.

En Cuba se recluía a los enfermos en hospitales especiales en donde vivían enclaustrados como en lazaretos y, al principio, ni sus familiares ni amigos podían visitarlos. En un país socialista no podía reconocerse que había enfermos por causas de “vicios propios de los países capitalistas”.

En el Estado de Florida se desencadenaron campañas de denuncia y de marginación que recordaron lo peor de la época macarthysta.

Fue una dura batalla lograr que los medios de comunicación dejaran de hablar de grupos de riesgo para hablar de prácticas de riesgo.

Las prácticas homosexuales sin la debida protección, el compartir jeringuillas por drogadictos contaminados o las transfusiones de sangre procedente de donantes portadores del virus ayudaron a delimitar los perfiles de la enfermedad y a luchar mejor contra la paranoia desatada. Lo que la gente no sabía entonces es que entre los primeros enfermos se encontraban bebés de madres inmigrantes haitianas. Esto desconcertó a los investigadores porque los bebés no encajaban en esos grupos de riesgo.

Con el tiempo, se supo que homosexuales norteamericanos contaminados por el sida hacían turismo sexual en la isla pero el tabú en este campo desconcertaba a los investigadores ya que los haitianos no admitían que entre ellos pudieran darse esas prácticas. Pero se daban a cambio de dinero y ellos contaminaron a sus mujeres, algunas de las cuales emigraron a EEUU embarazadas de niños contaminados.

Hoy día, felizmente, esa hache ya se ha descartado así como se han logrado detener los casos de transmisión por sangre contaminada, ya que los controles se han hecho más severos, y entre los homosexuales de los países más desarrollados se llevaron cabo intensas campañas que lograron detener la expansión creciente porque supieron adoptar medios de control en sus prácticas y se pusieron en manos de expertos médicos. Hasta se logró bajar algo el tercer grupo de heroinómanos que compartían jeringuillas mientras que el síndrome, ya pandémico, se ha disparado de manera brutal entre los heterosexuales y sobre todo entre las mujeres que son el segmento de la población más desprotegido y castigado.

El sida afecta ya a 40 millones de personas. El informe de la ONU que se acaba de hacer público, alerta de que "si las cosas siguen como ahora, estamos abocados a un desastre".

Este año se han producidos 4,9 millones de nuevos casos, un 9% más que en 2002; de los casi 40 millones de personas infectadas, 2,2 millones tienen menos de 15 años, y se han producido 3,1 millones de fallecimientos, un 15% más que hace dos años.

En África subsahariana se encuentra el 60% del total de las personas que viven con VIH en el mundo, una proporción que ya ha descendido desde el 90% que alcanzó hace diez años. Desgraciadamente, ese cambio estadístico no se debe a que la enfermedad esté más controlada, sino a que el crecimiento en otras regiones todavía es mayor.

Las alarmas continuas de los organismos oficiales, sobre todo desde Onusida (agencia de la ONU para esta enfermedad), no han logrado controlar la expansión de la epidemia.

Se ha conseguido aumentar en un 70% la cifra de mujeres embarazadas que reciben tratamiento, y que casi toda la población de Latinoamérica que lo necesita tenga acceso a los antivirales. Pero de los más de cuatro millones de personas que necesitan antivirales, sólo 440.000 los reciben, la mayoría en los países más ricos.

Onusida denuncia: "Si prosigue este bajo nivel de cobertura, en los próximos dos años fallecerán entre cinco y seis millones de personas como consecuencia del sida". Mientras se descubre una vacuna eficaz y ante la falta de acceso a los medicamentos, sólo queda insistir en la prevención, y en incrementar las campañas de educación y de sensibilización, inteligentes y eficaces, en los centros escolares, así como en los medios de comunicación de todo el mundo.

En la presentación del Informe, el epidemiólogo Dr. Luíz Lures, director adjunto de Onusida, afirmó que “el uso del preservativo es fundamental, y no se pueden hacer concesiones". Y ante la postura de la Iglesia católica o del Gobierno de Estados Unidos, que priman la abstinencia o la fidelidad, el experto añadió: "No soy especialista en moral; soy especialista en salud pública. No esperamos que la Iglesia católica promueva el uso del condón; esperamos que no hable contra ellos, porque hacerlo es hablar contra la evidencia científica".

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 26/11/2004