Los muros de la ignorancia

Más de un uno por ciento de la población mundial padece enfermedades mentales diagnosticadas, según la Organización Mundial de la Salud. De estos sesenta millones de personas, un 25% se cura mientras que otro 50% experimenta una notable mejoría con un tratamiento adecuado, control y apoyo social. El 25% restante suele derivar hacia situaciones crónicas y de difícil integración social.

El desafío consiste en que la sociedad tiene que tratar de recuperar a ese 75% de enfermos mentales que no sólo padecen esquizofrenia, sino trastorno bipolar, depresiones en diversas formas, anorexias, bulimias, etc. Los medios necesarios no sólo son médicos y farmacológicos sino psicológicos, familiares y sociales.

No hay que olvidar que, en la década de los sesenta, miles de enfermos mentales salieron de las instituciones psiquiátricas, de los famosos manicomios, en donde estaban internados y de los que difícilmente salían preparados para su reintegración en la vida social. El porcentaje de enfermos crónicos era tan alarmante que se optó por otro tipo de terapias más integrales y que abarcaban a la persona en su entorno familiar y social. Había enfermos que sufrían de tal modo, ante la idea de reincorporarse a la vida familiar y a un ambiente social con responsabilidades que, instintivamente, preferían “empeorar” ante el miedo a no ser aceptados.

Aquellos muros de los manicomios, nosocomios y casas de salud fueron derribados pero, treinta años después, nos encontramos con otros muros no menos severos que dificultan la plena integración de ese 75% que podrían hacerlo si hubiera los medios necesarios.

El avance de los fármacos ha sido formidable para este tipo de enfermos. Pero aliviar los síntomas y reducir su inquietud y sus estados de agitación o de delirio no es la única solución. Necesitan integrarse en un ambiente social idóneo para ofrecerles ilusiones, trabajo adecuado a sus capacidades, sin olvidar el alto coeficiente intelectual de muchos de estos enfermos, y estar ocupados y sentirse personas aceptadas y queridas.

Aunque logren superar el delirio, es preciso cuidar la calidad de vida del enfermo en su casa. Los fármacos no lo resuelven todo y, a veces, el sufrimiento mental puede ser peor que la enajenación mental transitoria que a muchos les sirve de defensa ante un entorno que les resulta insoportable. Los proyectos de inserción social, bien organizados y controlados por personas competentes, mejoran mucho la calidad de vida de estos pacientes, pero todavía son muy escasos en los países de la Unión Europea. No digamos ya en otros países con economías más débiles.

De ahí la llamada a la responsabilidad, no sólo de las instituciones del estado, sino a la sociedad en general para entender la situación actual y las características de estos enfermos. Es triste y penoso encontrar todavía reacciones de muchas personas ante la instalación, por ejemplo, de un Centro Público de Rehabilitación Psicosocial (CRPS) en las proximidades a sus domicilios. Es injusto y además demuestra una ignorancia inadmisible en nuestro tiempo. Los medios de comunicación social deben difundir más y mejor la situación de estos enfermos, bien tratados con terapias adecuadas, y que no suponen peligro alguno para la comunidad. Pero esa actitud de rechazo es demoledora para los pacientes que tratan de integrarse de nuevo en un entorno acogedor.

Ya no son los “divinos dementes” que en la antigüedad se consideraban habitados por la divinidad. Tampoco son el “tonto del pueblo” que, en cierto modo, actuaban de chivo expiatorio de las faltas de la comunidad. Ni lo que el célebre psicoanalista francés, Jacques Lacan, calificaba del “loco de la familia”, el patoso, aquel al que se le caen las cosas, mete la pata y siempre paga “el pato” de los pequeños desastres familiares. Todos conocemos, en mayor o menor medida, casos parecidos de personas que la familia o la sociedad parece cargar con las responsabilidades colectivas.

Los enfermos mentales sufren mucho y ya que felizmente hemos logrado derribar los muros de los manicomios, en donde vivían segregados, ahora tenemos que derribar los muros de la ignorancia que impiden la integración social plena y con los medios adecuados de estos casi setenta millones de seres que no nos pueden dejar indiferentes.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 08/10/2004