La ética en la jungla periodística

La profesión periodística está registrando ciertos deslizamientos a los que damos poca importancia. Pero los grandes errores de los últimos tiempos (caso Jayson Blair, caso Kelly) se produjeron en un caldo de cultivo similar. Y además, la ética no es divisible: la línea no debe trazarse entre mentira pequeña y mentira grande, sino entre mentira y verdad.
Los medios digitales. Los periodistas serios, de medios de comunicación serios, saben que la mejor de las historias y la más veraz investigación se pueden venir abajo por un solo dato erróneo.
Una amplia noticia sobre el diálogo confidencial de dos personajes en la que se narre el contenido de esa conversación secreta, en la que se detallen los datos manejados en entre ambos y se dé cuenta del objetivo que perseguían con ese encuentro carecerá repentinamente de crédito si el redactor se ha confundido en el nombre del restaurante donde se celebró la reunión.
“Jamás estuve en ese restaurante”, podrá replicar cualquiera de los dos presentes en la conversación. Y el otro añadirá sin duda: “Yo ese día cené en la otra punta de la ciudad, incluso guardo la factura”. Es posible que el fondo de la cuestión siga siendo veraz, pero ya nadie lo creerá. Los grandes reportajes, las buenas informaciones, las historias sólidas que puede publicar un periódico necesitan de los detalles para transmitir credibilidad.
Porque, en efecto, el informante que puede contar lo más enjundioso de una noticia debe haber conocido con mayor razón lo más liviano. Cualquier redactor jefe responsable cuestionará, en el proceso normal de edición, el texto de un reportero que hable de un secretario de Estado que se ha gastado una millonada en un cuadro para su despacho si el periodista desconoce quién es el artista que lo pintó.
Resultaría inconcebible –primero para el editor y después para los lectores– que se supiera el primer dato y se ignorase el segundo. Así ha sucedido siempre en el periodismo tradicional, en el que se debe contar con datos ciertos para que el conjunto lo sea y lo parezca también; porque la mejor historia verdadera se desmorona con un detalle falso o erróneo.
Pero estamos asistiendo ahora a un fenómeno periodístico inverso: así como una noticia veraz se convierte en falsa o da apariencia de serlo por culpa de un solo dato falso, una historia falsa puede presentarse como verosímil, y resultar creíble, si se construye con detalles verdaderos. El periodismo que se ha empezado a practicar ya en algunos medios digitales –no todos, desde luego-- parte a menudo de unos hechos secundarios ciertos y comprobados que, paradójicamente, otorgan credibilidad al tema central de la información, aunque éste sea inventado o simplemente deducido.
Es decir, en este caso el periodista sí sabe que la reunión entre aquellos dos conocidos personajes se ha producido en determinado restaurante, y puede que conozca por los camareros el menú de la cena. La mera descripción de esos detalles le avalará entonces para construir cualquier teoría verosímil, pero no necesariamente cierta, sobre las cuestiones abordadas en la conversación. Una conversación que, sin embargo, nadie ha escuchado.
Hemos visto recientemente, por ejemplo, cómo el hecho de que algunas personas hayan coincidido en un lugar concreto o en un trabajo determinado en algún momento sirve para imaginar entre ellas unos lazos indelebles que simplemente se suponen y que, sin embargo, se presentan como verdaderos.
El uso de un canal de comunicación distinto –en este caso el digital– parece influir no sólo en la manera de contar la realidad (lo cual se puede entender perfectamente, pues la forma del mensaje ha de adaptarse al medio) sino en la distinta exigencia profesional a la hora de abordar una noticia y sus comprobaciones.
En el periodismo tradicional, un dato falso arruina la verdad. En el nuevo periodismo a cuyo alumbramiento asistimos, los datos verdaderos avalan la falsedad. Es verdad que a veces ese salto en el vacío a partir de datos verdaderos termina coincidiendo con la realidad.
Pero en un primer momento sirven para construir solamente algo verosímil, que el periodista no puede entender como cierto mientras carezca de la necesaria comprobación. La casualidad de que luego se acierte no disculpa la adulteración que constituye esa técnica profesional.
Los periodistas no deben hacer informaciones con una probabilidad de acertar, sino con la seguridad de que se cuenta algo veraz. A veces, pues, lo verosímil resulta ser también cierto. Pero no podemos dar el salto de un concepto a otro sólo por el procedimiento de comprar muchos boletos esperando que así nos toque el premio.
Debemos saber que la información es veraz en el momento de ser escrita. Ni siquiera estamos aquí, en esta nueva técnica, ante la ya conocida yuxtaposición de hechos que podemos ejemplificar en esta noticia imaginaria: “El cadáver de Francisco Martínez fue hallado ayer en una calle del polígono industrial Norte. Momentos antes se había visto por allí a su vecino Miguel Fernández, con el que mantiene viejas disputas”.
En este caso, los datos son ciertos (siguiendo con el ejemplo imaginario), y la conjetura que saldría de relacionarlos correspondería al lector. Lo que sucede en este nuevo periodismo –principalmente digital, pero no solamente digital— es que la conjetura suele añadirla también el periodista, que la presenta además como un hecho veraz. Una ‘leyenda’ ya no es solamente la narración de unos hechos históricos que mezcla lo verdadero con lo falso. La leyenda se está introduciendo en el periodismo para equiparar esos dos grados de conocimiento.
Y, como las antiguas canciones de gesta, tiende a perdurar y a reproducirse. He querido comenzar refiriéndome a esta técnica que ha proliferado entre algunos medios digitales porque muestra con claridad un fenómeno general que ya tenemos entre nosotros, y al que se añaden dos características:
–Muchos medios digitales --no me importa insistir en que no son todos, por supuesto-- practican unas técnicas y unas normas éticas muy distintas de las que rigen en la prensa tradicional. Hasta el punto de que se van dando casos notorios de noticias, imágenes y rumores que determinados periódicos difunden en sus páginas electrónicas pero luego no se atreven a publicar en papel, aun cuando el director de uno y otro medio sean la misma persona.
–Esas técnicas empiezan a extenderse a medios impresos, que dedican cada vez más espacio a noticias ‘confidenciales’ o a preguntas retóricas que el periodista se hace para encubrir un rumor. Existe, por tanto, una contaminación desde este nuevo periodismo electrónico hacia el periodismo de papel, de radio o de televisión. En esta ocasión deseo referirme a deslizamientos éticos como los que acabo de plantear.
Aún no son extremadamente graves en su mayoría, pero sí me preocupa la facilidad con que nos estamos acostumbrando a convivir con ellos. Hasta tal punto nos hemos acomodado los periodistas a esta técnica, que incluso los redactores de diarios concebidos como serios se prestan a ‘blanquear’ esas informaciones introduciéndolas en sus periódicos.
Algunos lo hacen por el procedimiento de citar a las publicaciones digitales de donde las toman; pero en otros casos esas supuestas noticias se ‘blanquean’ al formar parte de las preguntas de una entrevista (“¿qué hay de cierto en eso de que…?”), al introducirse en una viñeta que juega con ese infundio o al colarse como alusión en una columna firmada por algún colaborador.
Estoy seguro de que muchos de estos colaboradores no recuerdan ya, a la hora de referirse a tal rumor, dónde leyeron esa información no comprobada, ni siquiera sabrán si se trataba de algo veraz o no: simplemente les viene a cuento para asentar una teoría o para construir una frase ingeniosa.
Y, queriendo o sin querer, ‘blanquean’ una información no comprobada que pertenecía a otro ámbito de la comunicación. Vemos, pues, que esas informaciones de escasa calidad empiezan a interactuar en los medios que se supone más cualificados. Al final, sucede que unos cuantos comentaristas de prensa, radio y televisión terminan hablando sobre una noticia que sus propios medios no han publicado.
Quizá debemos preguntarnos si corremos peligro de destrozar algunos valores tan afanosamente conquistados a lo largo de la historia de la prensa. Uno de ellos fue siempre la lucha contra el anonimato. Los escritos y denuncias anónimas carecen por sí mismos de valor, si no se les añade una comprobación por un profesional del periodismo. Ni siquiera el espacio de ‘cartas al director’ está exento de que el comunicante se identifique debidamente.
Sin embargo, en una parte de estos medios digitales a los que me refiero se publican informaciones que ningún autor avala y se distribuyen denuncias y críticas que pueden dejar inmune al difamador. Mientras que en las páginas de papel se hacen las pertinentes comprobaciones antes de admitir el texto de un lector, otros permiten sin embargo todo tipo de acusaciones en algunos soportes digitales. ¿Es la ética distinta según el canal por el que se transmiten las informaciones y las opiniones?
¿Acaso no son medios de comunicación de masas los que están en Internet? Otro valor intrínseco al periodismo tradicional es la consulta de los números anteriores. La mera existencia de las hemerotecas obliga a los diarios a ser coherentes, y cualquier revisión cuidadosa descubre a los carentes de criterio.
Pero estos nuevos medios electrónicos son etéreos, y en ellos cabe decir una cosa hoy y la opuesta días después, sin que ello pueda documentarse fácilmente y sin que medie ninguna explicación entre las publicaciones de una noticia y su contraria.
La documentación es muy escasa también, y se aprecia con claridad cómo se acude a la memoria distorsionada: se alude a algo que dijo alguien sin que podamos saber el lugar exacto ni la frase exacta. Voy a reproducir una ‘noticia’ extraída de uno de los confidenciales digitales que suelo consultar, y que precisamente me parece el más serio de todos ellos. No entraré en los hechos que condujeron a esta redacción del texto, pues como lector no los podría conocer.
Simplemente analizo la información tal como la recibió el público: Titular: ¿Votó en blanco Alberto Ruiz Gallardón en las elecciones europeas del 13 de junio? Texto: Al parecer, Alberto Ruiz Gallardón podría haber votado en blanco en las elecciones europeas del pasado 13 de marzo.
Lo que contamos no es una mera especulación. Personas muy próximas al propio Alcalde de Madrid, de su entorno íntimo, van contando por ahí que, en efecto, Ruiz Gallardón optó por la papeleta en blanco. Lo que esas personas relatan es que el Alcalde aconsejó a algunos de sus familiares que, por supuesto, fueran a votar, pero que lo hicieran en blanco, un gesto que –si se confirmara- supondría una evidente deslealtad con Jaime Mayor Oreja, pero también hacia su propio partido y, por supuesto, hacia el máximo dirigente del PP, Mariano Rajoy, que en estos comicios se jugaba nada menos que el liderazgo y su futuro como candidato a la Presidencia del Gobierno.
En fuentes cercanas a Alberto Ruiz Gallardón se apunta que el Alcalde tendría que cuidar un poco más algunos comportamientos de su entorno familiar. Por ejemplo, y aunque se trate de expresiones informales y en tono de broma, alguna vez se ha escuchado a su hijo mayor, Alberto, comentarios del tipo de: “Aquí está el hijo del futuro Presidente del Gobierno de España”. Vemos aquí algunas expresiones que los libros de estilo de los periódicos serios suelen prohibir: “al parecer”, “van diciendo por ahí”, “podría”… Y a la vez que se nos aclara que “no es una mera especulación” se añade “si se confirmara”.
Y, finalmente, como ejemplo de algo que decía anteriormente, el desconocido autor de la noticia escribe que “se ha escuchado” una determinada frase al hijo de Ruiz Gallardón pero no se precisa ni dónde ni cuándo ni ante quién. Si alguien sabe fielmente el contenido de la frase debe conocer también estos otros detalles. Y si no conoce estos detalles, no podrá creérsele como fuente fiable. Por otro lado, resulta realmente increíble que alguien pueda conocer con certeza el voto de cualquier ciudadano.
El jurista Pedro Farré López ha señalado en un trabajo sobre el derecho de la información1: “La información, el espectáculo y el entretenimiento han confluido. Esta tendencia ha supuesto, inevitablemente, una rebaja en el grado de verificación exigido a las informaciones antes de ser difundidas con el fin de que no se adelante la competencia y, especialmente, Internet, un medio que ofrece a cualquier persona la oportunidad de convertirse en ‘francoperiodista’, ya que permite volcar libre e indiscriminadamente la primera ‘información’ que se tenga a mano.
Esto supone, como es lógico, un riesgo añadido para los derechos de la personalidad”. No hay que olvidar que el caso Lewinsky se conoció por una publicación digital cuando todavía la prestigiosa revista Newsweek estaba verificando si la noticia era cierta o no. Eso desató en Estados Unidos un furor por la información rápida y poco verificada. Y eso ha llegado hasta nosotros, con esta influencia de Internet que empieza a hacerse patente en los medios escritos.
Hay quien cree que, con esta situación, los periódicos impresos terminarán siendo el referente ético de la sociedad de la información, por abandono de los restantes medios de masas. Pero esa posición todavía deberán ganársela, en el caso de que los demás claudiquen.
Lo que me pregunto, a la vista de estos hechos y otros similares que resultaría excesivo relatar aquí, a la vista de que el rigor en los medios digitales --con las salvedades que corresponda-- parece claramente diferente de los impresos, es si los periodistas podemos dividir nuestra ética, si es posible acomodar los principios éticos al medio por el que nos expresamos: si la veracidad y el rigor de la información exigibles en cuanto que comunicadores responsables se pueden relajar en caso de que el canal de nuestra información nos ofrezca –a nosotros y a nuestros lectores o colaboradores-- el anonimato y la ausencia de registro documental verificable con facilidad. Y me haré también una pregunta que me trasladó recientemente un periodista y amigo que es responsable editorial de un medio de información por Internet: ¿por qué el éxito creciente de estas informaciones llamadas ‘confidenciales’?
¿En qué están fallando las redacciones dotadas de centenares de periodistas, que no han sabido cubrir un hueco informativo al que acuden muchos lectores? En efecto: sean veraces o no, los temas que tratan esas noticias han conseguido atraer a un público muy cualificado. Y la prensa tradicional no ha dado todavía una respuesta de calidad ante ello. Si atendemos al principio de que sólo se destruye lo que se sustituye, aún les queda un trabajo por hacer.
Los retoque fotográficos.–Dentro de esos deslizamientos éticos que empiezan a rodearnos y que comienzan a formar parte de nuestras costumbres, quiero referirme también a otra suerte de manipulación, servida igualmente por las nuevas tecnologías. Se trata de los retoques de ordenador en las fotografías periodísticas.
El deslizamiento ético comenzó ya en los periódicos cuando, por simples razones de diseño, se giraba la imagen del perfil de un personaje con el propósito de que ‘mirase’ hacia el texto al que acompañaba y no hacia el artículo de al lado. Algunos libros de estilo prohibieron esta práctica, que citaban expresamente, al advertir que eso podría abrir una puerta por la que se degenerase en alteraciones más importantes. Pues bien, esas alteraciones de mayor cuantía ya están aquí.
Es un secreto a voces que en las revistas muchas fotos de actrices, mujeres cantantes o presentadoras (en menor medida las de los hombres) se han retocado por ordenador, o que se han suprimido arrugas indeseadas y grosores tenidos por antiestéticos o poco comerciales… incluso se ha alterado el color de un traje que no combinaba con las letras de la cabecera de la revista. No sólo eso: también se han juntado en una misma imagen, que se presenta como correspondiente a un instante determinado, distintos fotogramas obtenidos en tiempos diferentes.
Una publicación puede hacer ver que dos personajes han estado juntos, cuando jamás han coincidido. Los periódicos deportivos suelen acudir a esta práctica también, dando por hecho que el lector sabe --cuando lo sabe--, que se trata de un montaje.
Así, por ejemplo, el nuevo fichaje de cualquier club ya aparece en la portada con su nueva camiseta a pesar de que jamás se la haya puesto. Pero habrá que decir aquí que la imagen llega al ojo antes que los títulos y los pies, y que su papel de atracción hacia el lector se cumple, pues, mediante el engaño.
Como también lo sería un titular al que desmienta luego el texto. Los diarios de información general han caído igualmente, a veces, en ese deslizamiento ético de alterar la realidad de una imagen, generalmente en el suplemento del domingo. Se abre así una interrogante previsible: ¿acabará el lector desconfiando algún día del valor notarial de las fotos periodísticas y eso contaminará a todo el sistema, incluidas las agencias y las secciones de Nacional o Internacional?
Lo que debemos preguntarnos es si éticamente se puede alterar una realidad captada por la cámara. Evidentemente, el fotógrafo selecciona esa realidad y desde tal momento hace un trabajo subjetivo porque elige sólo una parte de lo que existe a su alrededor. Y, asimismo, el fotógrafo de estudio crea un ambiente y una escena, se acompaña de una producción y un estilista o un maquillador… pero todo lo que retrata es real, ha existido en un momento determinado. Y ahí reside el valor de la fotografía.
¿Podemos presentarle al lector esa misma selección de la realidad con una modificación adicional? Hemos de tener en cuenta que tal retoque de ordenador ni siquiera tendría la característica de visión subjetiva de lo real, condición que forma parte del periodismo (incluso del más ecuánime), sino de simple manipulación y alteración de los datos obtenidos por el fotógrafo.
Quizás algún día determinadas revistas que huyen de esas prácticas se terminen viendo en la obligación de precisar en algún lugar de su portada: “Aquí no se retocan las fotos”. Lo mismo empieza a suceder con los vídeos. Internet también nos ha dado muchos ejemplos, con la difusión de imágenes que, aun siendo ciertas, nos empiezan a parecer increíbles porque conocemos las capacidades técnicas de la digitalización.
La cita de la fuente ajena.–Otro deslizamiento ético habitual en nuestros días, pero que viene de más lejos, consiste en piratear la propiedad intelectual de las agencias de noticias y de fotos.
Todas las redacciones se han acostumbrado a ello, y deseo insistir en preguntarme si la ética es divisible: lo que temo es que quien no encuentra problema en robar la autoría de otro compañero o de otra empresa esté más cerca así del peldaño que conduce a falseamientos más graves. No hay que olvidar el llamado ‘informe Siegal’ 2, el elaborado por Allan Siegal, subdirector del New York Times, al frente de un grupo de 22 personas, tras descubrirse los reportajes falsos publicados por el periodista Jayson Blair, hace ahora un año.
Este informe señalaba que Jayson Blair no estaba solo: que el modelo de dirección del periódico presentaba también importantes deficiencias. La rutina, la burocracia y las prácticas perversas convivían impunemente con la calidad que ha sido la permanente bandera del periódico.
Estos deslizamientos de los que estoy hablando aquí me parecen, por tanto, un caldo de cultivo peligroso, una falta de higiene que facilita la enfermedad. Tuve la oportunidad de pasar seis años de mi vida profesional –mis seis primeros años en Madrid– en una agencia de noticias, Europa Press.
Allí vi atónito cómo informaciones que había elaborado en mi mesa y con mi teléfono, y que había escrito con mi Olivetti de la época, aparecían firmadas en los diarios por otros periodistas que apenas habían alterado cuatro frases para engañarse en su sustracción. Aún recuerdo sus nombres.
Esto no ha desaparecido, y en alguna ocasión he afeado el comportamiento a compañeros que tenía bajo mi mando por perpetrar hechos similares. A menudo se trataba, es cierto, de colaboradores que cobraban por pieza firmada, y no les movía tanto la vanidad o la suplantación como la necesidad de llegar a fin de mes. Ahora, y merced al trabajo de los distintos departamentos de la agencia Efe, vuelvo a tener conciencia de esto en toda su crudeza.
Desaparecen firmas de fotógrafos, se retira la cita de la agencia en un texto, se sustituye el nombre de ‘Efe’ –o el de Europa Press, Colpisa, Servimedia y otras-- por el de ‘Redacción’, o ‘Sección local’ o ‘Agencias’, o cualquier denominación que aparte al periódico del amargo cáliz de admitir que ha obtenido la noticia de una empresa que se dedica legalmente a distribuirlas y que le cobra por ello. Los gerentes de los diarios ven de vez en cuando que las agencias a las que pagan sus servicios sirven para rellenar algunas columnas, pero raramente les da cuenta alguien de todas las que han llenado o enriquecido sin que nadie lo sepa.
Tal vez recuerden ustedes un error cometido por la agencia Efe –y rectificado poco después-- el pasado mes de junio, al ofrecer una mala traducción de unas palabras de Donald Rumsfeld que a su vez motivaron una enfadada reacción de la vicepresidenta del Gobierno. Fue curioso observar que, si bien sólo uno de los grandes periódicos de difusión nacional había citado a Efe al publicar la noticia que resultó equivocada, ninguno se olvidó de hacerlo al informar del error.
Y lo mismo sucedió con la vicepresidenta. Recientemente, una periodista de radio con cargo de responsabilidad me decía con toda la naturalidad del mundo que ella no se sentía en la obligación de citar a las agencias porque ya pagaba por ese servicio. Lo cual se parecería a que un periódico se negara a firmar a sus colaboradores y periodistas porque también les abona un salario. Y así sucesivamente con escritores, traductores y cualquiera otra actividad remunerada que, por el hecho de serlo, carecería de autoría y reconocimiento intelectual.
Esta modalidad de robo tiene una variedad menor, que consiste en citar a la agencia en el cuarto o quinto párrafo cuando la noticia completa es de ella. Así, parece que en cualquier suceso Efe, o Europa Press, o Colpisa, o Servimedia, se hubieran ocupado solamente de verificar qué unidad de la Guardia Civil se encargó de las practicar las diligencias tras el accidente. Lo mismo sucede con las citas a otros medios.
Cuando un periódico, una emisora o una cadena de televisión ofrecen una primicia, todos nos enteramos gracias a ella. Aunque después comprobemos por nuestros medios que eso es verdad, debemos otorgarles la atribución de fuentes que les corresponde, pues de otro modo no habríamos puesto en marcha nuestros mecanismos particulares para corroborar esa información. Estos deslizamientos éticos con los que convivimos sin sonrojarnos se extienden a la documentación.
El hábito de cortar y pegar se ha convertido en una gangrena que nos aleja de la verificación y que nos habitúa a dar por bueno cualquier dato por el hecho de que haya sido publicado, con un espíritu acrítico lamentable. Así, es posible que un redactor procure ser cuidadoso citando las fuentes ajenas de sus noticias y que sin embargo refrite un párrafo documental sin ninguna vergüenza. La existencia de Internet acrecienta el margen de error, pues biografías y datos antiguos o falsos adquieren una repentina actualización –un nuevo blanqueo—y conducen a la reiteración de un error hasta el infinito.
Dentro de esos falseamientos de data podemos incluir también un deslizamiento reciente: firmar en un lugar donde el periodista no se encuentra, para dar más sensación de cercanía con el acontecimiento. O escribir crónicas deportivas sin data, en una maniobra de prestidigitación en la que no se miente pero tampoco se dice la verdad. Algunos periódicos, acuciados por la hora de cierre, obligan a sus redactores a escribir la crónica de un partido tras verlo por televisión. Y añaden el reportaje de vestuarios tras piratear a una emisora las declaraciones de los jugadores.
Todo ello, sin cita alguna de la procedencia. Las rectificaciones.–Las desviaciones éticas que ahora parecen livianas (y que muestran indicios de que algún día dejarán de serlo) tienen un elemento clave en la rectificación y la contradicción de los datos que el periodista cree saber.
La principal causa de que una noticia se gane una rectificación por parte de un perjudicado nace de que previamente no se le haya telefoneado para conocer su versión acerca de los hechos que se le imputan o atribuyen. La más elemental norma del periodismo que consiste en consultar a la otra parte implicada en una polémica o en una simple noticia se olvida un día sí y otro también.
Pero hay otra forma igualmente inadecuada de presentar una noticia conflictiva: es aquélla que consiste en dar una información sobre cualquier hecho y añadir que tal persona o tal institución lo niegan. Esa técnica, a mi entender, sólo se puede respaldar si la noticia es veraz y está contrastada por una fuente o documento de carácter independiente.
Digamos que en ese caso concedemos al implicado el derecho de mentir en defensa propia. Pero semejante técnica no exculpa a quien, utilizándola, se escude luego, una vez comprobada la falsedad, en que la información ya incluía el propio desmentido. Porque, por decirlo claramente, una información y su mentís en pie de igualdad no son equivalentes a cero. Igual a cero es no dar esa noticia, sobre todo si tras consultar a la otra parte y encontrar su desmentido no disponemos de elementos adicionales que avalen la primera versión.
Pues bien, las rectificaciones deben abarcar lo pequeño y también lo grande. No vale rectificar en una fe de errores los pequeños gazapos si después se mira hacia otro lado con los errores cometidos en primera página y a cuatro columnas. Y aquí sucede a menudo lo contrario –el negativo fotográfico– de lo que comentaba al principio de esta exposición: cuando se produce una información principal errónea y alguien la desmiente y demuestra su falsedad, es posible que el medio informativo afectado se defienda con el argumento de que sí es cierto algún aspecto parcial de la noticia.
Como si el acierto parcial diera crédito a la noticia que resultó equivocada. Uno de los problemas que conducen a la rectificación –o al menos al error—nace de que cada vez más informaciones se elaboran con una sola fuente. Hace poco hemos sabido que la BBC ha comenzado a exigir a sus periodistas que revelen su fuente al director en casos delicados y cuando se trate de una sola. Es una de las medidas adoptadas tras el conocido caso Kelly.
Allí, como en otros lugares, los deslizamientos y la permisividad ante pequeñas faltas éticas derivó finalmente en un escándalo internacional. El periodista debe recordar aquel viejo principio: ¿qué me parecería si esta noticia se refiriera a mí? La telebasura y el cotilleo.–No podía dejar de referirme, en este recorrido por los deslizamientos éticos en la profesión periodística a los que nos estamos acostumbrando, a la llamada telebasura y a los programas de cotilleo.
Quizá debemos preguntarnos de nuevo si la ética puede ser divisible según se trate del rigor de un informativo diario televisado o de un programa de la denominada crónica rosa. En los temas políticos, económicos, culturales, etcétera, los periodistas buscan lo verdadero, mientras que en la crónica rosa sólo se busca lo verosímil.
El debate se convierte aquí en discusión, la noticia deja paso al rumor, el interés público se confunde ya con el interés del público (o su curiosidad), y la libertad de información sucumbe ante la libertad de expresión. No voy a reclamar aquí la desaparición de la telebasura. Soy periodista, y como tal puedo entender la existencia de diarios sensacionalistas y de programas dedicados a la crónica rosa. Pero precisamente quiero plantearme si para garantizar su existencia no sería más conveniente que ellos mismos controlaran los efectos devastadores que producen. Si estos programas se reclaman periodísticos, deben hacer periodismo.
Obviaré cuestiones como la educación de los niños o la influencia nociva que pueden tener en que los ciudadanos tomen como modelo de sus diálogos la discusión en vez del debate. Me referiré sólo a cuestiones de técnica periodística. Hace algún tiempo, presencié perplejo uno de estos programas.
Y reconozco que no fue el último. En el se debatía si la modelo Sofía Mazagatos había posado para la revista Interviú voluntariamente o lo había hecho como consecuencia de las presiones recibidas a cambio de no publicar unas fotos suyas, supuestamente indecorosas, obtenidas durante unos días de vacaciones en Ibiza.
La modelo se afanaba en explicar que había posado voluntariamente, mientras que una cuadrilla de esforzados atletas de la palabra sostenía lo contrario. Sofía Mazagatos argüía que la sesión fotográfica fue anterior a esas vacaciones y que por lo tanto no había lugar a la discusión, a pesar de lo cual sus oponentes continuaban discutiendo.
El mencionado reportaje publicado en Interviú constaba de más de una docena de fotos en las que se veía a la modelo semidesnuda en compañía de diversos cachorros de distintas razas de perro, a cuya estética y colores acomodaba la escasa ropa que vestía y el decorado que la amparaba.
En las firmas del reportaje se podía leer, además del nombre de la fotógrafa, la relación pormenorizada de todos los criadores de perros que habían alquilado a sus animales, además de los sucesivos maquilladores, estilistas y decoradores que participaron en las sesiones fotográficas. No quiero cuestionar aquí la existencia de ese programa, ni el debate en sí, insisto.
Sino sólo expresar mi sorpresa ante el hecho de que ninguno de los periodistas presentes se hubiera tomado la molestia de telefonear a alguna de las personas que participaron en las fotos, o tal vez a alguno de los más de 10 criadores de perros, para preguntar cuándo se tomaron las imágenes.
Si coincidían con la versión de Sofía Mazagatos, el caso estaba visto para sentencia. Y es aquí donde deseo acudir a la doctrina del Tribunal Constitucional que cada vez se orilla más en este tipo de programas. Porque tal vez la ética sea divisible, y podamos convenir que una empresa o un director pueden aplicar diferentes criterios a tenor del envoltorio de cada información o a tenor de su contenido, pero lo que no resulta divisible es la jurisprudencia.
Y el Constitucional ha dicho con toda claridad que la libertad de información recogida en nuestra ley de leyes sólo ampara la información veraz. ¿Y qué es “información veraz”? El tribunal también nos ha respondido: la que está diligentemente contrastada. Hoy en día las demandas contra programas de televisión han proliferado, cuando hace apenas unos años parecían impensables.
El profesor Farré López señala1: “Lo difundido son simples rumores, invenciones o insinuaciones. Con estas prácticas se pretende satisfacer la curiosidad ajena, por un lado, y elevar los índices de audiencia o de lectores, por otro. Por ello, no es extraño que la lucha por la audiencia haya provocado un aumento de los supuestos de intromisión en la personalidad de los individuos que pone de relieve un manifiesto déficit deontológico por parte de algunos sectores periodísticos”.
“Los derechos fundamentales no son absolutos, sino que están sometidos a los límites que derivan del respeto a otros derechos constitucionalmente protegidos”, recuerda Farré. Y para seguir avanzando en este recorrido debo hacer un alto y diferenciar con claridad entre ‘libertad de expresión’ y ‘libertad de información’, derechos que a menudo se confunden.
La libertad de expresión consiste en el derecho a formular juicios y opiniones, sin pretensión de sentar hechos o afirmar datos objetivos, y con el único requisito de la ausencia de expresiones indebidamente injuriosas o vejatorias sin relación con las ideas u opiniones que se expongan y que resulten innecesarias para tal exposición. (Como explicó el magistrado Álvaro Rodríguez Bereijo3, la Constitución no ampara el derecho al insulto). En cambio, la libertad de información tiene una protección constitucional que se extiende únicamente a la publicación o difusión de hechos veraces.
El Tribunal Constitucional ha establecido también que, en los casos en que ambas se mezclan, ha de atenderse al elemento predominante en ese mensaje, y habrá de comprobarse, en el contexto del reportaje periodístico, que la narración de hechos es veraz y que los juicios personales no contienen expresiones vejatorias. La prevalencia de la libertad de información frente a los derechos de la personalidad se debe condicionar –mediante una ponderación de las circunstancias concurrentes en el caso concreto-- a que aquélla verdaderamente ejerza de garantía de la opinión pública.
El propio Tribunal ha establecido dos requisitos para considerar legítimo el ejercicio de la libertad de información, aun cuando suponga una intromisión en otros derechos fundamentales: por un lado, se exige que la información difundida sea veraz; y, por otro, que dicha información “se refiera a hechos de aquí deberíamos entender la expresión ‘pública’ como la que forma parte de la ‘res pública’; es decir, lo que es de interés para el conjunto de los ciudadanos.
Lo que es de interés para la sociedad y su correcto gobierno, no lo que es de su curiosidad. Pero volvamos a la idea de ‘veracidad’ que avala el derecho a la información. El TC ha “desobjetivado” (según escribió Rodríguez Bereijo3) el límite de veracidad, al entenderlo no como la correspondencia entre los hechos difundidos y los efectivamente acaecidos, sino en un sentido subjetivo, es decir, “una actitud de respeto hacia la verdad por parte del informador, quien debe investigar, averiguar o contrastar los hechos con la diligencia exigible”. Y, por tanto, se considera legítima, y por tanto protegible constitucionalmente, “la transmisión de una información falsa, pero diligentemente contrastada”.
Es decir, la Constitución reconoce el derecho al error cuando se han cumplido las normas profesionales de verificación y contraste de una noticia. Recuerdo un caso así: el de Álvaro Baigorri, un conocido industrial madrileño que fingió su propio secuestro en enero de 1996. Un periodista de El País conocedor en primicia de que existía una denuncia de la familia por la desaparición de Baigorri hizo las comprobaciones oportunas en distintas fuentes policiales y tenía lista ya la información sobre este aparente secuestro, con este titular: “La policía busca a Baigorri, que ha desaparecido”.
Pero el redactor hace una última comprobación y telefonea a la familia. ¿Y quién se pone al teléfono?: ¡Álvaro Baigorri! Primero descuelga su esposa, quien dice que el marido simplemente estaba de viaje y que ya ha vuelto. Y añade: “le pongo con mi marido”. El periodista redacta entonces una información sobre el malentendido que se había dado.
Al día siguiente, se comprueba que Álvaro Baigorri no ha regresado, que sigue en paradero desconocido, y el periodista corrobora consternado que quien se puso al teléfono no era el industrial madrileño, sino su hermano. Le habían engañado, la noticia que publicó no era correcta; pero él actuó con toda diligencia y ningún tribunal podría condenarle.
Por cierto, Baigorri apareció días después del falso secuestro, arrepentido por su travesura y la farsa que había montado. Paradójicamente, la información habría sido verdadera si no se hubiera hecho una última comprobación. Insisto, pues, en que el Tribunal Constitucional ampara el derecho a difundir informaciones veraces, entendiendo como tales las que se han elaborado con diligencia.
Pues bien, en los programas a los que me refiero se suele prescindir no sólo de la veracidad sino también de la diligencia. Y hay que recordar los criterios que maneja el Tribunal Constitucional para matizar la importancia de la diligencia necesaria al elaborar una información, que no es la misma en todas las noticias.
Así, puede que la ética nos parezca divisible, insisto, y que el criterio general de los tribunales no lo sea; pero finalmente hay que considerar incluso (al contrario de lo que pueda parecer) que los programas frívolos están más obligados que los informativos políticos a verificar lo que cuentan.
¿Por qué? Porque se exige la diligencia máxima “cuando la noticia pueda suponer un descrédito en la consideración de la persona referida”, y no sólo cuando se incide en el derecho a la presunción de inocencia. Y también porque debe evaluarse la condición pública o privada de la persona cuyo honor queda afectado: el derecho al honor se debilita proporcionalmente en cuanto sus titulares son personas públicas, ejercen funciones públicas o resultan implicadas en asuntos de relevancia pública.
Y hay que decir aquí que la mayoría de las personas afectadas por esas informaciones frívolas son personas privadas, sin función o cargo público. Y en muchos casos sin actividad alguna ante el público.
Porque el tribunal nos dice que ha de ponderarse “la trascendencia de la información”; y generalmente nos estamos encontrando ahí con noticias intrascendentes para la comunidad ciudadana. La veracidad, pues, funciona como causa legitimadora de las intromisiones en el honor, pero en los casos en que el derecho afectado sea la intimidad debe sumarse a la veracidad la “relevancia pública” o el “interés general o colectivo”.
Rodríguez Bereijo escribió en 1997, cuando era presidente del Tribunal Constitucional: “Una condición fundamental para reconocer el valor preponderante de las libertades públicas del artículo 20 de la Constitución consiste en que ‘las libertades se ejerciten en conexión con asuntos que son de interés general por las materias a que se refieren y por las personas que en ellos intervienen; y contribuyan, en consecuencia, a la formación de la opinión pública”3.
Y hemos de insistir aquí en que una cosa es el interés y otra la curiosidad. Sin embargo, las personas asediadas por estos programas periodísticos (no hay que olvidar que son periodísticos y por tanto conciernen a la ética de los periodistas) tienen difícil la defensa de sus intereses. Y un periodista honrado debe ser consciente de ello y adoptar una actitud consecuente. Porque los criterios aplicados por los tribunales han beneficiado extraordinariamente a los medios de comunicación, y han ido en detrimento de los particulares que son víctimas de informaciones falsas, inexactas o engañosas.
Señala Farré López, profesor de la Universidad de Córdoba: “Amparados en esta jurisprudencia que algunos autores no han dudado en considerar ‘hiperprotectora’, los medios de comunicación han podido desarrollar una labor muy importante de control y crítica de los poderes públicos. En ocasiones, sin embargo, el ejercicio de la libertad de información por parte de la prensa no es el más responsable, correcto y razonable.
Así, resulta más frecuente de lo que sería deseable que desde algunos medios se difundan noticias poco contrastadas, inexactas o engañosas; que los datos, de uno u otro modo, se tergiversen o se manipulen, y que se realicen insinuaciones o se confunda la información con el simple rumor”1.
Hay que decir aquí, frente a lo que sostenía un famoso periodista radiofónico, que el rumor no es “la antesala de la noticia”. El rumor es lo contrario de la noticia. Pero vayamos a esa indefensión de los ciudadanos ante los programas de telebasura. Para empezar, la excesiva duración y lentitud de los pleitos hace que los procedimientos para la protección del derecho al honor sean ineficaces. Los periodistas hemos de ser conscientes de que jamás podremos reparar el daño infligido a las personas afectadas por nuestras informaciones y opiniones.
Porque, en efecto, como señala Farré López, las sentencias no reparan, sino que sólo compensan. Reparar es eliminar el perjuicio y sus consecuencias. Los bienes materiales son reparables, pero no los morales. Ni siquiera la publicación de una sentencia acaba con el rumor, que se reproduce sin cesar, alentado ahora por las facilidades de Internet.
Todavía hoy es posible encontrar en la Red alusiones al supuesto romance entre Isabel Preysler y Jorge Valdano, una información que terminó en sentencia condenatoria contra la revista que lo publicó. (Por cierto, aprovecho para recordar aquí que el juzgado de Madrid que dictó aquella sentencia estableció por un lado que la información era inveraz y por otro que, frente a lo que defendía aquella revista, la condición pública de los personajes “no podría legitimar la publicación de hechos que afectan a su intimidad, aun cuando fueran ciertos”.
Y añadía que el interés general no debe confundirse con los rumores y la satisfacción de la curiosidad ajena). Hace unas semanas escuché en un programa de cotilleo cómo se hablaba de las hermanas de la princesa de Asturias y del asedio al que estaban sometidas. Pero, claro, los intervinientes disculpaban esta actitud de los periodistas: “Tendrán que acostumbrarse porque no todas las familias tienen una princesa”.
Es decir, el asedio periodístico parece ser un precio que estuviera en el contrato de ser famoso, siquiera esta fama le llegue a alguien sin haberla elegido. Reivindico de nuevo la palabra ‘público’ como relativa a los asuntos que afectan a la colectividad, a su buen gobierno. Un cirujano o un piloto de avión con problemas de alcoholismo dejan de ser personas privadas a los efectos de esa información, en el caso de que sus superiores no hayan adoptado medidas contra ellos previamente y el periódico lo denuncie. Pero un cirujano, o un piloto, o un cantante, o un actor no son personajes del ámbito público mientras sus actividades no tienen repercusión en el gobierno de los intereses públicos.
Las leyes sobre el derecho de información y de opinión se hicieron para defender a los medios frente al Estado. Pero, así como los medios deben ser protegidos frente al poder en beneficio de los ciudadanos, hemos de pensar ahora si no será conveniente defender a los ciudadanos frente al poder de los medios.
Sigo preguntándome aquí por esa ética divisible. Porque no sólo se aplican distintas técnicas periodísticas según el tema o el mundillo del que se trate (más diligentes en la información económica, por ejemplo; y menos en la información rosa), sino que dentro de ese propio mundillo se establecen diferencias. Así, los personajes ‘públicos’ en opinión de los responsables de esos programas son sólo algunos de los cantantes, futbolistas, actores y personajes conocidos.
Porque en su punto de mira no suelen figurar directores de orquesta, tenores y sopranos, directores de cine, diplomáticos, embajadores, banqueros, grandes empresarios o periodistas, por ejemplo. Ni siquiera muchos cantantes, actores, futbolistas… a los que respetan por alguna razón misteriosa.
La ética aquí no sólo es divisible, sino subdivisible. Todavía podemos hallar una subdivisión más: algunos de esos personajes asediados cuentan con un grado mayor de presión: el antipersonaje. Ciertos aprovechados le han sacado partido a una nueva técnica: ser el anti de alguien.
Así, cada vez que el personaje en cuestión adquiere importancia artística o periodística, su antipersonaje particular es llamado a opinar en torno al asunto y, por supuesto, a criticarle. Algunos de estos antialguien han adquirido de repente una presencia poco antes inexistente por sus propios méritos. También en estos capítulos, como ocurría en los apartados anteriores, se están produciendo contaminaciones en los medios considerados serios.
Los cotilleos han empezado a ocupar un espacio en sus páginas, o han agrandado el que ya tenían. Incluso se han colado en las crónicas de las secciones de nacional o de política. De repente, la ropa de los protagonistas ha adquirido un interés de primera magnitud, cosa que antes no sucedía. Una información del reciente viaje de los príncipes de Asturias a México publicada en un diario impreso empezaba así: “Él, con chaqueta y sin corbata.
Ella, con atuendo veraniego de top estampado y pantalón de lino”. Hace años, nunca habría empezado así un texto sobre un viaje de los Reyes o del Príncipe. Y sin embargo nos hemos acostumbrado ya a que esto suceda. Diferente ética. Muchos otros casos más nos obligan a plantearnos si la ética es divisible.
Los medios de comunicación de Estados Unidos convinieron aquel horroroso 11 de septiembre en que no mostrarían cadáveres. El respeto a las víctimas, se decía. Pero poco después no faltaron los restos humanos en el accidente de un avión, ni en otros sucesos ocurridos fuera de aquel país.
Los medios norteamericanos deciden no difundir los mensajes de Bin Laden porque pueden tener elementos cifrados y consignas extrañas, pero nunca hubo problemas con los del terrorista colombiano Tirofijo o de algunos de sus homólogos. Todo lo que aquí hemos expuesto no es lo más grave.
Hay manipulaciones y comportamientos antiéticos mucho peores, que suelen provocar denuncias y polémicas. Lo que agrava todo lo que acabo de contar es que no nos salte a la vista y nos hayamos acostumbrado a convivir con ello. José Saramago reflexiona sobre esto en su novela Ensayo sobre la lucidez4.
Uno de los hechos cruciales del relato nace de una frase de periódico. No voy a reproducirla entera, para no destripar la obra a quienes aún la tengan en lista de espera. Pero esa frase, escrita con los nuevos modos periodísticos a los que nos estamos habituando, comienza así: “Al parecer, aunque este dato no haya sido totalmente confirmado”…
Está en la página 379. Leo al gran periodista Ryszard Kapuscinki. “Hablando en términos cínicos hay que recalcar que la censura, aunque en muchos sentidos era extraordinariamente negativa, para muchos periodistas y redactores resultaba algo muy cómodo porque les evitaba asumir la responsabilidad por lo que escribían o dejaban de escribir.
Por los artículos o programas de radio aprobados por la censura respondía el censor y no el autor. Hoy abundan los periodistas que no entienden que la falta de censura no equivale a una libertad sin límites en lo que se escribe o dice, ni en cómo se escribe o dice. No entienden que nadie les ha eximido de la responsabilidad por las palabras”5. Busquemos la información, la noticia como materia prima, la documentación como fuente de rigor.
Pensemos en el daño injusto que puede causar nuestro trabajo. Preguntémonos por nuestros comportamientos éticos. Seamos autocríticos. No destrocemos a quien nos advierte de lo que considera un error. Abramos debates sobre nuestro propio oficio. No seamos prepotentes. Sólo así podremos enaltecer y limpiar la palabra ‘periodista’ y olvidar que todos nos hemos creído el rumor de que Antonio David había pedido el ingreso en la asociación de la prensa.

Álex Grijelmo