¿A quién beneficia el crimen?

"Si el mundo se conmueve con razón cuando ocurren accidentes, catástrofes naturales o sociales que matan a cientos de miles de personas, ¿por qué no se conmueve de la misma forma ante este genocidio que tiene lugar cada día delante de nuestros ojos?".

Estas palabras, pronunciadas en Roma durante la Cumbre Mundial de la Alimentación convocada por la FAO, han dado la vuelta al mundo y han sido la clave de la misma.

Nos hemos impresionado con las imágenes del conflicto en la zona de los Grandes Lagos: miles de personas sufriendo las consecuencias de la guerra: hambre, enfermedad, persecución, miedo y muerte. Zaire, Ruanda y Burundi se nos hicieron fatalmente familiares como antes Liberia,Sierra Leona, Somalia, Bosnia, Afganistán, Etiopía, Biafra y un largo etcétera. Cuando dejen de ser noticia, se sumirán en el olvido aunque no se hayan solucionado las causas que las provocan y sostienen.

Actualmente hay treinta cuatro guerras vivas en el mundo aunque los medios de comunicación no hablen de ellas y nos resulten ajenas. Pero esas guerras están alimentadas por los fabricantes de armas que cada año se embolsan 700.000 millones de dólares por este concepto. Las guerras son necesarias para emplear los armamentos y para dar trabajo a las empresas "reconstructoras" de lo que destruyen las guerras: puentes, fábricas, carreteras, casas, centrales eléctricas y toda clase de medios de producción. Sería interesante un estudio sobre los beneficios que algunas empresas están obteniendo con la reconstrucción de la antigua Yugooeslavia y de los demás lugares en conflicto. La guerra es una locomotora que arrastra los vagones de la producción en economía. A algunos les interesa que haya guerras y por eso las promueven, las sostienen y las explotan.

Los grandes países del Norte arman a los regímenes corruptos de muchos pueblos empobrecidos del Sur. La Unión Europea, los Estados Unidos, China y tantos otros son reos de lesa humanidad por estos crímenes cuyas consecuencias padecen siempre los más pobres: los niños, las mujeres, los ancianos civiles. Es preciso recordar que por cada diez uniformes militares casi no se llega a una bata blanca en los pueblos del Sur y que la OMS ha denunciado que el 60 por ciento de los medicamentos que se venden en Africa o son inútiles o son tóxicos: no cuuran ni alivian sino que matan o dejan secuelas terribles, pero producen ganancias a los fabricantes que no pueden legalmente venderlos en los países del Norte.

Ante las apocalípticas predicciones de responsables de Agencias de la ONU y de no pocos periodistas en la últimas catástrofe televisada: la de los Grandes Lagos, bastó una maniobra de una guerrilla compuesta por tutsis del Zaire (banyamulenges) sostenidos por las armas de Ruanda, para que los cientos de miles de hutus que hace dos años habían recorrido el camino inverso regresaran a su tierra en menos de cinco días. Los mismo que tardaron en salir, en 1994, ante la denuncia incesante de las organizaciones humanitarias y de los voluntarios sociales así como de los religiosos que entregaban sus vidas día a día para ayudar a esas víctimas. ¿Por qué no se escuchó su denuncia incesante y terrible? Porque no convenía a los propósitos de grandes intereses. La UE así como las Naciones Unidas y los Estados Unidos hicieron oídos sordos y aún ahora no han sido capaces de ponerse de acuerdo en el envío de una fuerza multinacional aunque sólo fuera para abrir corredores humanitarios. Tanto Ruanda como Burundi, el Zaire como Tanzania y Uganda han sido armados sin cesar por aquellos que debían intervenir por un elemental derecho de ingerencia humanitaria.

La Cumbre de la FAO ha vuelto a poner sobre el tapete la vergüenza sobre la que es preciso meditar, protestar y presentar alternativas: cerca de mil millones de seres pasan hambre severa, de ellos mueren cada día 35.000 personas; cerca de dos mil millones sobreviven en el umbral de la pobreza, más de mil quinientos millones no tienen acceso al agua potable, más de tres millones mueren cada año de paludismo, unos doscientos cincuenta millones de niños trabajan en condiciones inhumanas, un millón de menores entran cada año en el mercado de la prostitución, el monocultivo impuesto por el capitalismo salvaje destroza las economías de los pueblos y sus medios de vida provocando la desertización... mientras las centrales nucleares se encuentran en los países del Norte, los cementerios de residuos nucleares están en los pueblos del Sur so pena de que no les compren sus materias primas.

Y a todo esto, el embargo de alimentos, de medicinas y de materias de primera necesidad provocan la muerte de más de un millón de seres inocentes, sobre todo niños, en Irak y en otros países del mundo.

En este fin de año que nos acerca al umbral de una nueva Era más que de siglo o milenio alguno, es preciso reflexionar sobre estas explotaciones, estos crímenes de lesa humanidad y levantar nuestra voz con propuestas alternativas que existen pero que nunca serán del agrado de los poderosos de este mundo.

José Carlos Gª Fajardo