Acostumbrados a perder

"Estamos tan acostumbrados a perder que, cuando ganamos, nos mosquea". Esta frase, dicha por un interno de la prisión de Segovia el otro día, nos llenó el alma de desolación y de  tristeza. Debería figurar en la antología de la marginación.  ¿Qué reinserción se puede esperar de unos hombres que reaccionan así ante un bien gratuito que se les presenta y que temen que les pueda ser arrebatado? Y todo por un malentendido burocrático que les privó de nuestra compañía durante la mitad del tiempo concedido cada semana.

Lo traigo sólo como anécdota de la actitud radical de estas personas que no se creen con derecho a nada y que nadie las acogió tal y como eran sin pretender "cambiarlas" u obtener  algo a cambio. Por eso, la mayoría, cuando salen a la vida en libertad, se sienten desintegrados y nos parece que rompen todos los programados esquemas que garantizan nuestra seguridad. La de los que nos hemos acoplado, más o menos, en el sistema.

Desconfianza, soledad y un hondo sentimiento de orfandad, esto es lo que ha presidido sus vidas. Por eso son marginados. No sólo en las prisiones, sino en todo el mundo de la pobreza  de la necesidad y del desamparo.  Nuestro reto es salir a su encuentro y acogerlos como son,  quererlos y servirlos para ayudarlos a madurar, desde su realidad, sin prejuicios ni condiciones previas. Pero es muy duro, cuando uno abre los brazos para acogerlos, experimentar ese temblor de desconfianza y de miedo "porque estamos tan acostumbrados a perder que, cuando ganamos, nos mosquea... y sabemos que no va a durar".

Es como si les dijéramos "si te portas bien, si no metes la pata, si haces esto y lo otro... te trataremos como a un ser humano". Qué hipocresía. Por eso, muchos prefieren volver a la "seguridad" de las rejas, de la droga, de la delincuencia o de la misma enfermedad contra la que no se sienten con fuerzas para luchar. Les exigimos una inocencia que nosotros no tenemos pero que disfrazamos camuflándola con fórmulas de costumbres o de compromisos. "Nadie es bueno", afirmó quien podría pretenderlo porque "pasó haciendo el bien".

Con este espíritu, y con el esfuerzo que supone mudar de actitudes para modificar nuestras conductas, seguimos preparándonos para trasladarnos al tercer mundo a servir y ayudar a los m s pobres de entre los pobres. Para aprender de ellos y ser por ellos transformados aportando nuestra personal pobreza. Cada uno la suya.

Durante todo el año, centenares de jóvenes se han venido curtiendo en el servicio a los demás, aquí en España y en otros países, para aprovechar los meses de vacaciones en este gesto simbólico y casi sacramental: signo visible de una realidad invisible.

No sólo han acudido a formarse en seminarios en las diversas Universidades y ofrecen su tiempo, cada semana, en el servicio físico, personal e intransferible, a los más necesitados, sino que traban, en los oficios m s diversos, para ayudar a pagarse su pasaje a los países del Tercer mundo que los reclaman. Esto, además de proseguir normalmente sus estudios y actividades.

Como nuestros amigos lectores saben, algunos/as de estos universitarios/as, al terminar su licenciatura, han dado un año de sus vidas para consolidar en los diversos países la obra que realizaban durante las vacaciones para implicar y responsabilizar a los m s preparados de entre los ciudadanos para que ellos mismos lleven adelante esta tarea de solidaridad que no puede venir en exclusiva del Primer mundo.

Desde hace dos años, jóvenes preparados de esos países se unen a nuestros voluntarios para ir a servir en otros países más pobres y necesitados. Algunos de los responsables pasamos el verano y el resto de las vacaciones viajando a esos países para alentarlos y animarlos, hablando con autoridades y en los medios de comunicación social, pagándonos nuestros desplazamientos gracias a las conferencias y a los cursos que damos en universidades y en instituciones públicas o privadas. No podemos distraer ni una sola peseta del fin primordial que nos mueve.

Esa es nuestra principal seña de identidad: formar voluntarios sociales que ayuden en proyectos de desarrollo serios, llevados adelante por instituciones responsables, que respeten sus características culturales y les faciliten la maduración personal y colectiva. La solidaridad no produce beneficencia ni filantropía sino proyectos sociales. Por eso, nosotros, esta ONG, no financia ni sostiene proyectos que otras instituciones más capaces puedan llevar a cabo. Nosotros aportamos los hombres y las mujeres preparados y con la sensibilidad suficiente para servir y formar a los protagonistas de su propio desarrollo. Esto no impide que nuestros voluntarios vayan cargados de medicamentos para los lugares más necesitados. Es formidable verles pasar las aduanas con sus enormes paquetes y verlos perorar con los funcionarios. Este espíritu está  en los orígenes de nuestra ONG. Por eso, hoy acudimos a la generosidad de nuestros lectores y amigos: ayuden a estos jóvenes que se han preparado tan duramente para este servicio en el tercer mundo. Muchas personas, por su edad o sus condiciones personales, no pueden desplazarse a esos países pero pueden colaborar para que otros lo hagan.

Si es grande hacer el bien a los demás, quizá  lo es todavía más el ayudar a que otros lo hagan.

José Carlos Gª Fajardo