Aprendamos a trabajar juntos

Al doblar el cabo de un año rico en crisis, se hace difícil hacer un balance sereno. Por todas partes se alzan guerras y amenazas mientras la humanidad "retrocede lentamente, pero con absoluta determinación, hacia la barbarie", como señalara Alberto Navarro, ex director de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea.
No han sido suficientes las denuncias de los organismos internacionales y de los académicos y científicos más solventes. La explosión demográfica avanza implacable sin que nadie se atreva a poner los medios enunciados por el Informe del PNUD de 1997: Con 40.000 millones de dólares al año, durante diez años, sería posible erradicar el hambre en el mundo, dar educación básica a todas las personas, proporcionar los cuidados sanitarios fundamentales, proteger el medio ambiente comenzando por el agua y el aire, así como garantizar la salud reproductiva de todas las mujeres.
En la Cumbre sobre Población y Desarrollo de El Cairo, de 1994, quedó demostrado que, en los países en los que las mujeres tienen acceso a la educación y a puestos de trabajo iguales a los de los hombres, se detiene la curva demográfica. Hasta el punto de necesitar millones de inmigrantes para mantener los puestos de trabajo y las cuotas a la seguridad social que garanticen el pago de las pensiones de una población cada vez más envejecida.
Es posible detener la mayor amenaza que pende sobre la humanidad, y que supone el agotamiento de los recursos, la destrucción del medio ambiente y la creciente crispación que, enajenada en fundamentalismos suicidas, expresa la desesperación de quienes ya nada tienen que perder.
Solidarios ha apostado por los derechos humanos transformados en derechos sociales y por el imperio de un mundo de valores que no se pueden exigir en derecho pero que se pueden cultivar, promover y propagar. Me refiero a la amistad, la ternura, la compasión, el buen gusto, la generosidad, la magnanimidad, la integridad, el amor, la amabilidad… que son el lubricante que suaviza los engranajes de la vida humana.
Se hace necesario volver a hablar de ellos con naturalidad, cultivarlos con generosidad e integrarlos en nuestra propia vida.
Por todo el mundo ha hecho explosión la sociedad civil con ansia de paz y de justicia que nos unió en manifestaciones multitudinarias contra la guerra. Las ONG hicieron oír su voz por encima de ideologías y de creencias, de nacionalidades y de actitudes excluyentes.
Ante la agresión de un imperialismo hegemónico que se cree en posesión de la verdad, además de la fuerza inmensa con que amenaza y sojuzga, se alza un rumor que se hace grito, convencidos de que otro mundo es posible, porque es necesario.
Es posible la esperanza. Es posible aprovechar las modernas tecnologías para anudar lazos en un mundo globalizado que se ha hecho más abarcable, y sabernos responsables solidarios unos de otros.
Por eso, surgen amenazas e infundios contra el ideal humanitario, asegurando que está en crisis. Desde las esferas de poder se han dado cuenta de que los voluntarios sociales ya no se contentan con el asistencialismo sino que preguntan por las causas de la pobreza, del hambre, de la miseria, de la marginación y de toda forma de injusticia, en especial la que padecen los más débiles.
Existen problemas graves. Los informes de los organismos internacionales y de las cumbres mundiales promovidas por la ONU alcanzan tintes desesperados. De ahí, que hayamos asumido nuestras responsabilidades para ayudar a que los seres humanos, la madre Tierra y la propia historia abandonen un camino sin retorno.
Es preciso desarrollar un ideal humano que rompa el círculo vicioso de la miseria y ayuda humanitaria, y quiera desplazarse de la simple solidaridad social a la fraternidad humana.
Sostenía Sadako Ogata, la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados, que "los problemas humanitarios no tienen soluciones humanitarias". Sino soluciones estructurales de justicia.
Pero ante la generosidad de los voluntarios sociales que han asumido un compromiso que los dignifica en el servicio a los más débiles, sostienen algunos que "el hecho de que surjan grupos cuyo único compromiso es cuidar de desconocidos, hace que el humanitarismo sea un signo de fracaso, no de éxito".
Parece molestar que se esté produciendo la transición de una cultura en la que imperaba la impunidad de la soberanía, a una cultura en la que se impone la responsabilidad nacional o internacional. Es la nueva cultura de la responsabilidad.
Algunos gobiernos pretenden servirse de las ONG para enmascarar designios de conquista. Además de financiar las operaciones humanitarias, los estados intervienen también como actores de las mismas creando confusión y desconcierto.
Cuando MSF recibió el Premio Nobel de la Paz, Bernard Kouchner afirmó "espero que el premio suponga el reconocimiento a un tipo de trabajo humanitario que combate la injusticia y la persecución".
Jean François Vidal, de Acción contra el Hambre, no tuvo reparos en sostener que "la idea tradicional del movimiento humanitario es que exige el acceso de las ONG a víctimas que luego se convierten en objeto de nuestra compasión. Yo abogo por un acceso de las víctimas a sus derechos, por una estructura que los convierta en sujetos, no en objetos". Por eso debemos secundar a Michael Ignatieff cuando afirma el derecho de todos los seres humanos a sentarse en la mesa donde se desarrollará la discusión esencial acerca de cómo deberíamos tratarnos unos a otros.
El lenguaje de los derechos se ha impuesto. El derecho de las víctimas a recibir ayuda, amparado por la ley humanitaria internacional y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, restauraba su dignidad humana y las convertía en algo más que en receptores pasivos de la caridad de otros.
Cada vez resulta más difícil defender una acción humanitaria que trata a sus beneficiarios como si fueran objetos de su generosidad, cuando nadie puede ser objeto del amor ni de la compasión ni de la generosidad de nadie: porque el otro es siempre sujeto que interpela y nos sale al encuentro, porque el otro es siempre un fin en sí mismo y jamás un medio para alcanzar fin alguno.
Como indicó Cornelio Sommaruga, ex presidente del CICR, "Los políticos y los gobiernos han abusado del humanitarismo para desvincularse de sus propias responsabilidades, y han provocado una enorme confusión".
El hondo radicalismo de la acción humanitaria brota del convencimiento de que la gente no ha nacido para sufrir. Partir de esta actitud permite esperar contra toda esperanza.
Con Ignatieff creemos que "el lenguaje de los derechos humanos es el único idioma moral disponible que confiere validez a los derechos de las mujeres y de los niños frente a la opresión que padecen en las sociedades patriarcales y tribales; el único que da a personas dependientes la posibilidad de percibirse como agentes morales y actuar contra prácticas, ratificadas por el peso de la tradición y autoridad de sus culturas, como matrimonios concertados, reclusiones, privación de derechos, mutilación genital o esclavitud doméstica . Estos agentes buscan la protección de los derechos humanos precisamente porque éstos legitiman sus protestas contra la opresión".
Kofi Annan dijo, en su aceptación del Premio Nobel de la Paz: "Hoy en día, las verdaderas fronteras no están entre las naciones, sino entre los que son poderosos y los que no lo son, entre los que son libres y los que están sometidos, entre los privilegiados y los humillados. Hoy, no hay muros que puedan separar las crisis humanitarias o de derechos humanos en una parte del mundo y las de la seguridad nacional en otra. No hay ruptura entre los derechos políticos, emanados de las libertades fundamentales, y los derechos sociales y económicos: los derechos sociales a la educación, a la alimentación y la seguridad".
Con Michael Edwards, que tantos años colaboró con Oxfam, creemos que "está a nuestro alcance un mundo que busque el beneficio mutuo. Sólo con aprender a cooperar con inteligencia podríamos lograrlo ya que disponemos de los recursos, la tecnología, las ideas y la riqueza, lo único que nos falta es la voluntad y la imaginación. En un mundo cada vez más interdependiente, nadie tendrá futuro a no ser que aprendamos a trabajar juntos".
En su última intervención en nuestra universidad, J. L. Sampedro nos recordaba: "Cuando nacieron las universidades se hablaba de humanidad y humanismo, no hay que olvidar esas raíces... Se habla mucho de los derechos humanos, que son muy importantes, pero por encima están los valores humanos, que engloban los derechos pero añaden algo más: la ternura, la comprensión, la amistad, la tolerancia, el amor... no son derechos humanos. No tenemos derecho a la amistad, pero son valores humanos profundísimos que necesitamos vivir"
Este es el desafío que hemos asumido cuantos trabajamos en Solidarios.

José Carlos Gª Fajardo, presidente y fundador