Carta del Presidente (2006)

Al preparar un saludo para esta Memoria, me topé con las “hambres benditas” de Frei Betto, el hombre encargado por el Presidente Lula de dirigir el Programa “Hambre Cero”.

¿Qué podría yo añadir en este caminar ya trabajoso, al cabo de tantos años de lucha, y en el umbral de pasar la antorcha a quienes avancen con más ilusión, con fuerza y esperanza? Sólo en la utopía encontraremos el aliento necesario para proseguir este caminar en busca de la felicidad para todos, de la libertad y de la justicia social que son las mimbres principales del canasto de la paz. Así quiero testimoniar mi profundo agradecimiento a cuantos han hecho posible este espacio de encuentros, de solidaridad y de experiencias que ha sido y es Solidarios para el Desarrollo. Nuestra apuesta radical es la pasión por la Justicia, todo lo demás surgirá de ahí. Por eso acudimos a la cabecera del enfermo y estamos junto al marginado al tiempo que preguntamos en voz alta ¿Por qué ha sido marginado? ¿Por qué se mantiene esa lacra del hambre en el mundo? ¿Por qué no tienen todos los seres humanos acceso a la sanidad adecuada, a la educación que fundamenta el ejercicio de la libertad y de los derechos fundamentales? ¿Por qué se mantienen los paraísos fiscales, las guerras, la fabricación y venta de armas, el narco tráfico blanqueado en nuestros bancos y tantas injusticias sociales como el trabajo infantil, la degradación del medio ambiente y esa bomba de la explosión demográfica que sólo se puede manejar con una ecuación responsable? Son muchas las preguntas que nos aguijonean y que mantienen nuestra opción de compromiso y de servicio al tiempo que continuaremos luchando por una sociedad más justa y solidaria con instituciones dignas de los seres humanos. Por eso, espigo en la era de Betto como un pájaro cansado en este atardecer todavía lleno de sorpresas:
Benditos lo que tienen hambre de sí y se sumergen hasta lo más hondo de su ser y arrancan los restos desabridos de su paladar mediocre, estragados por las migajas caídas de la mesa de Narciso.
Benditas las mujeres hambrientas de amor, hechas de hilos de encaje con que tejen la vida por medio de la magia de los pequeños gestos cotidianos, y por el valor y el arrojo para las grandes decisiones.
Bendita el hambre itinerante de las personas ávidas de saber, que hurgan los misterios del existir y cuyas manos convierten el árbol en mesa, el trigo en pan y la leche en manteca. Generosos, no necesitan exhibir espadas para demostrar que son guerreros. Su acogedora sombra es como un nido de seguridad para la gran familia.
Benditos los que veneran al sol, al agua y a la tierra y tienen un corazón que late al ritmo de las estaciones. Ellos saben llenar sus vasos con la lluvia y cocer el pan al calor de la amistad.
Benditos los que saborean el presente como don precioso.
Benditas las manos que traducen los sentimientos, siembran caricias y amansan el hambre de afecto. Y los ojos repletos de luces y las palabras florecidas de besos. Y el insaciable apetito de silencio, leve como el vuelo de un pájaro.
Benditas sean las gentes con hambre de justicia, benditos los volcanes activos en las entrañas, el arco iris de la pluralidad de ideas, la cofradía de las buenas acciones, los libros que nos leen, los poemas cuyo eco resuena en lo hondo del alma, la calle desierta al amanecer, el tranvía invisible, la vida sin miedos.
Bendita sea la parsimonia para cuidar las plantas, las complicidades y la gente. Benditos los machetes conscientes de que sus mangos están hechos de madera y las jaulas abiertas a la libertad; las agujas que tejen la solidaridad y los cuchillos de puntas redondeadas.
Benditas las hambres insaciables de saber y de sabor, de impudor en el amor, de Dios bajo todos los nombres imaginables. Hambre de paz, saciada plenamente por la justicia –la más bendita de las hambres- y capaz de erradicar el hambre de la Tierra.
Bendita sea la mañana que reanuda la vida tras el sueño, y la edad, que cincela arrugas cargadas de historias y de sueños en espera del abrazo final que transforme la vida en eternidad y en plenitud de silencio.

José Carlos Gª Fajardo, presidente y fundador