Conciencia del subdesarrollo

Bienaventurado el que tiene amigos que le advierten de los libros que no vale la pena leer, porque no son más que variaciones sobre temas ya conocidos. Pero también es bueno cuando nos alertan sobre algo que no debemos dejar pasar de largo. Los amigos de Solidarios que reciben este Boletín son afortunados si se hacen con el libro "Conciencia del subdesarrollo veinticinco años después", del que son autores los profesores J. L. Sampedro y C. Berzosa. Podríamos recoger aquí muchas de sus páginas para tomar conciencia de que el subdesarrollo no es más que un sub-producto del desarrollo y no una etapa en el camino hacia éste.

No es poco saber que la injusta desigualdad entre los ricos y los pobres no es un hecho fatal. Tiene por origen unas estructuras económicas en cuyo funcionamiento es preciso ahondar para comprender las razones de esta situación anómala, tomar conciencia de ello y actuar en consecuencia.

Hay que enfrentarse a la falacia de que el crecimiento económico lleva aparejado un desarrollo humano. Y aunque sin crecimiento no hay desarrollo, el cambio de las condiciones económicas y sociales sólo es deseable si se mejora la calidad de vida de los habitantes. De todos y no sólo de una minoría.

Ante los datos que nos ofrece el Informe sobre el Desarrollo Humano, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, hay que afirmar sin titubeos que la injusticia se hace intolerable y que es preciso buscar alternativas al modelo de desarrollo establecido.

El Norte, con cerca de una cuarta parte de la población mundial, consume el 70% de la energía mundial, el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos. El 20% más rico supone el 81,2% del comercio mundial, el 94,6% de los préstamos comerciales, el 80,6% del ahorro interno y el 80,5 de la inversión neta. Mientras que el 20% más pobre sólo participa con el 1,0% en el comercio mundial, con el 0,2% de los préstamos comerciales, con el 1,0% del ahorro interno y el 1,3% de la inversión interna. Repetiremos hasta la saciedad lo ya sabido: el 20% más rico es ciento cincuenta veces más rico que el 20% más pobre.

Lo más terrible es que la disparidad actual entre los más ricos y los más pobres del mundo tiende al aumento. La lectura de ese libro nos ahorra otras reflexiones. Felizmente, hay muchas personas que han sabido crear espacios de encuentro y ambientes de solidaridad para reflexionar sobre estos problemas y buscar juntos alternativas válidas.

Somos conscientes de que la labor es ingente y todo esfuerzo es poco con tal de que se respeten la identidad cultural, religiosa y social de las personas, de los demás pueblos y comunidades. Partimos de una solidaridad sin trampas que trabaja por altruismo y en busca de la justicia y de la concordia, con plena gratuidad, sin buscar nada a cambio ni imponer ningún modelo de desarrollo o concepción de vida alguna que pueda desarraigarlos de sus tradiciones y de sus señas de identidad.

Es importante apoyarse en criterios sólidos y contrastados para no defraudar a nadie creando falsas expectativas o invadiendo terrenos que competen a otras instituciones. Las ONGD no pueden ser “sucedáneos” para paliar las injusticias que es preciso denunciar y subsanar en sus estructuras. Tampoco los voluntarios pueden ignorar cuanto de bueno, de justo y de eficaz se ha hecho hasta ahora en los campos de la solidaridad. Muchas asociaciones serán “no gubernamentales”, pero no por ello pueden actuar con patentes de corso: hay que dar cuentas de los proyectos, de las actividades y de los recursos recibidos para ser bien administrados.

La actividad de las Organizaciones humanitarias no puede ser una “moda” para suplir la falta de convocatoria desde otras instancias (políticas, sociales, económicas o religiosas) ni para encubrir los errores, las injusticias y la explotación de los pobres por parte de los ricos: de los pueblos empobrecidos del Sur por las potencias e intereses económicos del Norte.

José Carlos Gª Fajardo