En el umbral de la utopía

Que “lo esencial es invisible para los ojos”, se lo dijo el zorro al principito. Y añadió, “no se conoce bien más que con el corazón”. Este es, también, el camino que el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, recomienda a los que se encuentran en una encrucijada: "Si no sabes que camino elegir y uno de ellos tiene corazón, elige siempre el camino del corazón". Y mucho antes resonaron las palabras claves del mensaje cristiano "tuve hambre y me diste de comer, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me viniste a ver, en la cárcel y me visitaste".
Nada de esto tiene que ver con sentimentalismo alguno, sino con los más profundos sentimientos, con aquellos que nacen de la intuición más certera.
Nos han llenado la cabeza de teorías, de modelos y de doctrinas. Nos amenazan con ahogar la libertad: La de elegir, la de ser y la de compartir. Ya no se puede ser feliz a solas ni intentar practicar una estricta justicia. No nos permiten ni equivocarnos. Cada día salen redentores y mesías por todas partes. Hay gentes que pretenden saberlo todo, conocerlo todo y organizarlo todo. Cada día somos muchos más los que apostamos por la solidaridad: por compartir la suerte de los demás en la convicción de que, al final, debe ser cierto que los hombres somos hermanos y que participamos de un proyecto común.
Comunidad no es uniformidad, así como tampoco universalidad es sincretismo. La unidad en una proyección de futuro nos lleva a hacer nuestras las necesidades ajenas y juntar esfuerzos para luchar por la humana condición que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica. No libertad para morirse de hambre.
Es preciso salvar esta tierra en la que vivimos y con la que respiramos en una aventura espacial. Es preciso considerar a los demás, no como contrincantes o enemigos ni mucho menos como "el infierno" sartriano, o "el agresor" de Clemenceau. Los otros son la expresión más cierta de mi personalidad como hombre. Si el animal es un ser que vive, el hombre es un ser que vive para los demás. O, mejor, con los demás, ya que es indigente.
Ser para los demás nos devuelve el rostro originario y nos encamina hacia la identidad perdida. Los hombres andamos huérfanos de afectos y deberíamos gritar, como García Márquez, "necesito que me quieran para no morirme". Así sintonizaríamos con esos millones de personas que padecen hambre, miseria, dolor, marginación y soledad.
El voluntariado aporta su ilusionado esfuerzo a la tarea urgente de concitar adhesiones, allegar esfuerzos y unir voluntades para extender este movimiento de solidaridad a todos los hombres, comenzando por los más cercanos, por los que están a la vuelta de la esquina, por los que viven a nuestro lado sin que nos hayamos dado cuenta de su indigencia, de su tristeza y de su soledad.
Hay personas que se angustian por lo mal que va el mundo, por los problemas de los desplazados, por las guerras y por todas las desgracias que nos cuentan los periódicos, y que no son más que la ínfima parte del sufrimiento de millones de seres. Baste recordar que hay más de dos mil millones de personas que sobreviven en condiciones de pobreza absoluta y pasan hambre, que más de cincuenta mil niños mueren de hambre cada día y que cerca de setecientos millones de seres no tiene vivienda. Baste decir que el quince por ciento de la población mundial posee las riquezas de la tierra y decide los destinos del ochenta y cinco por ciento restante.
Ante esto, no podemos cruzarnos de brazos ni echar la culpa a los demás. Nosotros somos responsables y podemos compartir su situación haciendo propias sus necesidades. Esto es solidaridad y no lamentarnos estérilmente. Las personas de carácter no tienen tiempo para los lamentos porque se ocupan en trabajar para remediar las desgracias y las necesidades de los que sufren.
Por eso, desde estas páginas, queremos haceros una llamada cordial a uniros en este quehacer inaplazable. Ayudadnos a hacer más feliz la suerte de los que sufren. Al menos, interesémonos por su situación y pasemos el mensaje de boca en oreja: los otros nos necesitan y yo tengo necesidad de los demás.
Si es preciso, desde hoy nos instalaremos en el umbral de la utopía para hacer posible lo necesario aunque en ello nos vaya la misma vida y nuestra aparente seguridad.

José Carlos Gª Fajardo