Es preciso actuar

"¿Cómo es posible que los hombres no se alegren cada día por el placer de estar vivos?" se preguntaba el poeta Kenko en el s.XIV. Ueda Miyoji exclamaba: "¡Hagamos tiempo para el ocio! ¡Y vivamos un día como si fueran dos!" La vida sólo ocurre en el presente y, mientras no sepamos vivir cada instante como si fuera único, corremos peligro de no vivir con plenitud. El mismo Kenko repetía sin cesar: "Las personas que temen la muerte deberían amar intensamente la vida".

A la vuelta numerosos viajes por pueblos de Africa y de América, participando en proyectos de cooperación, dando conferencias y entrevistando autoridades, aparte de contrastar las verdaderas necesidades con las comunidades, comprobamos el peso de los asertos que preceden. Algo no puede ir bien cuando la vida se transforma en espera, muchas veces sin esperanza.

¿Y el placer de crear, de participar, de saberse responsable solidario? El placer infinito de saborear los silencios y de salir al encuentro de quienes tienden sus manos hacia nosotros para escucharlos con atención, porque los encuentros sólo se producen una vez en la vida. Por eso, todas las despedidas son eternas, porque la repetición es imposible.

La gota de agua que se sabe océano, la persona que se sabe humanidad y, por lo tanto, necesaria, insubstituible, única, tiene una actitud radicalmente distinta a la de las gentes manipuladas por el consumismo, las prisas y el miedo. Es preocupante el constatar, a la vuelta de varios meses de trabajos en tres continentes, habiendo encontrado a centenares de personas de tradiciones culturales y religiosas enriquecedoras por lo diversas, que, al asomarse a los medios de comunicación, parece como si todo hubiera sido un sueño, que la realidad vivida y sufrida entre esas personas y en esos pueblos, no tuviera cabida en nuestra actualidad: Mucho sabe a "déjà vú". Y, sin embargo, ninguna de las personas que consumen ese alimento podrían pasarse sin las materias primas y la inmensidad de las aportaciones que los pueblos del Sur tienen que hacer a la fuerza para que nosotros podamos mantener nuestro nivel de despilfarro, al que denominamos vida.

Para ello es preciso mantener más de treinta guerras vivas que consuman armas y municiones y que destrocen lo suficiente para que les concedamos empréstitos para su reconstrucción en forma de "fondos de ayuda al desarrollo". Es preciso que más de dos mil millones de personas continúen en el umbral de la pobreza sin acceso a los alimentos necesarios, a los cuidados sanitarios primordiales y a una educación elemental para bastarse a sí mismo. Es preciso contaminar la Tierra y todo el medio ambiente del que formamos parte substantiva... haciendo de muchos pueblos del Sur los cementerios de los residuos nucleares de las centrales que explotamos en el Norte. Es preciso que millones de niños menores de 12 años trabajen sin sueldo o por un cuenco de arroz, que centenares de menores tengan que ser prostituidos. Es preciso sostener nueve personas en uniforme militar por cada uno con bata blanca... o por medio maestro. Es preciso mantener sembrados con las minas de la muerte campos que antes servían para la labranza.

Es preciso que cada minuto se gasten dos millones de dólares en armamento y que cada hora se mueran 1500 niños de hambre o de enfermedades causadas por ésta.

¿Es preciso que cada mes el sistema económico mundial añada 75.000 millones de dólares a la deuda del billón y medio que grava a los pueblos del Sur? ¿Es preciso que salga de los pueblos empobrecidos del Sur hacia los países ricos la financiación de su loco proyecto de desarrollo en miles de millones de dólares, muchísimos más que lo que reciben en ayudas que malversan sus corruptos dirigentes?

No, no es preciso. Pero,junto al grito de protesta, las adecuadas propuestas para compartir solidariamente la justicia de la causa de estos pueblos explotados del Sur y de muchos ciudadanos empobrecidos del Norte. Los Estados se han mostrado incapaces de resolver este nudo gordiano. Quizá sólo quede la revolución social que anunció el Secretario General de la ONU en Copenhaguen. Mientras tanto, los voluntarios sociales y los cooperantes de muchas organizaciones humanitarias nos hemos puesto en camino.

José Carlos Gª Fajardo