Las casas que no teníamos

Esas son las que se llevaron las aguas, convirtiendo la catástrofe en tragedia porque afecta a seres humanos. Las causas de esas tragedias son las condiciones inhumanas en que viven la mayor parte de los afectados por los huracanes en las zonas tropicales de Centroamérica o de Bangladesh. Durante todo el año. Durante toda una vida de privación, de marginación y de miseria. Como resultado de las guerras civiles, de las oligarquías que se apropiaron de las tierras cultivables. ¿Dónde han reinsertado a los campesinos guatemaltecos que regresaron de Chiapas? Les habían robado sus tierras y les dieron bancales que arrasan las crecidas de los ríos o páramos junto a volcanes o sometidos a las lluvias propias de la región. Lo mismo se diga de los afectados en Honduras, en el Salvador y en Nicaragua. Por eso huyen de los campos yermos e inseguros a la miseria de las chabolas junto a las ciudades. No hay más que visitar con desesperación los asentamientos de la noche a la mañana en la propia Managua y en Tegucigalpa. Ante el dolor que nos produce el impacto de las imágenes de la tragedia es preciso considerar por qué siempre les toca padecer a los más pobres de nuestra sociedad. El subdesarrollo es el subproducto de un modelo socioeconómico que produce hambre, dolor, desertización y exclusión.

No más cargar las culpas a las inclemencias. Pasarán las lluvias y tendremos que afrontar las condiciones en que sobreviven cientos de miles de seres humanos, hermanos nuestros, en unas sociedades falsamente democráticas porque están dominadas por las oligarquías, los militares y los monopolios: la antítesis de la economía de mercado en una democracia bien ordenada.

La atmósfera sostiene la vida como una placenta nutricia que actúa al modo de una piel y con un sistema inmunológico que nos protege. Nosotros formamos parte de ese medio ambiente y en él repercuten nuestros abusos con el despilfarro energético y los deshechos que arrojamos al espacio en una desproporción superior a lo que puede controlar la naturaleza. Rompemos el equilibrio y la armonía de la naturaleza porque somos inclementes con el clima.

Arrojamos a la atmósfera 4.000 kilogramos de suciedad por persona y año. Esos 33.000 millones de toneladas de basura al año supone el triple de lo que puede controlar la naturaleza.

Los expertos se reúnen en conferencias – Río-92, Berlín-96, Kioto-97 y ahora Buenos Aires -, denuncian los abusos y arbitran soluciones que los pusilánimes políticos que nos gobiernan no son capaces de imponer a los vendedores de energía fósil, a los industriales desalmados y a los consumidores en su loca carrera hacia la destrucción del medio ambiente.

Más que de ecología -estudio del medio-, habría que hablar de ecosofía -sabernos parte de la vida-. Los grandes ríos se han desbordado desde su origen, pero fuimos nosotros quienes intentamos ponerles límites con asentamientos humanos y represas contra natura. Los ciclones y los huracanes, como los maremotos y los terremotos, forman parte de la estructura del planeta que sólo deviene historia cuando hacen presencia las comunidades humanas.

Pero la tierra se venga de los abusos para regular las depuraciones mediante los fenómenos atmosféricos. Junto a las causas naturales, que debemos respetar y adecuarnos a sus ciclos en nuestros modos de vida, están las actividades nocivas para la salud de todos los seres.

Es suicida la loca carrera industrial, el hiperconsumo energético y la desigualdad social que hace que siempre sean los pobres los que pagan las peores consecuencias del clima. No suelen padecer las casas bien asentadas, los puentes sabiamente dispuestos, los cultivos adecuados a las características del terreno.

Si ante una catástrofe, lo “urgente” es paliar sus efectos y acudir en ayuda de las víctimas, lo “importante” es plantearnos en toda su dimensión los efectos de un desarrollo inhumano y cada vez más incontrolado. La solidaridad no basta. Es preciso arbitrar fórmulas automáticas para afrontar las calamidades. Como hace el FMI ante los desastres financieros.

O arbitrar un nuevo Plan Marshall que afecte a todos los países del Norte en justicia con los pueblos empobrecidos del Sur. Las catástrofes ya no serán tragedias porque las comunidades humanas estarán dignamente asentadas

José Carlos Gª Fajardo