Sandalias de viento

“Los retos no esperan. Se asumen o perdemos. Y de verdad, no pareciéramos disponer de mucho tiempo para introducir cambios en la política a la vez que continuamos ayudando al que lo necesita. Y si somos cada día más, deberemos transformar... nuestro número en más capacidad de incidir y modificar las políticas que deciden el entorno en que actuamos, la magnitud de las crisis, la gravedad de los datos, la ausencia de respuestas, la ignorancia de los sufrimientos.”
Estas palabras de Mendiluce apuntan a la reflexión que nos hacemos en muchas ONGs: ¿adónde nos están llevando? La ayuda humanitaria, que motivó a los primeros voluntarios sociales, cuestiona el modelo de desarrollo culpable de los efectos inhumanos que nos golpean en los pueblos empobrecidos del Sur. La inanidad del socialismo real ha dado paso al desencanto ante las incongruencias del neocapitalismo que se apoya en un pensamiento único que viola las reglas de un mercado presentado como paradigma de libertad y de desarrollo. La opinión pública está alerta ante las guerras de diseño provocadas por los vendedores de armas o por intereses transnacionales para controlar las riquezas petrolíferas o mineras de determinados países; el hambre azota a un tercio de la población mundial, cuando no es la falta de alimentos sino su perversa distribución lo que empobrece a millones de seres humanos; el escándalo de las transacciones financieras que apuntalan a los dragones del sudeste asiático, hasta ahora presentados como “modelos de desarrollo a imitar” y que se revelan como testaferros de oscuros intereses económicos, mientras las cláusulas del llamado “reajuste estructural” ahogan a los pueblos del Sur al cegarles los pilares de un desarrollo sostenible: los recortes en educación y en sanidad. La agresión al medio ambiente y la denuncia de las minas antipersonales esparcidas por tantos pueblos se humillan ante la vergonzosa actitud de “los grandes” en las cumbres de Kioto o de Otawa. El grito de los indígenas de Chiapas se abre camino y nos hiere junto a las matanzas en tantos pueblos de África.
Los jóvenes vuelven sus ojos hacia los ”portadores de sueños” y sienten que esta sociedad no les gusta, que hemos cambiado de Era pero no de dueños. La revolución informática, la digitalización, el ciberespacio, la globalización... son realidades que afectan a una generación que no quiere caminar con los ojos puestos en el retrovisor.
Hay una revolución por inventar cuyas mimbres están en nuestras manos. No suenan extrañas las palabras de Camus: “Ahora sé que el hombre es capaz de grandes acciones. Pero si no es capaz de un gran sentimiento, no me interesa”. Somos conscientes de que “la revolución en la revolución” pudiera estar más en las posibilidades de la informática, de los medios de comunicación y de los avances de las ciencias, que en tomar un fusil e irse a las montañas. La gente sigue a los mitos, a las leyendas. A la figura emblemática del Ché, que manifiestamente no ha muerto, sucede la del subcomandante Marcos, “hombre de la aldea global al frente de una guerrilla de nuevo estilo para reivindicar la dignidad y el derecho a la tierra”. Hoy los nuevos guerrilleros palpitan en los pulsos de los voluntarios sociales y de los cooperantes que viven de cerca los efectos de la injusticia, de la explotación y del desencanto.
El derecho a ser solidarios puede dar origen a nuevas formas de insumisión que resista y desafíe las formas nuevas de tiranía. Una de las pruebas más difíciles era asumir que la primera revolución era la del lenguaje. Ésta ya la han asumido las personas que calzan sandalias de viento en la opción por un mundo más justo y solidario. La opción afecta radicalmente a la política, a la economía y a la concepción de la vida.
Nadie se avergüenza al leer: “El tiempo de la acción revolucionaria se levanta ante nosotros como una luz tan pura que nos deslumbra. Seríamos locos o cobardes si dudáramos de su belleza.” Quizá algún día podamos repetir con Woodworth, recordando la revolución de l789: ”Fue una dicha estar vivo en aquel tiempo, pero ser joven fue el mismo cielo”.

José Carlos Gª Fajardo