Un mundo de todos

El voluntariado nace de experienciar la soledad y de la conciencia de injusticia social que lleva a una responsabilidad solidaria. Los más importantes acontecimientos en favor de la dignidad humana, como el nacimiento de las grandes religiones o el movimiento obrero, fueron iniciativas solidarias de voluntarios que arriesgaron sus vidas y apostaron por la utopía con gratuidad y entrega a los demás. Lo que ahogó sus señas de identidad y su capacidad de arrastre fueron la burocracia política o eclesiástica. La recuperación de sus orígenes pasa por recrear el voluntariado y reinventar aquellos procesos que en la tradición obrera se llamaron "militancia" y "autogestión" y en la tradición eclesial "compromiso" y "entrega", como dice acertadamente Gª Roca en Solidaridad y Voluntariado.

El Estado de Bienestar debilitó la tradición del voluntariado pretendiendo que los poderes centrales de la Administración eran los únicos sujetos de la vida social, que la relación laboral era la única acreditada y que los especialistas desplazaban a la acción competente nacida de la iniciativa ciudadana.

Todo quedaba bajo el control de los poderes públicos o del mercado, aparentemente libre pero realmente dirigido por los intereses que deciden la vida y la muerte de más de dos terceras partes de la humanidad. Nunca nos cansaremos de recordar que el más del 80 % de los recursos del planeta están en manos del 20% de la población.

El modelo de crecimiento que atribuye el bienestar social al Estado es injusto y se ha vuelto insostenible. Hay que buscar modelos alternativos al falso dilema "capitalismo salvaje" o "socialismo de Estado". Donde las estructuras son de dominio y de injusticia el derecho de resistencia se convierte en un deber y que el no ejercerlo nos hace cómplices de sus consecuencias. La revolución ya no se admite como protesta y alzamiento sino como propuesta con soluciones alternativas.

Es preferible equivocarse y comenzar de nuevo a colaborar en remiendos de urgencia para ahogar las conciencias de los miopes que no saben ver que el hambre, las epidemias, la desertización creciente, la postergación de la mujer, la explotación de los niños y todas las formas de marginación no son causa sino efectos de una pobreza de los más exigida por la ambición de los menos.

Las claves del desarrollo son la descentralización, la participación ciudadana y la colaboración entusiasta y libre. La Carta Europea de los Voluntarios reconoce que la acción voluntaria debe incluir estos elementos: ocuparse de los intereses de los demás, carecer de interés económico personal, desarrollarse en un marco organizado y responder a una elección libre.

Pero el voluntariado, a pesar de su enorme riqueza de experiencias, presenta una orfandad alarmante de reflexión teórica. Es preciso que nos movamos en este sentido para canalizar la savia incesante de tantas personas y comunidades que buscan "odres nuevos para el vino nuevo". De lo contrario, la frustración podría dar lugar a regresiones insospechadas.

Todo está relacionado y es interdependiente. El planeta tierra no conoce ni primer ni tercer mundo, es una realidad global que a todos nos afecta. Debemos acostumbrarnos a pensar con perspectiva planetaria y pasar de la ecología a la ecosofía. La supervivencia nos va en ello y no sólo la calidad de vida. A los nuevos bárbaros que amenazan el "limes" de este viejo imperio debemos verlos como acicate antes que como amenaza y acercarnos a ellos para escucharlos, respetarlos, y compartir. Nunca imponerles un modelo de crecimiento que se ha revelado caduco y destructivo. Los avances de la técnica no implican una tecnocracia sino someterla al servicio de las más nobles causas y, entre ellas, la primera es la dignidad de todos los hombres y mujeres del planeta que es un mundo de todos.

Lo que no se reconozca en justicia nos será arrebatado por la fuerza en nombre de esa misma justicia tantas veces conculcada y denunciada. Ya no cabe el neocolonialismo ni las ayudas paternalistas. Es precisa la solidaridad como determinación firme y perseverante de trabajar por el bien de todos y cada uno, porque todos somos responsables de todos.

La solidaridad que queremos construir supone cambios sociales, no sólo superficiales sino estructurales que, partiendo de lo más profundo de nuestro ser, transformen nuestra sociedad. La solidaridad se forja cuando comprometemos nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros conocimientos y nuestra voluntad de cambiar una sociedad que no nos gusta por otra más humana, más digna y más justa.

José Carlos Gª Fajardo