El Taoísmo como liberación y armonía

El Taoísmo es el sistema filosófico y religioso fundamental en China. Su origen se suele atribuir al maestro Lao-Tsé, que vivió hacia el siglo V antes de Cristo y fue contemporáneo de Confucio y de Chuang-Tsé.
Algunos de sus seguidores aventuraron que la doctrina del Maestro se dirigió hacia la India y que su pensamiento habría influido en el Budismo. Como posteriormente este llegará desde India, en contacto con el Taoísmo, dará lugar al Chang que, más adelante, en contacto con el Sintoísmo, dará lugar al Zen en Japón.
Así como la auténtica realidad vive en lo hondo de las cosas, pretender escribir sobre el Tao es desconocer el Tao y, sin embargo, no hay realidad fuera del Tao, por eso “quien sabe, no habla y quien habla, no sabe”. Sin límites ni substancia, sin adjetivos ni definición, sin arriba ni abajo, sin adentro ni afuera, sin bueno ni malo, justo o injusto, yang o ying, la mayor felicidad consiste en no hacer nada para obtener la felicidad porque “el gozo perfecto es carecer de él”. Así, está bien.
Si uno está en armonía con el Tao –el Tao cósmico, el que no puede nombrarse -, la respuesta llegará en el momento de actuar pues uno actuará con arreglo al modo espontáneo del wu wei que, según Thomas Merton, es el modo de acción propio del Tao y es la fuente de todo bien, “hacer sin hacer” y plegarse a la naturaleza de las cosas sabiéndose uno con ellas.
El Taoísmo, como otras profundas sabidurías, admite que lo real es Uno: hay un principio de orden y de unidad que es misterioso e inefable, trascendente e inmanente, al que “por no saber su auténtico nombre, sólo lo llamamos Tao”, o el Camino. “Hay algo que lo contiene todo. Es antes que el cielo y la tierra, es inmóvil, incorpóreo, en sí, inalterable, lo penetra todo, por siempre moviéndose. De modo que puede actuar como Madre de todas las cosas. Si ha de ser nombrado, que su nombre sea Grande. La grandeza significa seguir adelante, seguir adelante significa llegar lejos, y llegar lejos significa regresar”.
El Taoísmo es la realidad suprema que reabsorbe todas las contradicciones, es principio de liberación para quien lo capta. El hombre del Tao escapa al mundo ilusorio y alcanza la plenitud. Después de la época de los emperadores Han, se constituyó el Taoísmo religioso. Por desgracia, posteriormente se mezclaron prácticas mágicas y supersticiones populares que lo desvirtuaron.
El Taoísmo adquiere relevancia en nuestro tiempo porque ayuda a resolver la crisis ecológica creada por la visión judeocristiana que pretendió “dominar y someter la naturaleza”. Necesitamos recuperar el contacto con los ritmos de la naturaleza y con el fluir de las energías en el cuerpo. Lo que el Zen denominará “recuperar el rostro originario”, la identidad perdida.
Pero su esencia está ahí, aquí, en el silencio, en el vacío, en el ritmo y en el caminante que se sabe Camino, Verdad y Vida. Como dirá el shivaísmo de Cachemira, “el secreto es que no hay secreto”. Por eso, saberse Krishna, Buda, Tao, Cristo es saberse necesario, como el hueco vacío del eje en donde confluyen los radios de la rueda, o el vacío que da su ser a la olla de arcilla, o el de las puertas y ventanas que se lo dan a la casa.
El Taoísmo excluye el concepto de Ley, tan querido para Confucio y no digamos para el Judaísmo, y prefiere el de Orden como ritmo que armoniza una infinidad de ritmos menores. Su concepto clave es el de Estructura. Las cosas están relacionadas, más que causadas, “el pensamiento chino desarrolló el aspecto orgánico, visualizando el universo como una jerarquía de partes y todos, infundidos por una armonía de voluntades”. Lejos quedan también el concepto judaico cristiano de la “culpa”, y el de un inventado y absurdo “pecado original” que arrastraríamos los humanos, y que necesitará de una imaginaria “Redención” para salvarnos. ¿De qué o de quién? De la condenación eterna, dicen, y se quedan tan panchos abusando del miedo a dejar de ser, común a todos los mortales.
El sabio (el que sabe por experiencia) ve todas las cosas a la luz de la intuición. Está en el centro del círculo y ahí se mantiene mientras el “sí” y el “no” se persiguen en torno a la circunferencia. “Los hombres verdaderos no tenían miedo cuando se encontraban solos en sus puntos de vista... respiraban profundamente desde los talones”.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 25/09/2009