Padecen los débiles

Acabo de regresar de Iraq. He podido visitar Bagdad, Mosul y Basora. He hablado con sus gentes, profesores de universidad, escritores, profesionales, diplomáticos extranjeros, periodistas, estudiantes, gente corriente. Nadie me ha defendido el talante democrático del gobierno del presidente Sadam. Todos saben que se trata de una dictadura, reconocen los indudables beneficios sociales que, al principio de su mandato, supuso para el pueblo iraquí la aplicación del socialismo del partido Baas, en contraposición al régimen anterior. En contra de lo que pretende la propaganda del Pentágono, el régimen ha sido el único laico de los 20 países miembros de la Liga Arabe. Decir lo contrario sólo demuestra una crasa ignorancia. Como pretender que ese régimen ha tenido algo que ver con los fanáticos religiosos talibanes de Al-Qaeda, al contrario de la monarquía de Arabia Saudita que los financió desde el principio “contra los ateos comunistas de Moscú que ocupaban Afganistán”. En esa tarea fue la CIA la que armó a los guerreros talibanes de Bin Laden con la ayuda total del régimen militar de Pakistán, que ahora figura como aliado de EEUU.
La gente sabe que a Sadam lo ayudaron a alcanzar el poder, en 1979, agentes de la CIA para derrocar al presidente Hassan-al-Bakr, por ser demasiado proclive al gobierno de la URRS. Más tarde, todo el mundo sabe que Sadam fue apoyado económicamente por todos los gobiernos árabes musulmanes en la sangrienta guerra contra el Irán de los ayatollahs. Estos amenazaban con extenderse, no sólo a Iraq, de mayoría también chiíta, sino al resto de los países del Golfo Pérsico y Arabia Saudita, controlando de ese modo las mayores reservas de hidrocarburos del planeta. Hubo más de un millón de muertos, se utilizaron armas químicas por los dos bandos, Sadam gaseó a los kurdos, y al final, las poblaciones civiles quedaron más empobrecidas.
Por eso, la guerra por el control del petróleo y del gas en esa zona geoestratégica no ha tenido más que diversas fases sirviéndose en cada ocasión de regímenes complacientes y padeciendo siempre la población civil. Nadie podrá decir que en Afganistán se ha instaurado un régimen democrático, ni mucho menos en Kuwait, Pakistán o Arabia Saudita donde gobiernan autócratas que no respetan los derechos humanos fundamentales.
Nadie se llama a engaño: esperan una invasión para apoderase de sus yacimientos petrolíferos y no saludarán con banderas a los invasores que son los responsables de 12 años de un embargo cruel que ha producido casi un millón de víctimas civiles, sobre todo niños y pacientes de hospitales. Ni olvidan que, durante estos doce años, aviones norteamericanos y británicos han estado bombardeando, cada semana, más de las dos terceras partes del territorio de Iraq, ante el vergonzoso silencio y complicidad de la comunidad de naciones libres.
Lo que pretende la política imperialista de EEUU, apoyada lamentablemente por Gran Bretaña y por España, es controlar las reservas energéticas para los próximos cien años. Inmenso error, pues sus planes se basan en que todo seguirá igual en las próximas décadas cuando China, Rusia, India y sobre todo la Unión Europea, que están destrozando, tendrán algo que decir en el concierto mundial de este siglo.
Ante esta masacre que se avecina, y a la que contra toda razón y derecho apoya el gobierno español, es preciso movilizar a la opinión pública que casi unánimemente está contra la injusta e inhumana guerra preventiva. Una guerra preventiva, nunca; pues es inmoral (Mgr. Montero), injusta (Baltasar Garzón) e intelectualmente inadmisible (Peces Barba). Muchas voces se alzan proponiendo la objeción de conciencia, así como la desobediencia civil, si un gobierno contestado por el pueblo nos empuja a una masacre que más tiene que ver con el genocidio y con el holocausto que con una confrontación entre estados.

José Carlos Gª Fajardo
Este ensayo fue publicado en Júbilo en febrero de 2003