Voluntariado y cooperación

La esperanza no es de futuro, sino de lo invisible. Por eso, al cabo de tres décadas, prosigue el caminar del voluntariado social en la certeza de que es más lo que nos aguarda que lo que ya hemos incorporado a nuestra historia personal y colectiva. Se trata de una realidad aunque no podamos verla todavía. Ya se nos irá revelando a medida que respondamos a su llamada. Los voluntarios sociales nunca son enviados sino que, en cada instante, actualizan su voluntad de servicio porque se saben relacionados con la comunidad. Nunca aislados, sino en una soledad poblada. Transformar alone (solo) en all one (integrado) nos hace sentir mejor.
Muchas asociaciones humanitarias dirigieron sus generosos esfuerzos a remediar necesidades vitales: campos de refugiados, multitudes hambrientas y víctimas de las guerras. No sin causa, las ONG, como fenómeno sociológico, se generalizaron en las décadas de los setenta y de los ochenta. Más o menos como el consumo de la droga en dimensiones de fenómeno transnacional y con algunas motivaciones parecidas de acoso por una realidad absurda que amenaza con hundirnos: unos, se hunden en la evasión y otros tratan de afirmar su denuncia con un gesto y con propuestas alternativas. Hasta mayo del 68 había un elemento libertario, apasionado por la justicia y de esperanza radiante: se podría cambiar el mundo mediante la revolución. Después, vino el silencio ensordecedor de la agresión consumista con la perversa música de fondo de los pseudoprofetas neoliberales que, a piñón fijo, repetían el mantra “El mercado es libertad, los ricos serán cada vez más ricos y los pobres recibirán el reino de los cielos”. Los sucesivos Informes del PNUD no han dejado de ratificar el cumplimiento del siniestro augurio de Casandra desde 1991. Por desgracia, el de este año ya registra la nefasta influencia de las grandes corporaciones que han prestado su ayuda al Secretario General de la ONU para equilibrar su presupuesto y, en lugar de denunciar las injusticias y proponer propuestas alternativas, se compromete con el todavía discutido tema de los transgénicos, para partir una lanza en su favor.
Nunca antes en la historia se fabricaron tantas armas y se exportaron a los países miembros de los dos bloques y sobre todo a los pueblos empobrecidos del Sur. España ocupa el puesto 11 en el ranking mundial de esta siniestra actividad que le “produce” unos cincuenta mil millones de pesetas. Después, trata de aliviar sus efectos letales mediante discutibles “ayudas al desarrollo” apoyándose en ONG paragubernamentales que actúan sobre los efectos sin cuestionar sus causas.
Se alimentaron conflictos militares y guerras en estos pueblos hasta 34 al mismo tiempo para dirimir las zonas de poder de los grandes de la economía. Desde 1945, ninguna guerra tuvo lugar en los territorios de los países industrializados, del Norte sociológico. El atentado terrorista del 11 de septiembre en el corazón de Manhatan no puede considerarse una guerra aunque algunos se empeñen en utilizar ese término en lugar de conflicto –porque el enemigo a abatir no es un país sino un grupo bastante indeterminado - que ha de acometerse con otros instrumentos y con otros medios que los de la guerra clásica. Se estima que, desde el final de la II Guerra Mundial, han perecido en acciones militares una media de tres mil personas diarias, la mayoría eran civiles. El holocausto de las víctimas de las minas antipersonales, así como las terribles consecuencias de las armas químicas, ensayadas en Vietnam y en otros lugares de pacificación forzada, sobrepasan las pesadillas más grandes mientras, en un mundo en paz oficial, más de 35 millones de personas visten uniformes militares y se arman con recursos que podrían remediar las grandes carencias de los más desfavorecidos.
Con la caída del Muro de Berlín tuvimos derecho a esperar que los dividendos de la paz se invirtieran en mejorar las condiciones de vida de estas personas y pueblos víctimas de un modelo de desarrollo perverso para llevar a cabo una auténtica justicia social que siempre es más rentable que la guerra. No fue así: se ensancharon las fronteras de la OTAN para dar lugar a una nueva forma de deuda externa al equipar a esos nuevos miembros con los más sofisticados armamentos. Se cambió el artículo 5º de su Carta para ampliar sus responsabilidades y poder actuar en cualquier lugar del mundo como grupo de choque para favorecer la implantación del imperialismo del Norte sociológico. Ha regido el fundamentalismo del pensamiento único, el dogma de la productividad, la rentabilidad, el máximo beneficio para algunos individuos por encima de los valores personales y sociales: las denominadas dos oleadas de derechos, los individuales y los sociales. Margareth Thatcher había sentenciado “Ya no hay sociedad, sólo individuos”.
El Estado nacional perdió atribuciones como instrumento de la sociedad y la Nueva Economía se impuso por encima de la política, convirtiendo al ser humano en consumidor, cuando no en objeto del mercado todopoderoso e indiscutible. Era el imperio del pensamiento único que, si es único, ya no es pensamiento; pero daba igual, se vendía seguridad en lugar de justicia social y, en su nombre, se violaron leyes, se conculcaron principios fundamentales y la Carta de las Naciones Unidas así como la Declaración Universal de Derechos quedaron relegadas como se ha visto después del 11 de septiembre con el protagonismo militar y policial anglonorteamericano. Su paradigma es La Ley Antiterrorista, firmada por el presidente Bush, que supone un regreso en el camino de la libertad, de la justicia y del auténtico progreso que tiene como protagonista al ser humano y no a la empresa, la banca o los poderes financieros o militares. De ahí a hablar del “Choque de civilizaciones” teorizado a la ligera por el imaginativo Huntington no había más que un paso. Y lo dieron, con los efectos espantosos a los que asistimos cuando se escriben estas líneas.
Es bueno tener presente que, en 40 países del África subsahariana, por cada 12 uniformes militares, hay una bata blanca de sanitario, que no de médico. ¿No habrá llegado el momento de transformar las fábricas de armas en arsenales de arados y de podaderas? No afectaría al empleo, como no le afectó el final de la loca preparación para una confrontación nuclear que nunca tuvo lugar. Es una cuestión de mera supervivencia. Lo que no hagamos en justicia nos será arrebatado por la fuerza o nos hundiremos todos en el caos. Hoy es posible imaginar un escenario de destrucción de la humanidad y de los recursos del planeta sin acudir a la ciencia-ficción.
Al cabo de unos años, algunos responsables de las ONG serias – hay otras de aluvión y proselitistas o sectarias vinculadas a confesiones religiosas o a partidos políticos -, comprendieron que la pobreza es material pero la miseria es mental; una afecta al bolsillo la otra al corazón. Se preguntaron por las causas de la injusticia, de la explotación y de esa miseria. Comprendieron que había cuatro clases de pobres: los que no tienen que comer, los que no tienen acceso a la educación, los que no saben que son pobres y aquellos que ni siquiera saben que son personas. Muchas ONG han optado por los dos pilares de un auténtico desarrollo: la educación y la salud. Formación de los voluntarios sociales en función de los servicios en los que desempeñan sus tareas. Una formación integral va más allá de una alfabetización o de unos conocimientos académicos y científicos, aunque los comprenda.
Voluntariado social

El auge del voluntariado social es uno de los síntomas de una transformación ante unos modelos de vida injustos. Los datos de la ciencia, la experiencia de la peripecia de los pueblos, el creciente diálogo intercultural están presentes gracias al desarrollo de las comunicaciones que nos permiten ser testigos del ocaso de unos modelos de desarrollo que, junto al mito del progreso ilimitado, han llegado a un punto de saturación sin retorno porque ha alcanzado el techo de su contradicción. Asumimos la globalización como un hecho pero denunciamos la gestión de la misma por el ultraliberalismo ciego y apostamos por propuestas alternativas. De una vez por todas, dejen ya de insultarnos como antiglobalizadores cuando lo que buscamos es una sociedad más justa, más libre y más solidaria. No un totalitarismo mental ni etnocéntrico sino un mundo en el que quepan muchos mundos.
Ignorarlo es no saber escrutar los signos de los tiempos, y silenciarlo es convertirse en cómplices. Algo no va bien cuando la vida se transforma en espera, muchas veces sin esperanza. Lo malo es cuando no se actúa por temor a equivocarse o por creerse incapaz de hacer algo por los demás. Durante mucho tiempo nos han presentado como personas extraordinarias a aquellas que supieron ayudar a otros. Son seres como nosotros que supieron descubrir la radical indigencia de toda criatura y comprendieron que, en el reconocimiento de la propia debilidad, están las raíces de la auténtica fortaleza. Un día caemos en la cuenta de que nos agobiábamos por problemas que dejaban de serlo ante las desgracias que se descubren cuando nos asomamos a los umbrales de la marginación. Uno se pasma de haber pasado tantos años junto al dolor y junto a la soledad de los que estaban ahí, "a la vuelta de la esquina" y tendían sus manos hacia nosotros con sus gritos de silencio y desamparo. No y mil veces no, hay que afirmar que es posible la esperanza porque todo ser humano es único e irrepetible. Para que, en el atardecer de nuestras vidas, no tengamos que lamentarnos al contemplar lo que pudimos haber hecho con nuestras vidas al servicio de los demás y del mundo que habitamos como “tierra que camina”.
La gota que se sabe océano tiene una actitud radicalmente distinta a las de las gentes manipuladas por el consumismo, la inseguridad y el miedo. No hay que calentarse la cabeza buscando ocasiones extraordinarias para hacer cosas grandes que quizá nunca lleguen. Aquí y ahora es preciso transformar el derecho de resistencia en deber de alzarnos contra el tirano: persona, ideología, sistema o cualquier poder que explote e ignore la grandeza del ser humano y de la tierra que habita.
Los voluntarios sociales no pretenden cambiar al mundo, ni sustituir unos sistemas o modelos por otros. La revolución como las ideologías se les han colado como agua en un cesto o como arena entre los dedos. No quieren seguir arando en la mar ni se avienen a trazar surcos en el cielo. Asumen su condición de rebeldes ante cualquier orden impuesto por la fuerza ya que vulnera la justicia. Ante la violencia se rebelan porque siempre es una violación de la dignidad.
Es preciso alzarse ante la explotación de unos pueblos por otros, de unos seres por otros, de unas tradiciones culturales o concepciones de la vida sobre otras. De unas religiones sobre otras, como si hubiera una única tradición religiosa verdadera. Nadie es más que nadie ni superior o inferior a nadie. No hay unos pueblos "desarrollados" ni otros "en vías de desarrollo". Esto es una falacia perversa. Existen unas sociedades industrializadas y otros pueblos que se sostienen en otras concepciones de la vida con sus correspondientes formas y expresiones. Es falso presentar el modelo de desarrollo de los países industrializados como un paradigma imprescindible para la maduración y expansión de otros pueblos. No todo crecimiento económico es sinónimo de bienestar para la mayoría de la población. Menos aún cuando este crecimiento se hace a costa de las materias primas y de la mano de obra barata o forzada de los pueblos empobrecidos del Sur. Si hay que llamar a las cosas por su nombre, es preciso denunciar unos sistemas económicos transnacionales y globalizados que ocasionan el empobrecimiento, la falta de salud y de acceso a la cultura de tres quintas partes de la humanidad. A este precio, no es justa, por inhumana, la transacción.
La solidaridad nace de una experiencia de soledad poblada y es la respuesta que interpela a toda desigualdad injusta. No se puede pactar con la muerte. Se vive. Y vivir es transformarnos al hacernos uno con todo lo que existe. Entonces, ya no hay lucha ni agonía - no lucha -, se celebra la fiesta de la vida en comunión con todos los demás seres. Ya no es preciso optar por nadie ni alzarse contra nadie: las olas nos encontrarán en la roca o en la arena de la playa. Con el poeta Waldo Leyva hay que gritar "Cuando las aguas anunciaban el derrumbe del muro, puso su hombro contra la piedra para cubrir la retirada”.
De ahí que muchos voluntarios solidarios de la primera hora sostengan que son torpes los criterios de magnitud en las organizaciones, por la cantidad en las cifras de la cooperación y por pretender valorar una actividad por el número de sus proyectos, o de un "balance" de resultados. La actitud de las organizaciones humanitarias define su naturaleza. En estos momentos, en el seno de muchas ONG, se corre un serio peligro de implicación en proyectos de desarrollo con criterios propios de un modelo inhumano que ya ha superado los parámetros de la injusticia. Cooperar en un sistema injusto es aumentar la injusticia. Por muy buena intención que se tenga.
El orden económico propio del socialismo real o el del capitalismo salvaje, que anima el neoliberalismo de pensamiento único, son violaciones flagrantes de la dignidad humana. Por eso son recusables y se impone la insumisión y la rebeldía de la comprensión, de la solidaridad y de la entrega en una búsqueda consciente de una sociedad nueva donde la paz sea tan natural como el aire para el vuelo. Algunas asociaciones están creando un nuevo tipo de cooperante ajeno al voluntario social y sin práctica alguna de la acción solidaria.
Naturalmente, que ya han sido criticadas, comenta Acuña. ¿Por qué se arrogan el derecho de saber que es lo bueno para el bien público? ¿Quién elige a sus miembros? ¿Son verdaderamente no gubernamentales con tantas subvenciones de los estados? Algunos gobiernos se irritan. Tras su campaña contra los ensayos nucleares en el Pacífico, Francia llegó a calificar a Green Peace de asociación "sin fe ni ley". Ahora bien, las ONG internacionales son ya más de 30.000 e incontables las locales, según informa la revista "Fuentes" de la Unesco. Nacen siempre de la combinación entre la necesidad y la solidaridad. No tienen el poder de los gobiernos o el dinero de las multinacionales, seguro que no, pero sí una patente fuerza moral, la fuerza de la razón: hay que contar con ellas, se han vuelto imprescindibles.
Se multiplican ofertas de masters, graduaciones y hasta titulaciones para hacer carrera en el mundo de la cooperación. Si ese es el destino del voluntariado social, mejor es devolver al Estado la responsabilidad de las relaciones económicas, culturales y sanitarias internacionales. Mientras tanto, trabajaremos para conseguir una acción política más justa y solidaria que haga innecesaria la actuación de estos nuevos yuppies de la cooperación. La sociedad civil no puede abdicar de su responsabilidad más auténtica sin arriesgarse a perder su razón de ser.

Responsabilidad personal y social

Porque el ejercicio exclusivo del desarrollo integral de la persona y de la sociedad no compete ni al Estado ni a los partidos políticos ni a las diversas confesiones religiosas. Es el ser humano y sus opciones libres quienes deben de ser los protagonistas de su desarrollo integral. Siempre cabrá la cooperación pero nunca la imposición que no respete la libertad, la conciencia, la justicia y el derecho fundamental a buscar la felicidad, pues el ser humano ha nacido para ser feliz. Y la felicidad no puede imponerse de forma alguna. Ser feliz es ser uno mismo, querer lo que uno hace para poder hacer lo que uno quiera. Es el teleios del Evangelio: sé tú mismo.
En otros lugares he escrito que solidario proviene de solidus, moneda romana de oro, consolidada y no variable. La palabra solidaridad se refiere a una realidad firme y fuerte conseguida mediante el ensamblaje de seres diversos. También de la responsabilidad asumida in solidum con otra persona o grupo. Las personas se unen porque tienen conciencia de ser personas, seres abiertos a los demás porque son seres de encuentro y no meros individuos aislados.
De ahí que la solidaridad vaya unida con la responsabilidad y ésta depende de la sensibilidad para los valores. Estos no se imponen sino que atraen y piden ser realizados. La solidaridad sólo es posible entre personas que en su conciencia sienten la apelación de algo que vale la pena y apuestan por ello. De ahí que la solidaridad implique generosidad, desprendimiento, participación y fortaleza.
Hoy, cuando tanto se habla de la necesidad de "realizarse" y de ser auténticos, es hermoso saber que authentikós es el que tiene autoridad y ésta deriva de augere, promocionar. Es decir que "tiene autoridad sobre alguien el que lo promociona o promueve", por lo tanto, "auténtico es el que tiene las riendas de su ser, posee iniciativa y no nos falla porque es coherente y nos enriquece con su modo de ser estable y sincero". "Para poseer ese tipo de soberanía, señala A. Quintás, el hombre tiene que aceptarse a sí mismo con todo cuanto implica; acoger su vida como un don; recibir y asumir como propias una existencia y unas condiciones de vida que no ha elegido. Esta vida recibida hemos de aceptarla con todas sus implicaciones: la necesidad de configurarla por nuestra cuenta, orientarla hacia el ideal adecuado, crear vida de comunidad, realizar toda una serie de valores que nos instan a darles vida... Si respondemos a esta llamada de los valores nos hacemos responsables". Esto es vivir abierto generosamente a los demás en su afán de vivir con plenitud. Para nosotros, como personas del camino que hemos asumido el compromiso del voluntariado social, éste va más allá de la justicia: significa hacer propias las necesidades ajenas. Un voluntario social apuesta por el ejercicio libre, organizado y no remunerado de la solidaridad ciudadana. De ahí que su trabajo sea en sí mismo precioso.
Algo comienza a oler mal cuando decenas de miles de millones de pesetas de los presupuestos del Estado tienen que ser manejados por organizaciones que dependen de esas subvenciones para su subsistencia: carecen de voluntariado y de servicios concretos a la comunidad que está a la vuelta de la esquina. El mismo 0’7 dejaría de ser necesario cuando hubiese una relación justa entre los pueblos. Al igual que desaparecería la necesidad de la ayuda cuando se reconociese que la deuda externa de los pueblos empobrecidos ya está pagada con creces, se obligase a repatriar los capitales evadidos por las oligarquías nacionales y se prohibiese la venta de armas. Como los problemas no son sólo económicos sino existenciales y que afectan a la concepción de la vida, no se pueden resolver únicamente con medidas económicas. La libertad no está sólo en el mercado.
Algunas ONG originarias están a punto de convertirse en "agencias paraestatales" que se distribuyen cuotas de poder. Ya pululan por las oficinas de las ONG postulantes a pseudo funcionarios "cooperantes" cada vez más en las redes del aparato oficial de turno. Al cooperante en proyectos humanitarios lo legitima su pasión por la justicia, y su profesionalidad le facilita su tarea. Pero es perversa la idea de un cooperante movido tan sólo por motivos profesionales o por conseguir un empleo – en eso que han dado en llamar impropiamente “yacimientos de empleo” -, sino está motivado por la pasión por la justicia. Si es necesario, habrá que empezar de nuevo. Estamos perdiendo el fervor de la primera entrega.
Junto a auténticos cooperantes con una profesionalidad probada y una entrega sin límites a la causa de la justicia y de la solidaridad, existen en el mercado ofertas de “masters” para gestores de ONG que suponen un gasto de millones de pesetas, subvencionados por el Estado. Hay profesores y coordinadores de esos cursos que ganan más que un profesor de universidad. Al igual que existen puestos de “coordinador de proyectos” en países del Sur que perciben más de cuatrocientas mil pesetas al mes que, en esos países, multiplican su poder de adquisición y les lleva a un despliegue de “necesidades” de motorización “con tracción a las cuatro ruedas” y otras, que desconciertan a los “cooperados”. Así no puede haber sinergia, sino imposición de modelos, de culturas o de concepciones de la vida que ahogan y reprimen en lugar de contribuir a un alumbramiento de las posibilidades más auténticas de los pueblos a los que pretenden ayudar. Como un día me dijo Julius Nyerere en Dar Es Salam “Profesor, dígales que no nos echen una mano, que nos basta con que nos quiten el pie de encima”
Las ONG corren el peligro de convertirse en salida laboral para un mercado mal planteado. Lo más preocupante es que muchos candidatos a cooperantes, deslumbrados por la fantasía, pretenden esos puestos armados con un curriculum en el que, demasiadas veces, no aparece ni una experiencia de servicio a la comunidad marginada aquí, a la vuelta de la esquina. Dar la voz de alarma no es denunciar a nadie sino asumir la parte de responsabilidad que a cada uno nos corresponde.

Independencia de las ONG

Las ONG independientes, no las "paragubernamentales" domesticadas por los poderes públicos o por intereses privados, están en el punto de mira de los poderes económicos y financieros.
Cuando los bancos se ocupan de los pobres y las transnacionales financian programas de ONG, mediante escandalosas campañas publicitarias, hay que echarse a temblar. Como sucede con campañas humanitarias financiadas por productores de tabaco, de alcohol o de productos contaminantes y cancerígenos. ¿Por qué en vez de colaborar con las ONG no se dedican a mejorar las condiciones laborales de sus trabajadores, la calidad de sus productos, la protección del medio ambiente y pagan un justo precio por las materias primas que arrancan del expoliado sur?
Las ONG no pueden ser el servicio posventa de las fábricas de armas, para apagar los fuegos que provocan con sus criminales negocios. Unos ponen las armas, otros ponen los muertos y pretenden que las ONG vayan a poner tiritas y Betadine en las heridas causadas por las bombas, por el hambre y por la desolación de un imperialismo atroz.
Las ONG no pueden convertirse en pantalla de relaciones públicas con la que los gobiernos pretenden lavar su imagen financiando interesados "proyectos de desarrollo" en países cuyas economías esquilman con inversiones que los despojan de futuro. Que la justicia presida sus transacciones comerciales, sus inversiones y la utilización de su mano de obra en las sucursales que proliferan en los países empobrecidos para aprovecharse de su falta de reglamentación social.
Se necesitan muchas más ONG que acudan como la sangre a los labios de las heridas, para aliviar y cicatrizar. Pero deben estar financiadas con recursos propios, aportados por sus asociados, pues si sobreviven con la financiación oficial se prostituirán. La verdadera libertad se apoya en la autonomía, en la solidaridad y en la capacidad crítica para aportar propuestas imaginativas, y no en la beneficencia ni en la enajenación de sí mismo.
Hay ONG que aceptaron financiaciones envenenadas de organismos internacionales. Las auténticas ONG están en el tejido social y se miden por sus servicios, no por su poder. Debe moverlas la pasión por la justicia y por la grandeza de saberse responsables solidarios. Es imprescindible organizar la resistencia para hacer realidad nuestra esperanza. Como escribió lúcidamente Orwell “Si nadie nos tiene que mandar ¿a qué esperamos?”

El voluntariado social no es una moda

Es preciso despertar un movimiento en favor de lo más hermoso y noble que reside en el ser humano: su capacidad de justicia, de solidaridad y de entrega. En nuestras manos está promover toda acción positiva, estimular todo esfuerzo útil, toda conducta noble. Las asociaciones humanitarias y las ONG que han asumido su responsabilidad al servicio sobre todo de los más débiles, no pueden erigirse en protagonistas de la acción social sino en cooperadores en esta tarea que nos compete a todos. Ni cabe un Estado providencia con pretensiones de regularlo todo ni es imaginable una sociedad utópica que camine al margen de las instituciones públicas con grupos de presión que trastornen el orden social querido por los ciudadanos.
Existen asociaciones que desarrollan proyectos sostenidos por voluntarios sociales que quieren trabajar con los más necesitados: desde ancianos hasta niños, desde enfermos terminales hasta reclusos, desde inmigrantes hasta presos, desde drogadictos hasta enfermos de sida, desde los que padecen algún tipo de discapacidad hasta los que la sociedad margina en cualquiera de sus formas. Los mueve una solidaridad auténtica que trabaja en busca de la justicia y de la concordia, con plena gratuidad, sin buscar nada a cambio ni imponer ningún modelo de desarrollo o concepción de vida alguna que pueda desarraigarlos de sus tradiciones y de sus señas de identidad. Es la persona humana, en su comunidad y en su ambiente, lo que los mueve a servirles en su desarrollo personal y auténtico, integral y equilibrado.
Las asociaciones humanitarias no pueden ser "sucedáneos" para paliar las injusticias. De ahí el riesgo de enviar cooperantes en proyectos de desarrollo sin la debida formación.


Quizás las ONG deberían cambiar de nombre

Las ONG corren peligro porque se han puesto de moda. Sin embargo, necesitamos muchas más asociaciones humanitarias: en los barrios, en las comunidades, en las universidades, en el campo y en la ciudad, en el norte y en el sur.
El tejido social precisa nuevos aportes imaginativos y audaces. Pero que no pierdan sus señas de identidad porque padecerán los más débiles. El voluntariado social, como fenómeno sociológico, ya hemos señalado que se puede datar en el tiempo y no va más allá de hace treinta años. Pero siempre ha habido personas que se han ocupado de los demás, que han sido compasivas, generosas, benefactoras y caritativas. No se podría entender la compasión del Buda si hubiéramos tenido que esperar al Cristianismo. En muchas tradiciones religiosas y en movimientos sociales ha habido alguna forma de generosidad, de comunidad solidaria.
La preocupación por los demás, las cooperativas, las fraternidades y las iniciativas sociales no han sido patrimonio exclusivo del cristianismo, aunque en éste haya sobresalido de manera excelsa. Sin olvidar que el soborno de un pretendido Edén o Cielo podría desvirtuar ese altruismo.
En las ONG lo que debe caracterizar al voluntariado social es su pasión por la justicia, sin esperar nada a cambio. La entrega de los voluntarios no tiene por qué depender de convicciones religiosas. Aunque no sobran los creyentes siempre que no abusen de su condición de servidores de los pobres para inocular doctrinas. Tampoco el voluntario tiene que ser un dechado de virtudes. Paradójicamente, las personas sencillas, llenas de contradicciones y dudas son voluntarios de lujo porque así es menos difícil para los marginados identificarse con ellos. Los que se reconocen como nada pueden ser todo en el voluntariado. Comprendemos que a las personas de orden les cueste entenderlo.
Cosa distinta es para los proyectos de cooperación en otros países: ahí se requiere una capacitación profesional probada y una personalidad integrada que no vaya a hacer experimentos de capacidad o de virtud con los desheredados de la tierra.
Quizás las asociaciones humanitarias deberían abandonar la denominación de ONG. Que se lo dejen a los amigos de los gobiernos, de los clubes filantrópicos, de ciertas fundaciones bancarias con fines éticos que parecen haber descubierto un filón en el voluntariado y la cooperación al desarrollo.
Asombra el impudor de quienes se anuncian como ONG cuando durante tanto tiempo formaron clubes elitistas o ávidos de captar socios, secuaces o recursos.
No son esos los criterios del voluntariado social propio de las organizaciones que no buscan ni el cielo ni el reconocimiento, sino la justicia y la solidaridad.
Los poderes de turno en la universidad, en la economía y en la política nos bombardean con teorías, con modelos y nos imponen doctrinas que amenazan con ahogar la libertad de elegir, de ser y de compartir. No nos permiten siquiera el derecho a equivocarnos. Hay gentes que pretenden saber y conocer todo, para organizarlo todo. Afortunadamente, cada día somos más los que apostamos por la solidaridad: por compartir la suerte de los demás en la convicción de que, al final, debe ser cierto que los hombres participamos en un proyecto común. Es preciso salvar esta tierra sobre la que vivimos y con la que respiramos en una aventura cósmica, como sugería el jefe Seattle.
Comunidad no es uniformidad, así como tampoco universalidad es sincretismo, sino el diálogo creador dentro de un sano pluralismo. La unidad en una proyección de futuro nos lleva a hacer nuestras las necesidades ajenas y juntar esfuerzos para luchar por la humana condición que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica. No libertad para morirse de hambre. No se puede considerar a los demás como adversarios ni como enemigos. Los otros son la expresión más cierta de mi personalidad como hombre. Ser para los demás nos devuelve el rostro originario y nos encamina hacia la identidad perdida. Así sintonizaríamos con esos millones de personas que padecen hambre, miseria, dolor, marginación y soledad. Porque estamos plenamente convencidos de que es posible la esperanza en una sociedad más justa y solidaria es por lo que nos hemos puesto en camino conscientes de que en la tardanza está el peligro. Para poder decir a quienes nos cuestionan o descalifican como Don Quijote dijera a su escudero: “No te apures, Sancho amigo, yo sé quién soy”.

José Carlos Gª Fajardo
Este ensayo fue publicado en Unesco Etxea el 01/11/2001