Encenderé un fuego para ti
 

<<Ésta es la historia de un viaje al interior de uno mismo; esto es, al corazón de los pueblos de África porque si, es definitiva, el Sur somos todos, también nosotros somos africanos.>>
<<Yo también encenderé un fuego por donde quiera que pase y para quien lo precise. No en vano, en un lugar a más de mil millas de este rincón del África negra, me pusieron Nesemu, el fuego no se apaga.>>

Desde el punto de vista de los mercados financieros, África no existe. Es un perdedor continuo, su deuda no hace más que incrementarse y el servicio de la misma ya cubre más que el producto interior bruto de muchos países. Es una locura colectiva, un absurdo que va en una espiral imparable de deterioro, enajenación y muerte.

Quizás la noche haya llegado a la mitad de su curso y, en el colmo del abatimiento, se encuentre la luz de un nuevo amanecer para estos pueblos de África ricos en seres humanos, en culturas y en tradiciones, en lenguas y en arte, en sabiduría y en riquezas naturales. Hay lugar para la esperanza, es posible el resurgimiento de una sociedad en marcha, plural y rica, dinámica y apoyada en lo mejor de sus tradiciones y de sus valores. Se trata de emprender un viaje a la propia esencia de África misma, e inventar sociedades nuevas en un mundo irremediable y espléndidamente nuevo.

 

ENCENDIÓ UN FUEGO PARA NOSOTROS
por Luis Algorri

Yo no conozco a muchas personas capaces de saltar de la cama a las cuatro de la madrugada en una ciudad remota llamada Djenneh, cubrir su cabeza con un turbante azul y, en medio de la noche desconocida, dedicar horas a escuchar el latido del propio corazón ante la silueta de una mezquita
de adobe. Y no las conozco seguramente porque hay cosas que no sé comprender. No sé comprender, por ejemplo, por qué Djenneh tenga que ser forzosamente una ciudad remota o que la noche allí haya de ser desconocida. Aunque sisé que, en determinados recodos de la existencia, es indispensable detenerse a escuchar el latido del propio corazón, salvo que uno quiera correr el riesgo de ir perdiendo poco a poco el oído para todo lo demás.
Conocí al Profe querido -ustedes disculpen: a pesar de que hay cosas que no comprendo, tengo el raro privilegio de que José Carlos García Fajardo me permite llamarlo Profequerido, privilegio al que, como a su amistad, no pienso renunciar-; lo conocí, digo, pronto hará dos años, cuando
yo comenzaba a dirigir la sección de Opinión de Diario 16. No será fácil olvidar el mediodía en que entró en aquella redacción diminuta como hubiera entrado un galeón de Indias en el Manzanares: desplegado, sonriente, radiante, incontenible. Había sido, en la Universidad Complutense, profesor de la mitad de mis compañeros, que lo saludaban mientras la otra mitad lo mirábamos atónitos. Preguntó por el jefe de Opinión. Me acerqué. Me dio la mano y, mientras me miraba al fondo de los
ojos con esa mirada suya de dos mil quinientos voltios, me preguntó: "¿Yo no he sido profesor tuyo?" A mí la respuesta me salió sin esfuerzo: "Todavía no", le dije. No tardó en llegar la primera comida juntos y, tras ella, la ya larga construcción de nuestra amistad. Infinidad de llamadas, citas, progresiva compartición de confidencias, lugares, ayudas, imágenes, algunas personas queridas, más ánimos que desánimos, más entusiasmo que desesperanza, compromisos y proyectos. José Carlos tuvo la inmensa generosidad -nada nuevo en él, por otra parte- de presentar, hace pocos meses, mi primera novela, y yo no dudé en poner por escrito lo que pensaba de él. Dije, y repito
hoy, que el Profe es uno de esos infrecuentes regalos que te hace la vida. Un regalo que, como los mejores y más valiosos, no te mereces, y lo sabes, pero de todos modos la vida te lo hace y por eso mismo se vuelve aún más hermosa y digna de ser vivida.
Sé que a muy poca gente le interesa qué es para mí mi Profequerido, pero conste que no estoy contando una historia personal. Estoy hablando del libro que hoy presentamos. Ese libro no es que lo haya escrito José Carlos.
Es que es José Carlos, desde la portada hasta la última página. Si se me permite una crítica muy leve, diré que el subtítulo me parece algo inexacto. Yo no hubiera escrito "Viaje al corazón de los pueblos de África" sino "Viaje desde el corazón al corazón de los pueblos de África". Porque el Profequerido, en esta obra fluvial, tumultuosa, apasionada, en la que a un torrente de datos objetivos e incontestables sobre la realidad de veinte países de África sucede, sin interrupción, sin pausa, sin tiempo para respirar, un alegato sangrante sobre los fraudes de los supuestos cooperantes, y a renglón seguido un varapalo en el costillar al integrismo religioso de quienes
se creen en posesión de la verdad del Evangelio, y a esto una descripción conmovedora sobre la belleza insuperable del anchuroso cráter del Ngorongoro, y a esto... ¿Qué es? ¿Ante qué estamos? ¿Ante un libro de viajes? ¿Ante una denuncia de la disparatada e ilusoria globalización hecha
por quien tiene, seguramente, más conocimiento de causa que nadie para hablar de ello? ¿Ante una historia universal de la infamia desde el punto de vista subsahariano? ¿Ante uno de los cantos de amor más apasionados que se haya destinado jamás al continente que tenemos a catorce kilómetros de nuestros pies?
No. Nada de eso por sí solo, y todo eso y mucho más si lo juntamos. Este libro es el sanguis et acqua que brota del costado de José Carlos García Fajardo. Quien busque en estas páginas la descripción tercermundista de sir Walter Scott, que bajaba a Granada y se ponía a escribir con chaleco y monóculo sobre lo que él sin duda consideraba seres primitivos, va listo. Parafraseando al lema de la Academia de Atenas, nadie abra estas páginas que no tenga el corazón recién despierto. Nadie se atreva con este libro que no esté pronto a la indignación, al asombro, a la conmoción ya la aventura interior. Nadie ose adentrarse en este corazón a flor de piel escrito que no sea capaz de hacer lo que alguien hizo un día con el Profe querido, y que él hace desde entonces con todos cuantos lo queremos: encender un fuego para que su luz sirva de señal, de guía en la oscuridad, y para que su calor reconforte a quien llegue hasta él. No importa quién sea el viajero ni cuándo haya de llegar. Lo realmente esencial es que el fuego esté encendido.

Palabras de la Dra. Imelda San Martín en la presentación del libro

Desde mi vida en África, jalonada de experiencias como persona y como médico director de un Hospital durante 15 años, quiero aportar mi testimonio durante la presentación de este libro.
Este fuego del que habla el autor, no se enciende solo sino, chispa a chispa, vivencia tras vivencia, recuerdos y encuentros, uno tras otro. "Encenderé un fuego..." con los trozos de árboles de la inmensa selva, árboles majestuosos, como largos brazos abiertos al infinito...
- con retazos de tu vida, José Carlos, dejados caer en el encuentro contigo a la luz de la luna
- con la expresión dolorida y triste de esa mamá que perdió a su hijito por una simple enteritis, hijo al que llamaba "mon petit bijou"
- con la sonrisa grande y de jolgorio con que nos reciben al llegar a sus pueblos
- con el abrazo cálido y agradecido de esa mamá tuberculosa curada en el hospital
- con los cadenciosos cantos fúnebres y las danzas de las ancianas que lloran con todo su cuerpo, ellas que son el ritmo y el llanto
- con los millones de flores maravillosas, policromas y minúsculas unas, y gigantescas otras, de una belleza sin igual
- con el ritmo de la piragua en el río que bisbisea, susurra y canta al deslizarse sobre el agua
- con la belleza armoniosa, vigorosa, original de la mujer africana, columna vertebral de esas sociedades con las inolvidables experiencias vividas en las cárceles africanas, en
hospitales y en centros sanitarios o universitarios.
Con estos y otros miles de retazos de vida africanos que José Carlos se trajo de su largo viaje por ese continente, retazos pegados, cosidos a su corazón, sembrados en las entrañas de su ser inquieto, lanzado al viento- buscando utópicamente el sol con todos ellos.
He querido sumarme a este acto porque, como médico y miembro de la Junta Directiva de Solidarios, he podido seguir día a día los esfuerzos que es posible imaginar por hacer realidad un sueño que un día nuestro Presidente compartió con algunos de nosotros y que, como todas las obras importantes que jalonan la historia, va entrelazado de muchas alegrías y de no pocos sufrimientos. Pero ha valido la pena al comprobar como, en 12 países de África y antes de un año en 20, se montan los
Centros de Medicina preventiva que aliviarán el dolor, curarán las enfermedades y sobre todo devolverán la confianza en la propia estima y facilitarán la investigación científica de enfermedades endémicas realizada por los mismos médicos africanos.
He viajado a África en varias ocasiones con el profesor García Fajardo y soy testigo de su entrega, de su entusiasmo y de su exigencia de rigor científico y de eficacia profesional al tratar con decanos, rectores, embajadores, alcaldes, obispos, ministros o jefes de Estado. Y el milagro se está realizando porque creyó que podía ser posible y puso los medios para ello convocándonos e implicándonos a tantas personas que hemos apostado por la justicia y por la solidaridad. Sin pedir nada a
cambio, sino que las personas y los pueblos puedan ser ellos mismos, como sin cesar nos insiste nuestro Presidente.
A pesar de los kilómetros que nos separan, nos unirá un Puente Solidario de amor y de justicia en el que todos los corazones se pongan a trabajar, es decir, a amar... y juntos podremos calentar y aliviar el dolor de las madres apoyadas en pecho amigo; puente que llevará el trozo de pan que falta y sostendrá la esperanza para el mañana.
Un puente de ida y vuelta, un puente solidario como el abrazo para dar y recibir, puesto que nosotros damos de lo que nos sobra y a cambio recibimos agradecimiento, valoración humana y reconocimiento.
Facetas que nos hacen crecer y nos reafirman por dentro al cambiar los esquemas programados.
En resumen: que nuestro dar es infinitamente menor que lo que recibimos pues lo que damos no es más que un simple acto de justicia y de solidaridad.
¿Seríamos Solidarios si solamente fuéramos capaces de recaudar dinero, medicamentos y libros y gestionarlos eficazmente?
¿Qué sería de Solidarios sin esa utopía de intentar lo que parece imposible para las personas corrientes?
Es un empeño de nuestro existir para crear obras duraderas.