Marketing que explota sentimientos

La Asamblea de Naciones Unidas ha urgido, desde 1985, a los países más ricos para que destinen el 0’7% de su PIB en ayuda a los pueblos más pobres. Es una justa reivindicación para reparar la explotación sistemática por los países del Norte de las riquezas naturales y humanas del denominado Tercer Mundo.
Autoridades médicas de prestigio internacional en la investigación contra el cáncer, han denunciado las campañas que incitan al consumo de tabaco. Recordaron que la Sanidad española gasta unos dos mil millones de euros al año en enfermedades atribuidas al tabaquismo: cáncer, coronarias y respiratorias, con más de 50.000 muertes al año. Ante esto, ahora se ha desatado una campaña contra la publicidad de las tabacaleras como si durante décadas, los impuestos sobre ese monopolio, no hubieran beneficiado al Estado que promovía su consumo indiscriminado.
Se ha puesto de moda que algunas empresas anuncien que donarán el 0’7% de sus beneficios a algunas ONG. Sería correcto si se tratase de productos sanos y no piden actos de compra a cambio. No parece ético aprovechar un estado de ánimo que ha costado más de diez años para hacer llegar el mensaje a la opinión pública en ayuda a los pueblos del Sur.
El fin no justifica los “media”. Pronto anunciarán bebidas alcohólicas, drogas y armas “a cambio de dar una ayuda a las ONG”. No se puede aceptar dinero que proceda de productos nocivos para la salud, la paz o la convivencia entre los pueblos.
Asistimos a la manipulación de los sentimientos con el mensaje de que si no compramos tal o cual producto somos responsables de que los pobres sean desdichados y “los niños infelices” porque no llega nuestra ayuda.
No es ético que las asociaciones humanitarias participen en esa ceremonia de confusión. Más valdría preocuparse de las condiciones de trabajo de quienes producen las materias primas en esos países empobrecidos dominados por las sucursales de esas empresas.
Es la llamada cláusula social de obligado cumplimiento según la OIT.
No es justo aprovecharse del esfuerzo de incontables personas e instituciones que entregan lo mejor de sus vidas en la lucha por una sociedad más justa y solidaria. En la ayuda a los más pobres hay que preguntarse por las causas de la injusticia, analizar la realidad y elaborar propuestas alternativas válidas y sostenibles.
¿No podrían las empresas que quieren ayudar a los pobres dedicar lo que se gastan en esas campañas de publicidad a mejorar los estudios sobre los efectos secundarios de sus productos?

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en Mestizaje, de Diario 16 el 06/06/2003
Las Máscaras son artículos sobre temas sociales