No somos enviados, sino llamados

El voluntariado social actúa como la red en la pista de un circo: recoge el cuerpo del que cae, lo devuelve a su lugar y pasa desapercibido para el público, atento a lo que sucede en los trapecios.
La autenticidad del voluntariado social se mide por la respuesta ante una desigualdad injusta o ante un atentado a la libertad porque la vida se percibe como el camino en la búsqueda de la felicidad, y ésta es inseparable de la libertad y de la justicia. La historia muestra que siempre ha habido personas compasivas que se ocuparon de los demás. Por razones religiosas, éticas o simplemente humanas. Por eso habría que poner en sordina el abuso del término “humanitario” y la pretensión de quienes sostienen que sólo por motivos religiosos, aún inconscientes, se pueden realizar tareas de voluntariado.
Al voluntariado social lo caracterizan la gratuidad, la continuidad, la libre elección, insertarse en un programa dentro de una organización seria y el conocimiento y respeto de las personas y pueblos para no confundir la realidad con los deseos.
De lo contrario, se incurre en la burocracia, la productividad y el sectarismo. Ahí se repite la historia de la decadencia de los movimientos sociales para convertirse en partidos políticos, grupos de poder o caterva de intereses.
Los movimientos sociales que jalonan la historia comenzaron por un grupo de personas que se compadecieron de las miserias ajenas y se alzaron contra la injusticia. Se organizaron en grupos, padecieron la incomprensión mientras superaban las dificultades y ocupaban el lugar que les correspondía en el tejido social.
Eran como la llamada que el punto hacía a la aguja, según la respuesta del maestro de acupuntura. Los voluntarios sociales no suelen ser enviados sino que se sienten llamados. Como la sangre acude a los bordes de la herida para limpiarla, para refrescarla y si puede, para aliviarla. Lo nuestro no es curar, sino cuidar y siempre de forma subsidiaria.
Se impone un debate sobre el papel de los profesionales que trabajan en las ONG junto a los voluntarios sociales. El profesional puede ser voluntario pero si percibe un sueldo y no está dominado por la pasión de la justicia llevará a la organización a perder sus señas de identidad. El mayor valor de las ONG radica en su vocación de servicio, con denuncia de las injusticias y aportación de propuestas alternativas.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en Mestizaje, de Diario 16 el 20/06/2003
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