Compromiso del voluntario social

A veces, cuando un voluntario social va a visitar a un funcionario público éste lo trata como si fuera a pedir trabajo, o lo cita para dentro “de unos meses” o su secretaria lo despacha con “vuelva usted otro día”.
Si es cierto que nadie nos obliga a desempeñar servicios de voluntariado, fuera de un imperativo ético que grita a los cielos ante tanta injusticia, no lo es menos que algunas personas tienen los cables cambiados.
Un voluntario social, y más si desempeña labores de responsabilidad en una asociación humanitaria, suele ser una persona ocupada en su trabajo, que tiene una familia y que normalmente cumple sus obligaciones como ciudadano. Estas personas roban unas horas a su descanso para reforzar la sociedad civil denunciando injusticias, aportando propuestas alternativas llenas de imaginación, al tiempo que acude a la cabecera de un enfermo terminal, a una cárcel, al domicilio de un anciano que vive solo, a bañar a discapacitados profundos en un Cottolengo, a un centro de acogida de inmigrantes, a compartir el duro sendero de quien lucha por desengancharse de la droga, o a preparar medicamentos o libros para enviar a otros países. Y esto sin pretender cambiar a nadie sino apreciando el lujo de ser acogido por quien padece los excesos de nuestro modelo de desarrollo o la insensibilidad de los gobernantes o la ceguera de quienes viven para trabajar y que tienen en los beneficios su horizonte de vida.
Un voluntario es una persona comprometida con la causa de la justicia, que ha tomado partido por los más débiles y que no pide limosnas ni favores ni privilegio alguno.
Al contrario, ofrece la oportunidad de ser admitido en el concierto de los más para participar en la recomposición de las estructuras dañadas por nuestra ignorancia.
Es duro ser tratado como un extranjero en tu propio ambiente, en tu lugar de trabajo, por tus compañeros que, en esa circunstancia, olvidan tu prestigio profesional o tu valía humana.
Uno no deja de ser quien es mientras desempeña sus tareas de voluntariado y tiene derecho a exigir el mismo trato que recibiría un cliente o un benefactor o, sencillamente, un ser humano inteligente.
Si uno permite sangrar a la herida es para animar a esos miles de mensajeros de la paz y de la esperanza que, más bien pronto que tarde, abrirán las amplias alamedas.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en Mestizaje, de Diario 16 el 07/11/2003
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