Derechos humanos, derechos de todos

Vivimos enajenados por la falacia de que las cosas no son hasta que las dictan los poderes dominantes. No hay que esperar ley ni permiso alguno para ejercer los derechos fundamentales, como el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de felicidad. Con todos los derechos sociales que de estas premisas se derivan: al trabajo, a la salud, a la cultura, a una vivienda digna, a la libertad de pensamiento y a su expresión por cualquier medio, a la asociación, a la diversidad y, en suma, a la participación en la cosa pública como suma de todos los derechos políticos.
El problema central es el problema del poder. Antes era reconocible; ahora, no, porque el poder efectivo lo tienen las multinacionales que lo han arrebatado a los políticos y que vulneran los derechos fundamentales, no sólo en los países pobres. Human Rigths ha denunciado la vulneración de derechos sociales y laborales en EEUU por corporaciones como General Motors, MacDonalds y General Electric. Como reconoce la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de los 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo, EEUU sólo ha firmado 14.
Y si antes los oprimidos podían alzarse contra los poderes tiránicos, fueran reyes o militares, castas sacerdotales u oligarquías, hoy se nos han ido de las manos en el difuso pero omnipotente magma de las corporaciones económico financieras.
Es posible rebelarse, porque las derrotas, como las victorias, nunca son definitivas. Es necesaria la revolución de la bondad activa que acelere la llegada de la mujer y del hombre nuevos.
El siglo XXI tiene que ser el siglo de los derechos humanos porque se va a decidir el destino de la humanidad. Y a esta rebelión y conquista todos estamos convocados porque nos van en ellas la vida y la supervivencia.
¿Quién dijo que todo está perdido? El ejercicio de los derechos, así como el de las libertades, es un quehacer que no admite demora.
Ante nosotros se alzan todas las posibilidades de libertad, de justicia y de dignidad. Mirar hacia atrás, con ira o con nostalgia, sólo nos convertirá en estatuas de sal que se llevarían las lluvias. Y a éstas las necesitamos para abrevar ganados y para regar los surcos que esperan las nuevas semillas de un amanecer más justo y solidario para todos. No para ser reconocidos como personas, sino por el hecho de serlo por naturaleza.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en Mestizaje, de Diario 16
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