Islas de explotación laboral

Existen nuevos modelos de explotación que destrozan a la sociedad civil de muchos países centroamericanos. El intento de algunos países sudamericanos por crear una zona de libre comercio a través de MERCOSUR nunca fue del agrado de EEUU que, gracias al ALCA, controlará sin límites el mercado y las finanzas de todo un continente. Los excedentes de producción del coloso del norte no encontrarán obstáculo alguno para invadir los mercados de 600 millones de personas incapaces de competir.
Es conocido, aunque no combatido como se debiera, el caso de islas caribeñas convertidas en paraísos para blanquear capitales y eludir las cargas fiscales. En otros lugares la instalación de las llamadas zonas francas pretende extraer la máxima ganancia sin necesidad de invadir militarmente un país.
Mientras que en Europa se estudia transformar los sistemas de trabajo para poder compartirlo, en muchos lugares del planeta la vida de millones de trabajadores transcurre en jornadas de 10 horas frente a una máquina, cobrando salarios de miseria que permiten a los empresarios del llamado “mundo desarrollado” obtener grandes beneficios al no estar sometidos a las conquistas laborales europeas o norteamericanas.
El caso más escandaloso es el de las maquilas que funcionan en muchos países con la protección de gobiernos complacientes con mano de obra barata. Las zonas francas están consideradas como “fuera del territorio nacional” a efectos fiscales, y tampoco están sometidas a la legislación laboral. Las maquilas son empresas subcontratadas que se instalan en estas "islas de explotación" y se encargan sólo de una parte de la producción textil, de calzado, aluminio, orfebrería o del tabaco, que luego se exporta a otros mercados del mundo industrializado.
Miles de trabajadores en cadenas de producción, propiedad de siete empresas extranjeras, ayudan a crear un crecimiento del 30% anual mientras la industria nacional de esos países permanece estancada o en regresión.
En esos islotes de ignominia, cada año la ganancia es varias veces mayor que lo obtenido por la producción conjunta de café, banano y caña de azúcar. El 85% de los trabajadores de las maquilas son mujeres por ser consideradas más sumisas que los hombres. Trabajan en jornadas de diez horas, incluidos sábados y domingos, y están obligados a hacer las horas extras necesarias para poder cumplir las entregas bajo amenaza de despido. En las maquilas también contratan a menores en contra de la legislación internacional que lo prohíbe.
Cada protesta se considera "un ataque a la inversión extranjera, algo que no favorece el desarrollo del país" lo que permite a las empresas el despido de los dirigentes gremiales o de los trabajadores que intentan defender sus derechos.
Esas son las islas de la nueva explotación por parte de empresas que tienen sus cuarteles generales en países del primer mundo y que pretenden exportar un fundamentalismo económico más perverso y deletéreo que el terrorismo, pues no pocas veces constituye su caldo de cultivo. Ante la inminencia del ALCA, no podemos perder de vista esos ghetos de explotación. El desarrollo ha de ser endógeno, sostenible y equilibrado para que sea humano.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en Mestizaje, de Diario 16
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