RETAZOS 079 Nasrudín en su santuario

Una mañana, poco después de despuntar el alba, estaba el Maestro contemplando la formidable explosión de los almendros. Había concluido su meditación y solía dar un paseo antes de la primera colación. Sergei llegó de muy buen humor para anunciarle que las gachas le esperaban. Cuando vio al Maestro ante los almendros en flor sintió que una paz inmensa le invadía y su corazón se puso a latir al ritmo del de su Maestro. Es decir, casi no se percibía porque se estaba acercando al pulso de la naturaleza vegetal. Al fin, como siempre hacía para no sucumbir a lo que todavía le producía vértigo, se aventuró a decir:
- Maestro, ¿Por qué la gente necesita templos, pagodas, santuarios y mezquitas?
El Maestro le dijo con una honda sonrisa que ahogaba un suspiro:
- Ya sé, Sergei bueno, que me estás pidiendo que te cuente una historia sobre cerezos, almendros y melocotoneros en flor. Pero se me ha ocurrido otra que quizás responda a tu pregunta.
Sergei ni abrió la boca pero acomodó el paso mientras metía las manos en las bocamangas de su túnica.
- Tú recuerdas las andanzas del Mulá Nasrudín, aquel estrafalario místico sufí del que se cuentan tantas historias, aparentemente disparatadas, pero llenas de enseñanza.
- ... para el que sabe escuchar con el corazón y no se queda en el embalaje, - respondió con parsimonia Sergei que asumía un aire de viejo monje.
- Pues, parece ser - continuó el Maestro -, que era hijo del guardián de un célebre morabito al que acudían millares de personas en peregrinación a plantear sus angustias y tribulaciones, pues se pensaba que era la tumba de un hombre santo. Un día, Nasrudín comunicó a su padre que quería hacer el viaje a La Meca y el padre le regaló un burro mientras lo bendecía y le daba algunos dineros. Conociendo a Nasrudín, el viaje debió hacerlo en zigzag y, al cabo de un tiempo, el pobre burro expiró y dejó tirado al joven Mulá. Éste, que le había cobrado afecto al burro y que además se encontraba en descampado, se acomodó junto al animal muerto y comenzó a llorar desconsoladamente. Pero, pasaron por allí unas personas que se compadecieron del joven y cubrieron con ramas al animal; después, otros le echaron tierra mientras Nasrudín seguía llorando. Para hacer la historia corta, Nasrudín edificó un pequeño mausoleo con cúpula para marcharse, pero la gente seguía acudiendo enfervorizada y dejando más y más limosnas. Tanto fue así, que Nasrudín mandó edificar una mezquita formidable.
- ¡Caramba con el Mulá!, - exclamó Sergei.
- No te puedes ni imaginar. La fama llegó a oídos de su padre porque los peregrinos no paraban de contar las maravillas que hacía aquel santo enterrado en el morabito.
- ¡Pero si...!
- ¡Aguarda, Sergei, no me revientes la historia! - le cortó el Maestro, que prosiguió diciendo - el padre de Nasrudín encabezó una enorme peregrinación con sus fieles y se fue a venerar al santo que custodiaba su hijo y al que se atribuían tantos milagros.
- ¿Pero el padre no desconfiaba de Nasrudín?, -preguntó el joven discípulo.
- Tratándose de Nasrudín, todo podía ser posible. Así que llegó el padre al frente de la comitiva y después de los saludos de rigor y de haber dirigido las plegarias que enfervorizaban a los peregrinos, se acercó a su hijo y le preguntó: "Dime, hijo, ¿qué santo varón encontraste en tu camino que se te murió y produce tanta devoción?" Nasrudín no podía engañar a su padre y se desahogó contándole la verdad y que él no dejaba de llorar porque a la gente le hacía bien"
- ¡Pues estamos bien! - apuntó el oriundo de las estepas rusas que no era capaz de refrenar sus impulsos.
- Espera, Sergei, espera a escuchar lo que le respondió el padre de Nasrudín: "¡Qué raros son los designios del Cielo! El santuario que yo custodio es también la tumba del burro que a mí se me murió en su día". 

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Sergei', una colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo