RETAZOS 035 Un buen yantar

Una tarde muy serena y dorada, salían los dos ayudantes de almorzar con el Maestro y con el Abad que les había agasajado con una comida de despedida. Como ellos no eran monjes sino seglares que hacían una estancia junto al Maestro en las estancias anexas al monasterio, el Abad y el Maestro, se produjeron con una deliciosa y franca naturalidad. Para Ting Chang en nada se diferenciaba el ambiente del que podría tener en la Casa de su padre o cuando lo recibían en sus casas sus profesores de medicina. Él se encontró muy a gusto pero Sergei salía medio alborozado y algo achispado.
- Venerable Luz del Otoño, ¡menos mal que no nos vieron los monjes de la comunidad! – dijo exultante.
- ¿Por qué, Sergei? ¿Crees que hemos hecho algo injusto o inmoral compartiendo la comida y la bebida con el Abad de este monasterio?
- No, Maestro, pero hemos comido perdices y bebido buen vino, pero que ¡muy bueno!
- ¿Entonces?
- Es que los monjes no comen carne ni beben vino.
- En una vida de comunidad, con un centenar de personas que están siguiendo un entrenamiento que exige llevar una vida con un cierto rigor, es comprensible que su comida sea sencilla y el lecho duro. Pero, si vas a una enfermería de cualquier monasterio verás que a ningún enfermo se le priva de los manjares más delicados que se puedan encontrar.
- Y esto también sucede en los monasterios cristianos de Occidente, - añadió con toda naturalidad Ting Chang -. El pasaje de la Regla de San Benito que se refiere a los enfermos y a los huéspedes es memorable por su transparencia.
- Entonces, ¿los budistas pueden comer carne?
- ¿Por qué no? El mismo Buda murió después de una rica comida con unos amigos en la que había buen vino y rica carne de jabalí.
- Confío en que su muerte no se debiera a eso, - dijo sin cortarse un pelo Sergei.
- Todas las tradiciones son unánimes en que no es lo que entra en la boca del hombre lo puro o impuro sino lo que sale de su corazón.
- ¡Hermosa frase!
- Sí, es de un Rabí llamado Jesús que vivió hace ya muchos siglos en Israel.
- Pero los taoístas ¿no hacen ningún distingo respecto a la comida?
- Sí, hacen uno bien importante – dijo sonriendo el médico -, “Cuando comas, come; cuando bebas, bebe. Disfruta del momento presente y comparte siempre con quienes no tengan”
- Pero si no tienes, - intervino el Maestro que se sentía muy feliz -, sonríe y adáptate a las circunstancias. No está la sabiduría en lo que comemos ni en lo que bebemos sino en cómo lo hacemos.
- Para los musulmanes rige otra norma, - insistió Sergei.
- Por razones higiénicas de gentes que vivían en los desiertos en dónde la carne de cerdo se contaminaba con facilidad y en dónde el abuso del alcohol hizo algunos estragos en los orígenes de la predicación del Profeta - añadió el Noble Ting Chang -. Es irracional convertir las anécdotas de los antiguos judíos que narra el Pentateuco en categorías. Y de todas formas, nuestros amigos sufís están llenos de anécdotas de buenos bebedores y comedores que celebraban las fiestas más exquisitas con música, bailes y poesías, Maestro, háblanos algún día de las tradiciones sufís.
- Sí, pero ahora recordad los hermosos poemas que nos regaló el Abad durante esa comida que fue una auténtica celebración:
Las sombras del bambú barren las escaleras,
ni una mota de polvo se agita.
La luz de la luna atraviesa las profundidades del estanque,
no hay huella alguna en el agua.
- Y cuando celebramos los hermosos haikús, nos dijo con la más espléndida sonrisa:
En todo el universo, ni siquiera tengo
un terreno para colocar un bastón.
Afortunado es quién descubre
vacía la personalidad y huecos los fenómenos.
¡Adiós, espadas del imperio mongol!
 

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos Luna Azul', colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo