RETAZOS 058 Los chanclos y el paraguas

Los porteros del monasterio tenían orden de no dejar pasar a nadie para no importunar al Maestro. Pero un día, llegó un antiguo discípulo que había convivido diez años con el Maestro y estaba al frente de un monasterio en la montaña. Llovía mucho y los monjes porteros no se atrevieron a impedir el paso a aquel santo venerable de cuya sabiduría todos se hacían lenguas.
Así, pues, cuando llegó ante la baranda en la que descansaba el Maestro, descalzó sus pies y depositó los chanclos junto con el paraguas, en el rellano. Se inclinó profundamente ante su Maestro que lo acogió levantándose para abrazarlo y les pidió a Ting Chang y a Sergei que les preparasen un té especiado pues sabía que a su visitante también le gustaba así.
Permanecieron en silencio y, al cabo, el joven Maestro le pidió al anciano que le aconsejase pues se daba cuenta de que no avanzaba como debiera. El Maestro, sin dejar su amable sonrisa, le preguntó:
- Maestro Tenno, has dejado tus chanclos y tu paraguas a la entrada, ¿verdad? 
- Así es, Maestro. 
- ¿Puedes decirme si has dejado los chanclos a la derecha o a la izquierda del paraguas? 
Tenno no supo qué responder y se inclinó en silencio. En ese momento, hicieron su entrada Sergei y el Noble Ting Chang, que depositaron las bandejas en una mesita, se arrodillaron y postraron sus frentes sobre el suelo mientras extendían sus manos con las palmas hacía arriba. Eran conscientes de que asistían al "paso del Buda" por aquella estancia y la única actitud posible eran el silencio y el asombro.
- Preparadle al joven Maestro Tenno una choza. Como le sucedió al Venerado y antiguo Maestro cuyo nombre este monje quiso llevar en su reconocimiento, pasará otros diez años conmigo hasta alcanzar la Consciencia Constante. El mucho trabajo al servicio de su comunidad le ha hecho escoger esa estratagema para descansar y reciclarse. 
- ¡Cuándo se entere el Abad!, - exclamó Sergei que era incapaz de controlarse. 
- Este Abad había sido condiscípulo de Tenno y está muy a gusto en su puesto haciéndolo todo a la perfección. 
- ¡Hasta que, a su vez, caiga del caballo!, - musitó Ting Chang. 
- No hay peligro, Noble Ting Chang, no hay peligro. A causa de la generosidad de vuestro ilustre padre, el Abad ya no viaja a caballo.

José Carlos Gª Fajardo


Este texto pertenece a la serie 'Retazos Luna Azul', colección de cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo